El 9 de mayo de 1976, hacia las 15.00 horas, un avión iraní con un grupo de 15 militares y dos tripulantes se estrelló a escasa distancia de Huete, junto a la carretera que enlaza con el municipio vecino de Vellisca. El accidente coincidió con la celebración del día de San Juanillo en el barrio de Atienza, mientras una tormenta descargaba con fuerza sobre la zona.
Medio siglo después se sabe que el aparato, un Jumbo adquirido un año antes a TWA, pertenecía a la fuerza aérea iraní y estaba destinado al transporte militar. Había partido de Teherán con diez tripulantes y siete pasajeros, bajo el mando del comandante iraní Katke, rumbo a la base de McGuire (New Jersey, Estados Unidos), con escala prevista para repostar en Barajas, donde nunca llegó a tomar tierra.
La crónica municipal de aquellos días, citada por Europa Press, detalla que a las 14.30 horas la tripulación comunicó un viraje a la izquierda para esquivar una tormenta. Tres minutos más tarde solicitó un nuevo rumbo hacia Barajas por el mismo motivo, sin lograr finalmente librarse del temporal.
En pleno intento de sortear la tormenta, un rayo impactó en el ala izquierda, cerca del primero de los depósitos de combustible. La descarga provocó una explosión que arrancó parte del ala, ocasionando el fallo estructural del avión hasta el desprendimiento completo de la pieza y desencadenando el desenlace mortal.
La Legión, primera en acudir al lugar del siniestro
Debido a las fiestas en Huete, la banda de música de la Legión, que se preparaba para amenizar los actos, fue de los primeros grupos en desplazarse a la zona del accidente para prestar ayuda.
Los testimonios recogidos 50 años después por Europa Press señalan que varios vecinos que aguardaban el inicio de la celebración vieron un avión de gran tamaño volando muy bajo, con el ala izquierda envuelta en llamas. El aparato cruzó a ras del cerro del Castillo en claro descenso, y apenas unos segundos después se oyó una potente explosión procedente de las inmediaciones de la carretera de Vellisca.
Un viaje truncado en la curva de La Legua
Paco, Isidro y Julián, tres jóvenes de Vellisca que iban a recorrer los apenas 12 kilómetros hasta Huete, nunca completaron ese trayecto festivo.
El grupo, repartido en un R8 y un 'Gordini', se aproximaba a la curva de La Legua, a medio camino entre ambas localidades, cuando el avión en caída libre se cruzó en su trayectoria.
“Apareció el avión con el ala izquierda ardiendo, y al momento, explotó. En la explosión, alas, motores y miles de trozo salieron volando, y el fuselaje siguió la trayectoria y cayó como un proyectil”, explica a Europa Press Julián Pastor, uno de los integrantes de la cuadrilla.
La lluvia arreció y los seis jóvenes se dirigieron primero hacia los restos de la cola y después hacia el fuselaje, donde se toparon con una escena dantesca en la que incluso llegaron a ver un brazo seccionado.
En los días posteriores, el padre de Julián colaboró con su tractor en las tareas de recuperación de cuerpos entre los restos del aparato.
“Lo peor era el olor. Carne quemada, combustible, plástico... todavía lo recuerdo”, rememora Julián Pastor. Al día siguiente del siniestro, investigadores estadounidenses localizaron a los testigos para interrogarles, algo que se repitió dos años más tarde antes de dar por cerradas las pesquisas.
Pastor, que ha ido reuniendo recortes de prensa y documentos de la época, conserva aún hoy fragmentos del avión en una finca de su propiedad, piezas que rescató a un chatarrero de Tarancón encargado de limpiar la zona a cambio de 300.000 pesetas de entonces.
“Los Pajares”: llamas, queroseno y piel calcinada
La fiesta quedó deslucida y decenas de personas abandonaron el barrio de Atienza para acercarse al lugar del impacto. El avión había caído en el paraje conocido como 'Los Pajares'. Los testigos evocan las enormes llamaradas, el intenso olor a piel quemada y queroseno y los restos del aparato esparcidos en un amplio radio de varios kilómetros.
