La holgada victoria del socialista Antonio Seguro en las presidenciales portuguesas ha tenido lugar en la misma semana de un nuevo aldabonazo de Mario Draghi en el debate europeo, esta vez con su discurso al recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Lovaina.
El presidente electo de Portugal, Antonio Seguro -con quien comparto ilusiones y esfuerzos desde hace muchos años, incluyendo nuestra época de eurodiputados- ha concitado con su discurso humanista, democrático y europeísta una amplia mayoría ciudadana en las urnas, desde la izquierda hasta las posiciones conservadoras.
De esa forma, se ha impuesto nítidamente al candidato de la extrema derecha y transmitido un mensaje muy relevante a toda Europa: cuando se trata de los valores europeos que nos han convertido en el lugar más avanzado del mundo, abrir la puerta a quien los niega no es una opción.
Los políticos portugueses y la gran mayoría del electorado han entendido a la perfección que la defensa de esos valores está por encima de las legítimas diferencias políticas entre los partidos que entienden la democracia como un modelo de vida sin alternativa aceptable.
De esa forma, sin grandes proclamas, han establecido un cordón sanitario que, lamentablemente, se ha evaporado en otros países.
La receta del éxito
Pocos días antes, Draghi había vuelto a poner sobre la mesa lo que Antonio Salafranca, investigador del ISPI milanés, ha llamado certeramente la “cuestión federal europea”, recurrente porque es insoslayable.
Lo ha hecho recordando que, cuando la UE ya actúa de manera federal -nada menos que en mercado único, competencia, moneda o comercio internacional- ha alcanzado el éxito. Y cuando no lo hace, se ha ganado la lentitud o el fracaso, añado por mi parte.
Cuando la UE ya actúa de manera federal ha alcanzado el éxito
Asumiendo el “federalismo pragmático” de Draghi, creo que falta responder cómo alcanzarlo, lo que implica identificar con quién hacerlo.
Y ahí reside el problema en esta hora de la UE y de la “cuestión federal”: el avance de la extrema derecha antieuropea, que está agrietando la gran coalición europeísta que dio vida a la Unión y ha estado en el centro de todos sus avances constitucionales.
Es tiempo de que las familias políticas europeístas pongan en marcha una reflexión honesta, transparente y ciudadana sobre sus proyectos para la UE, partiendo de un compromiso común: no compartir el poder o llegar al mismo con quienes niegan la construcción europea, empezando por sus valores.
Sin ese paso adelante será imposible hacer lo que propone Draghi, porque actualmente el problema no está, como otras veces, en una diferencia entre países, sino entre los partidos políticos europeos y europeístas.
Como ha escrito Thomas Piketty, la UE es un “poder social-demócrata”, pero no en un sentido de pertenencia a una familia política determinada, sino en tanto que modelo integral en el que desde los democristianos hasta la izquierda pueden reconocerse como autores, habiendo hecho su aportación histórica para alcanzar unos niveles de convivencia y prosperidad extraordinarios.
En el fondo, lo que acaban de afirmar con su voto los portugueses al elegir a su nuevo Presidente es que quieren ser europeos en su vida cotidiana, encabezados institucionalmente por una persona que encarnará la más alta magistratura del país en nombre de todos, diciendo sí al acuerdo y no a la división.
Nuestro país hermano ha dado una vez más una lección. Si los responsables políticos europeístas la aplican en el nivel comunitario y nacional, la “cuestión federal” planteada por Draghi empezará a tener respuesta, y será afirmativa.