La Comisión Europea tiene un talento especial para convertir problemas geopolíticos en ejercicios de contabilidad creativa. El último ejemplo digno de estudio es el famoso “préstamo de reparación” para Ucrania: un mecanismo que permite a Bruselas decir que financia el mantenimiento del apoyo bélico y la reconstrucción con los activos rusos congelados, sin tener que pedir dinero real a los contribuyentes ni incrementar su deuda, y que simultáneamente promete que no se está confiscando nada, aunque todos los caminos lleven a la misma conclusión incómoda.
Un prodigio: confiscar sin confiscar, usar sin usar, pagar sin pagar. Bruselas debería patentar la categoría. Un plan tan perfecto que solo tiene un problema: no existe en el mundo real. En el fondo, es como llamar ‘solución’ a pintar una puerta en la pared: parece ingenioso… hasta que intentas cruzarla
Una hazaña que recuerda un poco a la mecánica cuántica jurídica que tanto entusiasma últimamente a Bruselas: utilizar algo sin utilizarlo, tocar sin tocar, disponer sin disponer… Una versión normativa de Alicia en el País de las Maravillas, si Alicia trabajara en la DG FISMA. No es de extrañar que una idea así haya podido germinar en la mente de los funcionarios de la Comisión, amantes de las soluciones “inventivas” y “creativas”, pero es bastante sorprendente que se tome en serio en las capitales y que el primer ministro belga sea el único que vea los enormes riesgos que conlleva.
La idea, lo admitamos, tiene una elegancia perversa: utilizar los más de 300.000 millones de euros del Banco Central de Rusia congelados en Occidente como garantía para un préstamo internacional destinado a Ucrania. Nada de tocar el dinero, nada de apropiarse: solo “movilizarlo”, “respaldarlo”, “integrarlo en un instrumento financiero innovador”, términos todos que parecen sacados del manual del contable que insiste en que la caja está cuadrada aunque falte media caja.
Pero detrás de esta creatividad fiscal hay preguntas que no desaparecen por decreto: ¿es esto jurídicamente viable? ¿Qué riesgos concretos asume Europa? ¿Qué consecuencias geopolíticas desencadena? Y sobre todo: ¿cree realmente Bruselas que el resto del mundo no está mirando?
Activos congelados: el arte de inmovilizar sin tocar (y tocar sin admitirlo)
Recordemos lo básico: en los primeros meses de la guerra, la UE y sus socios congelaron más de 300.000 millones de euros en activos pertenecientes al Banco Central de Rusia y a otras instituciones estatales rusas. Estas reservas, generalmente depositadas en entidades europeas de custodia, no fueron confiscadas; simplemente quedaron inmovilizadas bajo el régimen de sanciones. La diferencia no es un tecnicismo; es un abismo jurídico. La distinción entre congelamiento y confiscación es fundamental. El congelamiento impide que el titular acceda o disponga de los fondos, pero no afecta la titularidad.
La confiscación, en cambio, implica la transferencia forzosa de la propiedad. Desde el punto de vista jurídico, el congelamiento es compatible con el derecho de la Union y con los principios de sanciones internacionales, siempre que exista una base legal clara y un objetivo de seguridad o política exterior legítimo. Sin embargo, utilizar activos congelados como respaldo de un préstamo internacional plantea un grado de intervención que va más allá del mero congelamiento pasivo. Es emplear un recurso ajeno, alterar la esfera de derechos del propietario y generar expectativas jurídicas nuevas. Bruselas insiste en que no pasa nada, que no hay violación del derecho de propiedad porque “nadie toca un euro ruso”.
Una lógica adorable donde “garantía no es uso”, el nuevo mantra comunitario.
Hasta un estudiante de primer año sabe que usar un bien como garantía es un ejercicio de control efectivo sobre ese bien. Puede parecer más elegante que confiscar, pero no es menos intrusivo. El razonamiento de Bruselas recuerda peligrosamente al niño que afirma que no ha comido el pastel porque “solo lo lamió”.
Y luego está la cuestión de la inmunidad soberana de los activos de bancos centrales, tradicionalmente intocables incluso si el Estado en cuestión se comporta como un pirómano internacional. Recordemos que ni durante y después de las dos guerras mundiales se usó tal novedosa construcción.
¿Puede la UE imponer un uso activo sin vulnerar ese principio? Los juristas están divididos, los diplomáticos sonríen y los políticos prefieren no mirar… “allá quien me sustituya”.
El delicado equilibrio jurídico: entre la brillantez normativa y la expropiación disfrazada
Los defensores del préstamo repiten que no hay transferencia de propiedad, que todo es temporal, reversible y escrupulosamente legal. Lo importante es el propósito: financiar la reconstrucción de un país que sufre una agresión flagrante. En otras palabras: el fondo es moral, y la moral debería suavizar la forma.
Pero el derecho internacional no funciona con eslóganes. Los activos soberanos están protegidos por el principio de inmunidad de ejecución, y emplearlos -aunque solo sea de manera indirecta- para apalancar deuda implica una alteración sustancial de la disponibilidad futura de esos fondos.
