Factores como la preeclampsia o la hipertensión gestacional dentro de la historia obstétrica y ginecológica de la mujer, junto con las variaciones hormonales que se producen a lo largo de su vida, especialmente en la menopausia, constituyen riesgos vasculares específicos, según la médica del Servicio de Medicina Interna del Hospital Regional Universitario de Málaga, María Dolores García de Lucas.
La especialista recuerda que la salud metabólica integra componentes vasculares y no vasculares, como el control de la glucemia, la tensión arterial, los niveles de colesterol y la forma en que se distribuye la grasa corporal. “En el caso de las mujeres, la salud metabólica es especialmente compleja debido a las influencias hormonales a lo largo de su vida, que cambian significativamente en la menopausia”, ha detallado García de Lucas.
Además, la diabetes gestacional, el parto pretérmino, los recién nacidos con bajo peso o con retraso del crecimiento intrauterino (RCIU), los abortos de repetición, la trombofilia o el síndrome antifosfolípido (SAF), el síndrome de ovario poliquístico y el empleo de técnicas de reproducción asistida se consideran “factores adicionales” que incrementan el riesgo vascular.
Durante la adolescencia, apunta, pueden aparecer alteraciones como el síndrome de ovario poliquístico, que se asocia a trastornos menstruales. Más adelante, el embarazo actúa como una auténtica prueba de esfuerzo para el organismo femenino, sobre todo cuando se afronta a edades avanzadas o con sobrepeso y obesidad. “Durante la adolescencia, algunas mujeres pueden presentar alteraciones como el síndrome de ovario poliquístico, que puede ocasionar problemas menstruales. El embarazo, por otro lado, es una prueba de esfuerzo para la mujer, especialmente cuando la gestación ocurre a una edad avanzada, con sobrepeso u obesidad. Además, el embarazo puede dar lugar a complicaciones como la preeclampsia, incluso convulsiones, y la diabetes gestacional, que, aunque se resuelvan después del parto, requieren seguimiento”, ha explicado.
En la etapa de perimenopausia, la regla comienza a ser irregular hasta llegar a la menopausia, que se confirma tras un año completo sin menstruación. Esta fase, según María Dolores García de Lucas, requiere una valoración específica porque desaparecen los estrógenos, hormonas presentes en mayores cantidades durante la vida fértil y con un efecto protector frente a los factores de riesgo vascular, mientras que la progesterona también disminuye, incrementando la vulnerabilidad de la mujer. “Estos cambios hormonales pueden hacer que enfermedades que antes no se presentaban, o que eran menos graves, se manifiesten con mayor intensidad”, ha declarado.
La importancia de preguntar e informar en consulta
Patologías que se dan con más frecuencia en mujeres, como las enfermedades autoinmunes, la ansiedad o la depresión, también influyen en su riesgo cardiovascular y deben ser tenidas en cuenta por los profesionales sanitarios, en especial en Atención Primaria. Los médicos, subraya, han de informar sobre las modificaciones necesarias en el estilo de vida: alcanzar un peso adecuado, hacer ejercicio de forma habitual y someterse a revisiones médicas regulares. Para ello, considera “fundamental” que en la consulta se pregunte por la menstruación, los embarazos, la menopausia, antecedentes de hipertensión, glucosa o colesterol elevados, así como por el consumo de tabaco o alcohol.
“Este trabajo debe ser llevado a cabo principalmente por los médicos de familia con la colaboración de la enfermería, que están más cerca de la población, mientras que los médicos internistas, como especialistas intrahospitalarios, vemos de forma más puntual a los pacientes”, ha enfatizado la doctora.
Con todo, García de Lucas insiste en que la adopción de hábitos de vida saludables, como seguir una dieta mediterránea y realizar actividad física de manera constante, resulta “esencial” para combatir uno de los grandes determinantes del riesgo vascular: el sobrepeso y la obesidad. A ello se suman otros factores como la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, el tabaquismo y el síndrome metabólico, que también incrementan la probabilidad de enfermedad vascular.
Entre las patologías asociadas que se observan con mayor frecuencia en mujeres figuran las enfermedades inmunomediadas, los efectos de la terapia oncológica y alteraciones como la depresión y la ansiedad crónica.
El impacto del rol de cuidadora en la salud vascular
La presión ligada al papel social de cuidadora principal y a la necesidad de “tener que cumplir” simultáneamente en el ámbito familiar, laboral y doméstico contribuye a elevar el nivel de estrés crónico. Esta carga continuada lleva a muchas mujeres a restar importancia a síntomas como la ansiedad o la depresión, que actúan como factores añadidos de riesgo vascular.
Al mismo tiempo, las mujeres suelen recibir “menos reconocimiento” en el entorno laboral debido a sus responsabilidades familiares, lo que se traduce en “menor retribución y un mayor temor a perder su empleo” cuando requieren ausentarse por motivos de salud, una situación que, según la especialista, termina repercutiendo también en su bienestar físico y cardiovascular.