La psicóloga sanitaria especializada en terapia de reprocesamiento del dolor y cofundadora de Migralia, Sandra Ferrer, explica que la evidencia científica y clínica disponible es cada vez más amplia a la hora de mostrar cómo determinados rasgos psicológicos habituales en muchas personas con migraña —como la autoexigencia, la alta sensibilidad emocional o el perfeccionismo— influyen en su día a día y en la forma en que conviven con la enfermedad.
“En consulta observamos personas extremadamente responsables, perfeccionistas y sensibles que han vivido años intentando controlar cada aspecto de su vida y su salud. Su sistema nervioso, constantemente alerta, interpreta muchos estímulos como amenazas, generando hipervigilancia asociada al dolor. Estos patrones no son defectos de carácter, sino facetas que afectan cómo se percibe y afronta la migraña”, ha señalado Ferrer.
En esta línea, un trabajo publicado en 2023 en la revista ‘Acta Neurologica Belgica’ constató que quienes padecen migraña, sobre todo con aura, obtienen puntuaciones más elevadas en escalas de sensibilidad sensorial que la población general, lo que apunta a una mayor reactividad ante estímulos tanto externos como internos. De forma complementaria, investigaciones difundidas en 2024 en ‘Scientific Reports’ concluyen que las personas con migraña presentan con más frecuencia esquemas cognitivos sustentados en normas muy estrictas y fuerte autocrítica, rasgos que se asocian directamente con la autoexigencia y el perfeccionismo.
A estos datos se añaden décadas de trabajos que analizan cómo las experiencias adversas durante la infancia repercuten en la salud a largo plazo. El estudio de “Kaiser”, con más de 20.000 participantes, evidenció que quienes habían atravesado múltiples experiencias adversas infantiles (EAI) mostraban un riesgo superior de padecer enfermedades físicas y psicológicas crónicas, entre ellas patologías cardíacas, consumo problemático de drogas y una reducción notable de la esperanza de vida. Cuando este tipo de vivencias se combinan con un sistema nervioso crónicamente desregulado, el cuerpo prioriza la supervivencia frente al bienestar, incrementando la sensibilidad al dolor y dificultando la regulación emocional.
Por otro lado, el cofundador de Migralia, el bioquímico y especialista en biotecnología molecular Albert Ferrer, destaca que la autoexigencia y una elevada sensibilidad emocional pueden transformarse en un potente generador de estrés crónico si se mantienen en un contexto de amenazas percibidas de forma prolongada. Este escenario da lugar a bucles que impactan de manera directa sobre el sistema nervioso y sobre la vivencia subjetiva del dolor.
“Cuando nuestro sistema nervioso ha vivido inseguridad crónica, incluso situaciones seguras se perciben como amenazantes. Podemos entrenar al sistema nervioso para que recupere sensación de seguridad, reduciendo la intensidad de los episodios y mejorando la calidad de vida. Además, cualquier pensamiento que generamos se convierte en neuropéptidos que recorren todo nuestro organismo, por lo que tienen efectos bioquímicos en sistemas como el endocrino, el inmunológico o el digestivo”, Albert Ferrer.
La literatura científica actual respalda este enfoque: no es tanto la estructura de los tejidos la que determina la vulnerabilidad al dolor crónico, sino la interacción entre determinados rasgos de personalidad (tendencia a la preocupación excesiva, necesidad de control, autocrítica intensa, perfeccionismo), el estrés acumulado, las experiencias adversas tempranas y las creencias sobre la enfermedad y el dolor. En este sentido, los especialistas señalan que existen estudios que indican que las personas con tres o más EAI pueden llegar a tener hasta tres veces más probabilidades de desarrollar migraña y otros síntomas crónicos.