“Nos quitábamos de comer por pagar el recibo de los muertos, que era sagrado, y resulta que nos han engañado”, ha lamentado una nueva afectada por el conocido ‘caso ataúdes’ durante otra sesión del juicio que se celebra en la Audiencia de Valladolid, donde continúa la declaración de damnificados ante el tribunal.
Como en jornadas anteriores, la vista se centra en los relatos de quienes se consideran víctimas de la presunta trama desarrollada entre 1995 y 2015 por el grupo funerario El Salvador, investigado por la supuesta reutilización de féretros y adornos florales en distintos sepelios. Este lunes ha prestado testimonio, entre otros, Marina D.G, viuda de Federico, fallecido el 16 de octubre de 2012, que solo conserva del funeral unas “flores marchitas, como sacadas de una papelera” y el recuerdo de un ataúd impuesto que “parecía de cartón”.
La mujer ha explicado que perdió de vista el féretro de su marido antes incluso de que concluyera el responso en las instalaciones de la funeraria. “Allí estábamos todos como bobos mirando al cura y antes de acabar la misa, la caja ya había desaparecido”, ha reprochado, mostrando también su indignación al conocer por la prensa el presunto cambiazo de ataúdes.
Dolor e incredulidad de las familias
“Toda la vida pagando, quitándonos de comer para pagar el recibo de los muertos, que era sagrado, y resulta que nos han engañado”, ha repetido, visiblemente afectada, en una declaración que ha tenido continuidad en el testimonio de José Luis P.S, padre de Sara, fallecida con 8 años, quien aún no supera su “incredulidad” ante la posible manipulación del cadáver de la pequeña.
El progenitor ha recordado que El Salvador les ofreció la única caja blanca disponible y que durante el velatorio se sintieron “muy arropados” por familiares y amigos, en una sala repleta de flores, peluches y detalles, entre ellos una carta escrita por una prima de la niña. Años después, al enterarse por los medios de la investigación, pasó de mostrarse “incrédulo al pensar que una empresa pudiera hacer una cosa así y luego el sentimiento fue de enfado y rabia. Es muy difícil entender esto”.
El mismo desasosiego se repite en otros perjudicados, como Margarita E.S, Fernando N, Nuria S.A. o María Aurora E.F, que comparten una misma angustia: la duda permanente sobre si las cenizas que guardan corresponden realmente a sus familiares.
Margarita, hija de Antonio, fallecido en junio de 2013, ha señalado que le sorprendieron especialmente “las prisas” con las que la empresa condujo todo el proceso, así como la ausencia de buena parte de las numerosas coronas y ramos que esperaban encontrar, dado que su padre era una persona muy conocida, abogado y miembro de la Cofradía del Santo Entierro.
En su declaración ha expresado su “asco, ansiedad y angustia de pensar el trato vejatorio” que pudo recibir el cuerpo de su progenitor, y ha reconocido que lo que más le atormenta es sospechar que las cenizas depositadas en el panteón familiar no sean las suyas. “No sabemos si lo que se nos entregó era mi padre”, ha concluido.
Otro afectado, Fernando N, hijo de Alicia, fallecida el 19 de abril de 2014, ha explicado que esas mismas dudas le llevaron, durante la fase de instrucción, a pedir que se comprobara si las cenizas que conserva son realmente las de su madre. Por su parte, María Aurora E.F ha relatado que su miedo se acrecienta al recordar que incluso el ataúd de su padre no coincidía con el que la familia había contratado.
Despedidas truncadas y heridas abiertas
“NO PUDE DESPEDIRME DE ELLA” es la frase que mejor resume el testimonio de Nuria S.A, que declaró entre lágrimas al recordar que no pudo dar el último adiós a su madre, fallecida en agosto de 2014. Al llegar a la sala, se encontró con dos féretros y pidió a los trabajadores que abrieran la caja para ver a su progenitora, pero no lo consiguió.
“Me dijeron que no podían abrirla. Insistí, pero no me hicieron caso. Al final, les pedí que por lo menos me dijeran cuál de las dos cajas era la de mi madre para poderla tocar y despedirme así de ella”, ha relatado. A día de hoy, sigue sin tener la certeza de que el ataúd señalado por los empleados fuera realmente el que contenía el cuerpo de su madre.
La testigo ha recordado, además, que aquellos días coincidieron con el diagnóstico de un cáncer y el inicio de la quimioterapia que ella misma tuvo que afrontar. “Me lo han quitado todo, ni siquiera voy ya al cementerio”, ha confesado.
Para Victoriano M.G, que recurrió a El Salvador tras la muerte de su madre el 8 de marzo de 2002, lo sucedido constituye “la humillación más grande que puede sufrir un ser humano”. En términos similares se ha expresado Bárbara C.P, afectada por la muerte de sus abuelas, quien ha descrito que “tras el primer bombazo que supone enterarte de todo por la prensa”, después te quedas “impresionada porque parece un poco de película”.
También ha declarado José Ramón C.R, que ha relatado el caso de su padre José Ángel, fallecido en noviembre de 2009 en Aldeamayor de San Martín e incinerado en Santovenia. Según ha indicado, en las fotografías que la policía le mostró cuando se destapó la causa, su progenitor ni siquiera aparecía dentro del ataúd contratado.
Entre los últimos testimonios escuchados figura el de Francisco Javier P.U, que ha lamentado haber confiado en los servicios de El Salvador para el sepelio de su padre, fallecido el 22 de agosto de 2012. Ha recordado, además, la larga enfermedad que padeció: primero un tumor cerebral, después otro de recto y, más tarde, una hemorragia cerebral.
“Cuando pasa por todo esto, lo que deseas es que por lo menos llegue el momento de que descanse en paz, y resulta de que luego te enteras de que no ha sido así. Por ello, lo que sientes es rabia, se te remueve todo por dentro”, ha sentenciado Francisco Javier.