Mientras las sanciones de la Unión Europea contra las gigantes tecnológicas estadounidenses alcanzan casi 30.000 millones de euros, el continente parece estar atrapado en una paradoja: aunque castiga a estas empresas por abusos de poder, sigue siendo su terreno ideal para operar sin restricciones reales.
Con una estructura regulatoria que va un paso por detrás de la innovación y un déficit crónico en inversión tecnológica, Europa se ha convertido, para las Big Tech, en algo parecido al «lejano oeste»: un vasto espacio con leyes difusas y oportunidades ilimitadas para los más fuertes.
El problema no radica solo en la magnitud de las sanciones, que, aunque impresionantes, son poco más que un golpe en la mesa. Para empresas como Google, Apple o Meta , las multas de miles de millones son un coste asumible en comparación con sus beneficios anuales. Más grave aún es la incapacidad de Europa para competir en los mismos terrenos que pretende regular.
La disparidad es evidente también en el capital riesgo. Mientras en Europa se invierten 8.000 millones de euros, en Estados Unidos esa cifra se eleva a 68.000 millones, alimentando un ecosistema vibrante de startups que refuerza aún más la hegemonía de Silicon Valley. Europa, en cambio, ha visto cómo 40 de sus 147 unicornios trasladaban su sede fuera del continente entre 2008 y 2021, un éxodo que refleja la falta de apoyo para el talento local y las empresas emergentes.