En cuestión de minutos llegaron los primeros guardias civiles, que acordonaron el área y avisaron a las autoridades. El gobernador civil de Cuenca y el presidente de la Diputación fueron de los primeros cargos en personarse; más tarde, el juez instructor de Tarancón y la Comandancia de la Guardia Civil asumieron el control de las actuaciones.
Con la llegada de la noche se suspendieron los trabajos, que se retomaron a primera hora del 10 de mayo, jornada en la que hizo acto de presencia el embajador de Irán para revisar los pasaportes recuperados entre los restos.
El representante iraní solicitó la entrega de los instrumentos de a bordo para su análisis, una fotografía aérea de la zona, un oficial de enlace que dominase el inglés, una copia de las comunicaciones con Barajas y un lugar donde reunir las partes del ala destruida.
Agricultores de la comarca cedieron sus tractores y su mano de obra para retirar fragmentos del fuselaje y seguir buscando posibles víctimas. A media tarde, el recuento de cuerpos recuperados se elevaba a quince.
Los restos mortales se introdujeron en bolsas para su traslado al cementerio municipal, donde un forense los examinó antes de enviarlos a Madrid. Cuatro cadáveres incompletos, pertenecientes a ciudadanos estadounidenses, fueron remitidos el 14 de mayo a New Jersey, destino final del vuelo al que nunca arribó.
Los dueños de las parcelas, como recuerdan hoy sus descendientes, recibieron indemnizaciones por los campos de girasoles ya sembrados que no llegaron a brotar.
Telegramas militares y una investigación marcada por la tragedia
El primer telegrama militar, conservado por Europa Press y fechado a las 19.45 horas del mismo día, se remitió desde la zona del siniestro a la Jefatura de la Primera Región Aérea y al jefe de turno del Servicio de Aviación Civil. “En el día de la fecha, a las 15.02 aproximadamente, avión militar C-747, indicativo ULF-48, nacionalidad iraní, cayó en llamas entre Huete y Vellisca, stop. No hay supervivientes, stop”, recogía el mensaje.
A partir de entonces se sucedió un intenso intercambio de telegramas entre mandos militares. A las 19.35 horas, el jefe de turno del aeropuerto de Madrid-Barajas recibió la comunicación: “Avión procedente de Teherán militar y con destino Barajas se estrelló entre Huete y Vellisca a las 14.44 horas, aproximadamente con 17 personas a bordo, con señales de fuego a bordo y al parecer sin supervivientes”.
A las 21.33 horas, el ministro del Aire fue informado con más detalle: “Para instruir diligencias han sido designados Jefe Informador el teniente coronel don Enrique Sánchez Izquierdo Flores; informador técnico el comandante don B. Ribes Moreno; y juez instructor el capitán don F. Mosquera Silvent”, según la orden firmada por el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Andrés Robles.
En torno a la medianoche llegaron los primeros datos sobre las víctimas. “Completamente quemados y destrozados, hallándose esparcidos por unos dos kilómetros, restos humanos totalmente irreconocibles, imposible determinar el número de víctimas”. En esa comunicación se identificaron dos de los fallecidos gracias a sus pasaportes: Robert Ivor Wilson, de Pensilvania, y Aminoklan Tolove, iraní. También se halló dinero “español, americano y árabe”.
Los telegramas posteriores que informaban del levantamiento de cadáveres, que no se produjo hasta cuatro días después del siniestro, mostraban discrepancias: algunas notas hablaban de 14 fallecidos y otras de 15, con una o dos mujeres según el recuento.
Cincuenta años más tarde, el episodio sigue muy presente en la memoria de quienes lo vivieron, con imágenes de devastación que el paso del tiempo no ha logrado borrar.