La democracia es un sistema frágil, para sobrevivir exige por su propia naturaleza democrática que la ciudadanía y sus representantes crean realmente en ella.
Tal vez la más relevante diferencia entre una verdadera democracia consolidada y un trampantojo democrático de cartas marcadas sea el respeto de las reglas, es decir de los espacios de acuerdo y los de confrontación, el respeto que los diferentes adversarios tienen por las instituciones más allá de sus intereses partidistas. Porque si en la guerra, dicen, cualquier agujero es susceptible de ser trinchera, en la política no hay institución que no sea susceptible de serlo.
Electoralismo y nada más
Y no corren buenos tiempos para la democracia y el parlamentarismo actual es buena prueba de ello. Hoy nuestras instituciones son trincheras que ocupa uno u otro bando mientras se acusan mutuamente de utilizarlas. El Parlamento -y sus herramientas- no iban a ser menos ya que, al fin y al cabo, es el espejo de la democracia, donde se ve no solo el resultado de la política, sino la manera de llevarla a cabo.
Tal vez la más relevante diferencia entre una verdadera democracia consolidada y un trampantojo democrático de cartas marcadas sea el respeto de las reglas
Obviamente, el problema no es hacer política en y desde el Parlamento, ni siquiera es un problema que desde él se haga electoralismo que, en último término −especialmente cuando no hay mucho más− es el estadio último del control democrático. El problema es cuando se hace electoralismo… y no se hace apenas nada más.
Al fin y al cabo, la institucionalidad democrática de cualquier comunidad política debe pasar por dos elementos fundamentales: por la cultura democrática de una sociedad organizada que demanda compromisos políticos y exige comportamientos éticos y por unos representantes públicos que, de este modo, se ven compelidos por sus propias convicciones y por las exigencias de su propia representación.
Funcionamiento de la sociedad
Desde ambos lados de la representación no solo deberíamos trabajar para construir y fortalecer ambos fundamentos, sino también exigir cambios y reformas profundas cuando se destruyen.
Como sociedad democrática, o como representantes democráticos de esa sociedad, debemos defender no solo nuestras posiciones sino también los compromisos fundamentales y las reformas institucionales que hagan posible no solo una mejor efectividad del funcionamiento de dicha representación, como parte de la sociedad y reflejo abierto de ella, sino el mantenimiento en el tiempo de un orden democrático dotado de herramientas políticas que permitan la confrontación sin socavar el sistema, es decir, sin destruir la legitimidad de esa representación y de la propia democracia.
Nuestras instituciones son trincheras que ocupa uno u otro bando mientras se acusan mutuamente de utilizarlas
En el caso del sistema español, con una institucionalidad extraordinariamente ligada al proceloso procedimiento de su constitución como pacto entre una rancia institucionalidad dictatorial y una temerosa generación democrática, la reforma se convirtió en el principal método constructivo de la nueva institucionalidad. En términos científicos diríamos que su contexto de descubrimiento se adueñó de su contexto de justificación o, en términos más castizos, que se hizo virtud de la necesidad.


