La fiscal de la Audiencia Provincial de Barcelona, Alexandra García Tabernero (Barcelona, 1991), supo en 2025 que su tío Reinaldo Tabernero había ocupado el cargo de coronel y subjefe de la policía de la provincia de Buenos Aires en 1977, en plena dictadura de Jorge Rafael Videla: “Le preguntaría si cree que debe pedir perdón”.
Lo relata en una entrevista con Europa Press, coincidiendo con la publicación de su primer libro, 'Carta al Coronel' (La Campana). Explica que, desde su rol de fiscal, le interpelaría sobre si para él existía algún límite en lo que llamaron lucha contra la subversión en Argentina durante el régimen militar y, desde su posición de sobrina, si considera que debe pedir perdón a alguien.
Esa pregunta nunca obtendrá contestación, ya que el coronel Reinaldo Tabernero falleció cuando estaba en prisión preventiva, encausado por los mismos crímenes que la propia Alexandra García Tabernero se ha dedicado a investigar profesionalmente.
Además de fiscal, es profesora de Derecho Penal en la Universitat de Barcelona (UB) y en la Escuela de Policía de Catalunya. Tras cursar un máster en derecho penal internacional en Harvard, Estados Unidos, trabajó en la Corte Penal Internacional y en el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, en el proceso contra Ratko Mladic.
Cuando Mladic fue condenado, aún ignoraba que compartía “sangre y apellido” con un hombre investigado en el marco de una dictadura.
El primer aviso llegó en 2013, durante una comida familiar, cuando un pariente comentó de forma casual que un tío suyo había tenido “problemas de esos” en Argentina. Sin embargo, no fue hasta 2025 cuando lo confirmó, después de que su tía se lo revelara al pensar que quería indagar en el caso: “Lo que yo le iba a contar es que me iba a visitar a amigas que tenían repartidas en la provincia de Buenos Aires”.
Entre aquella comida de 2013 y la conversación de 2025 transcurrieron 12 años. En ese tiempo, García Tabernero fue relegando a un rincón de la memoria aquel comentario aislado, tras formular muchas preguntas a su familia que quedaron sin contestar, hasta el punto de convencerse de que todo había sido un malentendido.
Sin embargo, tras hablar con su tía en 2025, decidió transformar un viaje de verano a Argentina, inicialmente pensado como vacaciones, en una investigación personal, primero en los archivos de memoria y, más tarde, a través de los relatos de víctimas de la dictadura.
Reconoce que descubrir la posible implicación de un familiar en estos hechos resulta, en cualquier caso, un golpe emocional, pero en su caso lo fue por partida doble: “Se daba la circunstancia añadida de que yo me había dedicado precisamente a perseguir este tipo de delitos y que lo había hecho sin tomar a nadie como referencia porque en mi familia no había juristas, es realmente mi vocación”.
El libro, redactado como una carta dirigida a su tío, le ha servido para cerrar una etapa marcada por el silencio y la duda. Tras su publicación, asegura que percibe una sensación “de reparación en distintas personas, no solo dentro de su familia, sino también fuera, en víctimas de delitos y, específicamente, en ciudadanos argentinos que vivieron aquella época”.
En un inicio, su propósito era anotar ideas para un ensayo sobre la justicia, la memoria y el trato a las víctimas, una reflexión sobre cuestiones universales a partir de la experiencia personal que le tocó vivir.
Con el tiempo, y a medida que el libro ha ido circulando, lo que ha recibido son testimonios de lectores que le han transmitido que la obra ha tenido un efecto terapéutico, reparador y de contribución a la memoria: “Eso para mí es doblemente gratificante”.
El modelo argentino de memoria y justicia
En Argentina, las víctimas con las que habló le expresaron el orgullo que sienten por el esfuerzo que ha realizado y continúa realizando el Estado argentino para intentar reparar el daño, sin interpretar que hablar de ello suponga reabrir heridas del pasado.
García Tabernero subraya que, aunque su libro no pretendía comparar la situación argentina con la española, su viaje le mostró que “hay distintas formas de gestionar un pasado dictatorial”.
“Yo crecí en España y crecí con la idea de que efectivamente hablar de los crímenes de la dictadura o de la Guerra Civil suponía reabrir heridas, suponía necesariamente incomodar, se configuraba como un obstáculo para construir el futuro, para consolidar la democracia”, reflexiona.
Apunta que existe “algo en el consenso socio-cultural del país que apunta en esa dirección, en la dirección de no entrar en lo ocurrido, como premisa para construir la democracia”, mientras que en Argentina se encontró con una respuesta unánime de agradecimiento por parte de las víctimas hacia los poderes públicos por investigar los delitos y juzgar a los responsables.
“Todas y cada una de las víctimas con las que hablé en Argentina, me dijeron que a ellas les había aliviado el hecho de declarar en un juicio, aunque fuera años después de cometerse el delito. Ninguna señaló un perjuicio, un malestar, un arrepentimiento por haber denunciado o haber declarado sobre lo que les ocurrió durante la dictadura”, afirma la autora.
Por el contrario, valoraron positivamente el empeño del Estado en indagar y en ofrecer una reparación oficial, con todas las consecuencias del sistema penal, que allí implicó la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
La justicia internacional y sus tiempos
Preguntada por la posible responsabilidad penal de los autores de lo que sucede hoy en determinadas zonas del mundo, García Tabernero sostiene que “la justicia a veces llega tarde, pero llega”.
Sin aludir a ningún conflicto concreto, recuerda que los juicios de Núremberg marcaron un punto de partida y evidenciaron que la obediencia debida de un soldado no es ciega: “Hay límites, hay líneas rojas, hay crímenes internacionales que, por su entidad y su gravedad, afectan a toda la comunidad internacional”.
Aunque considera que el proyecto de justicia internacional atraviesa un momento delicado, está convencida de que logrará remontar: “Y que en un futuro, ¿por qué no? Va a haber consecuencias. Igual que las hubo para los crímenes de la antigua Yugoslavia, incluso 20 años después, igual que las hubo para las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, frente a quienes se consideraron impunes en el momento de cometer los crímenes”.
Vínculo familiar y ambivalencia
Sobre la ambivalencia que experimentó al escribir el libro, la fiscal explica que partía de la imagen de un tío con el que compartía apellido y sangre, cuya familia vivía en una aldea de La Rioja, hijo del hermano de su tatarabuelo, que había emigrado a España y se había esforzado especialmente por mantener el contacto, hasta el punto de enviarles postales.
Ese recuerdo contrasta con el descubrimiento posterior de que acabó en prisión, investigado por crímenes de lesa humanidad. Esa tensión interna atraviesa el libro y le hizo comprender que el lazo familiar impulsa a buscar siempre una duda razonable, la posibilidad de que él no hubiera participado en los hechos.
“Una no quiere nunca partir de la premisa de que fue un genocida, eso jamás”, lamenta García Tabernero, que admite que esta experiencia le ha enseñado que, cuando existe un vínculo de sangre, entran en juego factores que no aparecen cuando actúa únicamente como fiscal.