Un estudio revela que el impacto del alcohol en la salud varía según la bebida y la cantidad

Un gran estudio británico detalla cómo la cantidad y el tipo de alcohol influyen de forma distinta en la mortalidad general y cardiovascular.

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El consumo elevado de alcohol se vincula a peores resultados de salud con independencia de la bebida elegida, pero los efectos de un consumo bajo o moderado difieren según el tipo de alcohol, de acuerdo con un trabajo presentado en la Sesión Científica Anual del Colegio Americano de Cardiología.

La investigación, basada en más de 340.000 adultos del Reino Unido, se suma a estudios previos que señalan que cuanto menor es la ingesta de alcohol, mejor es el pronóstico para la salud, y aporta nuevos datos sobre el impacto de cantidades bajas y moderadas.

“Estos resultados proceden de la población general, y en determinados grupos de alto riesgo, como las personas con enfermedades crónicas o afecciones cardiovasculares, los riesgos podrían ser aún mayores”, ha afirmado Zhangling Chen, doctor en Medicina y doctor en Filosofía, profesor del Segundo Hospital Xiangya de la Universidad Central del Sur de China y autor principal del estudio.

Los autores evaluaron los patrones de consumo de alcohol y las causas de mortalidad en 340.924 participantes del Biobanco del Reino Unido entre 2006 y 2022. Al incorporarse al estudio, cada voluntario respondió un cuestionario sobre su dieta y se le clasificó en cuatro grupos en función de su consumo de alcohol, expresado en gramos de alcohol puro al día y por semana.

A modo orientativo, una lata de cerveza de 355 ml, una copa de vino de 150 ml y un chupito de licor de 45 ml contienen cada uno unos 14 gramos de alcohol puro. Quienes ingerían menos de 20 g (en torno a 1,5 bebidas estándar) a la semana se consideraron bebedores ocasionales o que prácticamente nunca bebían. Los hombres que tomaban entre 20 g semanales y 20 g diarios y las mujeres que bebían entre 20 g semanales y 10 g diarios se clasificaron como de bajo consumo.

Se definió consumo moderado como una ingesta diaria de 20 g a 40 g (aproximadamente entre 1,5 y tres consumiciones estándar) en hombres y de 10 g a 20 g en mujeres. Se consideró consumo alto superar los 40 g diarios (unas tres bebidas) en hombres y los 20 g (alrededor de 1,5 bebidas) en mujeres. El seguimiento de los eventos de salud se prolongó durante una media de 13 años.

Frente a quienes no bebían nunca o lo hacían solo de forma esporádica, las personas con un consumo elevado de alcohol presentaron un 24 por ciento más de riesgo de fallecer por cualquier causa, un 36 por ciento más de riesgo de morir por cáncer y un 14 por ciento más de riesgo de muerte por enfermedad cardíaca.

En los niveles bajos y moderados de ingesta se detectaron diferencias según la bebida: el consumo de licores, cerveza o sidra se relacionó con un incremento significativo del riesgo de mortalidad, mientras que la misma cantidad de vino se asoció con una reducción significativa de ese riesgo.

Un consumo bajo o moderado de vino se vincula a menor riesgo

En lo referente a las muertes por enfermedades cardiovasculares, los investigadores observaron que quienes tomaban vino con moderación tenían un 21 por ciento menos de riesgo de fallecer por patologías cardiovasculares en comparación con las personas que nunca bebían o lo hacían solo ocasionalmente. En cambio, incluso un consumo reducido de licores, cerveza o sidra se asoció con un 9 por ciento más de riesgo de muerte cardiovascular respecto a quienes nunca bebían o bebían de forma esporádica.

“Nuestros hallazgos ayudan a esclarecer la evidencia previamente contradictoria sobre el consumo de alcohol de bajo a moderado. Estos hallazgos pueden contribuir a perfeccionar las recomendaciones, haciendo hincapié en que los riesgos para la salud asociados al alcohol dependen no solo de la cantidad consumida, sino también del tipo de bebida. Incluso un consumo bajo o moderado de licores, cerveza o sidra se relaciona con una mayor mortalidad, mientras que un consumo bajo o moderado de vino podría conllevar un menor riesgo”, ha afirmado Chen.

Los especialistas apuntan que varios factores podrían explicar estas diferencias. Algunos componentes del vino tinto, como los polifenoles y antioxidantes, podrían ejercer un efecto protector sobre el sistema cardiovascular. Además, el vino suele tomarse junto a las comidas y es más frecuente entre personas con dietas de mayor calidad y estilos de vida más saludables, mientras que licores, cerveza y sidra se consumen con más frecuencia fuera de las comidas y se asociaron con una peor calidad de la dieta y otros factores de riesgo ligados al estilo de vida.

“En conjunto, estos factores sugieren que el tipo de alcohol, la forma de consumo y los hábitos de vida asociados contribuyen a las diferencias observadas en el riesgo de mortalidad”, ha finalizado Chen.

Limitaciones de un estudio observacional

En los análisis, el equipo ajustó los resultados para tener en cuenta variables demográficas, nivel socioeconómico, factores de estilo de vida, marcadores cardiometabólicos y antecedentes familiares de diabetes, enfermedad cardiovascular y cáncer. No obstante, subrayan que el trabajo presenta las limitaciones propias de un estudio observacional y plantean que ensayos clínicos aleatorizados de alta calidad podrían aclarar mejor los efectos del alcohol.

El consumo de alcohol se midió mediante autoinformes al inicio del estudio y no recogió cambios en los patrones de ingesta con el paso del tiempo. Además, los participantes del Biobanco del Reino Unido suelen mostrar un mejor estado de salud que la población general, lo que puede restringir la extrapolación de los resultados.

Pese a estas limitaciones, los autores destacan que el gran número de participantes y la larga duración del seguimiento refuerzan la solidez estadística del trabajo. Añaden que el estudio ofrece una visión más amplia y detallada sobre cómo la cantidad y el tipo de alcohol se relacionan con distintos desenlaces de mortalidad, superando en precisión a muchos análisis previos.