La democracia no muere, aunque a veces lo parezca

Nicolás Pou Gallo, analista político especializado en relaciones gubernamentales: "Mientras la polarización crece, España muestra una resiliencia institucional que supera a otras naciones europeas, según los índices internacionales"

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Nicolás Pou Gallo es analista político especializado en relaciones gubernamentales y asuntos públicos en AWS

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Mientras los algoritmos amplifican cada grieta institucional, los datos cuentan otra historia: la democracia española resiste donde otras europeas se resquebrajan. Como sucede con la hipocondría, la mirada obsesiva sobre los síntomas puede acabar generando la enfermedad imaginada. Una sociedad que solo examina sus fallos bajo un microscopio amplificador (redes, ruido partidista, indignación constante) corre el riesgo de ver un colapso donde solo hay un tropiezo de un sistema imperfecto.

La salud institucional, como la física, no se preserva negando los síntomas, pero tampoco sobrediagnosticando males terminales. En el debate público actual la narrativa del ocaso de la democracia ha adquirido un peso nada desdeñable, una poderosa tracción empujada por la visión parcial que las redes sociales proyectan de los conflictos políticos. ¿Existen evidencias de que estemos ante el declive de la democracia?

Pese a las tensiones institucionales, la calidad democrática española supera a la de socios europeos tan relevantes como Francia (clasificada clasificada como ‘Flawed democracy’ con 7’99 puntos en el índice Economist Intelligence Unit) o Italia (7’58). Se sitúa, de hecho, a gran distancia de Hungría, que Freedom House considera ‘Partialy Free’ (65/100). El marco constitucional español ha demostrado una resiliencia operativa que los índices internacionales validan como funcional y separan de los procesos de erosión sistémica visibles en Europa central.

El coste de la alternativa

Las democracias generan, a largo plazo, más bienestar que los regímenes autoritarios. El estudio comparado de Acemoglu, Johnson y Robinson (Premio Nobel 2024) demuestra que, en un horizonte de 25 años, los países democráticos alcanzan un PIB per cápita un 20% superior al de las dictaduras. La democracia, concluyen, no es solo ética, es también económicamente racional. Hungría ilustra los costes del autoritarismo.

Su crecimiento anual apenas llegaría al 0,7% sin fondos europeos, y su puntuación en el Índice de Percepción de la Corrupción (CPI) ha caído 15 puntos en una década. Los índices democráticos comparativos revelan una tendencia sostenida: España se mantiene en el grupo de democracias consolidadas según V-Dem, Freedom House y EIU, mientras Hungría bajo Viktor Orbán ha experimentado el declive más pronunciado de la UE. Su Liberal Democracy Index cayó a 0,32 en 2025. Freedom House la degradó pasando de Free a Partially Free en 2019, primer caso de Estado miembro de la UE en perder dicho estatus.

Polonia ofrece un contrapeso esperanzador: pese a la erosión institucional entre 2015 y 2023 bajo el Partido Ley y Justicia, el cambio de gobierno de 2023 permitió remontar los indicadores de V-Dem, demostrando la capacidad de autocorrección democrática que todavía existe dentro de la Unión.

La brecha de la percepción, confianza en crisis

La desconexión entre el funcionamiento institucional y la percepción ciudadana es hoy abismal. El 69% de los españoles declara no confiar en su gobierno nacional, cifra que asciende al 91% entre los votantes de derecha, según Eurobarómetro de 2023. En 2025, la encuesta de Ipsos mostraba una satisfacción con la democracia de apenas el 27%, frente al 52% que se declara insatisfecho. Crece la polarización ideológica, alimentada por escándalos mediáticos, aunque el centro social sigue aglutinando al 60-70% de la población según un estudio de Funcas (Cuarenta años después: la sociedad civil española, de un primer impulso a una larga).

La desconfianza no es, sin embargo, sinónimo de pasividad. Aunque la tasa de participación en las elecciones municipales y nacionales de la última década no sufra variaciones importantes, la sociedad civil española muestra una madurez participativa en aumento: el porcentaje de población que ha participado en manifestaciones se ha duplicado en dos décadas, alcanzando el 38% y situando a España entre los países europeos con mayor movilización social desde 2008. Se suma a ello su liderazgo digital: España es la segunda potencia europea en servicios públicos electrónicos, muestra de una creciente modernización institucional, aunque insuficiente para revertir la desafección política.

España encarna una paradoja contemporánea: instituciones que funcionan (está claro, no todas perfectamente), y ciudadanos que sienten que no lo hacen. Los datos refutan el colapso, pero la narrativa de la decadencia tiene una peligrosidad propia: actúa como profecía autocumplida.

¿Es esta brecha de percepción un síntoma de una democracia que exige mayores niveles de participación o es el resultado de una comunicación política incapaz de competir con la eficacia emocional del populismo?

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Nicolás Pou Gallo es analista político especializado en relaciones gubernamentales y asuntos públicos en AWS