Los medios deben ser vacunas contra la polarización y la desinformación: por qué el periodismo importa más que nunca

El presidente editor de Demócrata, David Córdova, analiza con la mirada puesta en Davos cómo la polarización y la desinformación se han consolidado como riesgos sistémicos globales y defiende el periodismo riguroso y plural como infraestructura democrática en un mundo que se halla ante un punto de inflexión

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David Córdova es presidente editor de Demócrata

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En el Foro Económico Mundial, en Davos, este año no se habla solo de aranceles, guerras comerciales o inteligencia artificial. Se habla, y cada vez con más urgencia, de sociedades al borde del colapso emocional. Polarización política, desinformación, desconfianza institucional. Societies are on the edge. No es un eslogan; es un diagnóstico.

Dos de las principales preocupaciones de los CEOs, según el informe de Riesgos Globales 2026, son claras: la polarización y la desinformación. Ambas se retroalimentan. Cuando el relato público se convierte en “calles contra élites”, cuando la desigualdad se percibe como estructural e inamovible, y cuando la política deja de ofrecer resultados tangibles, el espacio informativo se llena de ruido y de emociones a flor de piel. Y el ruido -lo sabemos- siempre gana a la verdad si no hay anticuerpos.

Nos engañamos si creemos que en, el nuevo orden mundial, la confrontación geoeconómica aparece como el riesgo inmediato más urgente, liderada por los memes y videos de inteligencia artificial de Trump y los despliegues en redes sociales de potencias como Rusia o China.

Con información verificable, contexto, trazabilidad de las decisiones públicas y una obsesión casi clínica por separar hechos de emociones inducidas


Esa es la punta del iceberg, pero lo cierto es que son síntomas de una enfermedad grave: la desinformación se consolida como amenaza transversal a corto y largo plazo, y la polarización social permanece en el top 10 de riesgos globales desde hace cinco años. No es coyuntural. Es sistémico. Y ahí es donde el periodismo deja de ser un mero observador para convertirse en infraestructura democrática.

En Demócrata nacimos con una convicción sencilla y exigente: hacer medios que funcionen como vacunas frente a estos virus. Vacunas no porque inmunicen para siempre, sino porque reducen la propagación del daño. ¿Cómo? Con información verificable, contexto, trazabilidad de las decisiones públicas y una obsesión casi clínica por separar hechos de emociones inducidas o explicar cuál es el razonamiento explicativo que conduce a la emoción. Y sobre todo, siendo plurales y corales. Nos lo imponemos como una seña de identidad interna, que debe ir inscrita en el ADN de Demócrata.

Desde nuestro relanzamiento está en nuestra gobernanza y en nuestra actividad editorial: Democrata es la casa de todos porque solo bajo el convencimiento de que todas las voces tienen derecho a ser oídas en un mismo ágora conseguiremos el diálogo y debate necesario. Cuando la exclusividad aflora, los que quedan fuera tienen que gritar para ser oídos. Y de esas cacofonías y estridencias, estos lodos.

En un mundo de economías en K -donde unos pocos concentran riqueza mientras muchos sienten que el contrato social se rompe- la desinformación encuentra terreno fértil. La tecnología acelera el contagio: IA generativa, algoritmos de amplificación, burbujas de afinidad. El informe de Davos lo dice sin rodeos: la “dilución del progreso socioambiental” y el aumento de la desconfianza digital son riesgos reales en los próximos dos años. No dentro de una década. Ahora.

Por eso el periodismo que viene no puede ser solo reactivo ni ornamental. Ni sectario ni altavoz de intereses ajenos a la Democracia, a Europa y al consenso. Debe ser arquitectura cívica y punto de encuentro entre políticos, sociedad civil y empresas para reducir la tensión. Explicar la confrontación geoeconómica sin convertirla en propaganda. Analizar la IA sin caer en el pánico ni en el tecno-optimismo naïf. Cubrir la política sin infantilizar al lector ni empujarlo a trincheras identitarias. Y hacerlo con rigor, independencia y una ética de servicio público.

En Demócrata creemos que la mejor manera de combatir la polarización no es el equidistantismo, sino la claridad. Nombrar los riesgos, mostrar sus interconexiones —desigualdad, recesión, desinformación— y ofrecer herramientas para entenderlos, incluyendo a todos. Cuando el informe advierte de que solo un 6% espera el regreso del orden multilateral de posguerra, no invita al cinismo; invita a repensar la cooperación. Y el diálogo informado es el primer paso. Davos subraya una verdad incómoda: el viejo orden está en un punto de inflexión.

Ante la incertidumbre como única constante, el diálogo eficaz es vital. Ese diálogo necesita medios que no griten, que no simplifiquen hasta deformar, que no confundan audiencia con impacto. Medios que vacunen. Campeones europeos que lleven la bandera del debate sereno frente a la polarización ajena. Esa es -y seguirá siendo- la razón de ser de Demócrata. Porque cuando las sociedades están al borde, la información objetiva, con mesura, inclusiva y plural no es un lujo: es una necesidad democrática.

Sobre la firma: 

David Córdova es presidente editor de Demócrata