Es exactamente el tipo de acrobacia jurídica que hace a los jueces levantar la ceja, suspirar hondo y pensar: ‘Maravilloso… ya estamos otra vez con estas genialidades’.”
¿Qué ocurre si un tribunal internacional ordena devolverlos íntegros? ¿O si un país no europeo decide considerar la medida como precedente y actuar en consecuencia? El argumento de proporcionalidad será clave: ¿es proporcionado intervenir en activos soberanos de esta manera para un fin tan elevado como la defensa del orden europeo? Probablemente sí. ¿Lo aceptarán tribunales sin tensiones ni litigios? Probablemente no.
Basta imaginar la cara del juez cuando lea en el escrito de defensa: “No los hemos tocado; solo los hemos utilizado como garantía”. Kafka escribiría algo así, si hubiera trabajado en la Secretaría General de la Comisión.
Rusia, la responsabilidad internacional y el síndrome de la factura adelantada
Existe un principio sólido: quien destruye, repara. Rusia debería sufragar los daños causados a Ucrania. El problema -insignificante detalle- es que para activar este principio hace falta un tratado de paz o sentencia internacional.
Europa ha decidido adelantar la factura, como quien paga el taxi antes de confirmar el destino. Insiste en que es “excepcional”. Que la guerra es “única”. Que Rusia ha roto las reglas. Todo cierto. Pero cada vez que Occidente emplea medidas “excepcionales”, el resto del mundo toma nota y guarda la receta. El peligroso síndrome del “esto es diferente”, esa frase que en política internacional suele preceder a los desastres.
Bélgica, Euroclear y la comedia involuntaria del riesgo compartido
Uno de los aspectos más pintorescos -por no decir tragicómicos- del plan es quién carga realmente con el riesgo. Porque la mayor parte del dinero ruso congelado, unos 180.000 millones de euros, está custodiado en Bélgica, un país que nunca pidió convertirse en epicentro financiero de un conflicto global. Euroclear se ha convertido en el héroe involuntario de esta historia: nadie le avisó de que pasaba de ser un custodio discreto a protagonista de un choque jurídico planetario.
Si esos activos se usan como garantía, el país en la línea de fuego jurídica no es “la Unión Europea”, ese ente etéreo que nunca pierde demandas, sino la Bélgica real, con contribuyentes y tribunales reales. Bélgica, demostrando sensatez, ha dicho: “Si esto sale mal, no vamos a pagar nosotros”. Es la versión diplomática de “¿soy yo el idiota?”.
Bart De Wever tuvo el descaro de decir la verdad: “No pienso pagar 140.000 millones de euros en una semana si Rusia nos demanda”. No era dramatización; era descripción. No es exageración, es matemática y derecho internacional.
Porque hay un pequeño detalle, además, del que casi nadie quiere hablar: los tratados bilaterales de protección de inversiones. Bélgica tiene uno con Rusia. Y ese tratado prevé arbitraje internacional. Así que, si se usan los activos rusos como garantía de un préstamo que Rusia no autorizó, quien aparece en la diana jurídica no es la “Unión Europea”, entidad metafísica, sino el Estado anfitrión: Bélgica. Y, con sobrada sensatez, piden mutualización de riesgos. Es decir: “si nos arrastráis a esta piscina con tiburones, vosotros saltáis también”. El resto de Europa responde con su elegancia habitual: declaraciones ambiguas, sonrisas tensas y un profundo deseo que el problema desaparezca por evaporación mediante el método clásico: cambiar de tema y hablar de valores europeos.
Impacto en Ucrania: apoyo claro, incentivos confusos
Desde Kiev, el plan es recibido como una promesa de estabilidad financiera -y operativa- esencial. Que la Union Europea busque mecanismos duraderos para apoyar a Ucrania es positivo.
Pero cuanto más firme sea la promesa europea de apoyo ilimitado, menos incentivos tiene Ucrania para moderar su posición negociadora. No es una crítica a Ucrania; es lógica estratégica. La Comisión tiene tendencia a crear mecanismos que funcionan de maravilla en su PowerPoint interno, pero que en el mundo real generan efectos secundarios no deseados.
Consecuencias para el sistema financiero: la confianza, ese recurso no renovable
Las reservas de bancos centrales en el extranjero funcionan porque son intocables. Congelarlas ya daña esa idea. Usarlas como garantía la erosiona aún más.
China, Arabia Saudita, India, los países del Golfo y media África se preguntan si sus activos están seguros en Occidente o si pueden convertirse en instrumentos geopolíticos “excepcionales”.
Europa corre el riesgo de perjudicar su atractivo financiero en nombre de una solución a corto plazo. Luego dirá, como siempre, que “nadie pudo preverlo”, el estribillo favorito de Bruselas.
El espectador silencioso: China afila el lápiz
China observa este debate con mayor atención que ningún otro actor. Con enormes reservas en Occidente y un potencial conflicto en el horizonte -por ejemplo, en relación con Taiwán-, Pekín analiza cada argumento europeo como si fuera un precedente de jurisprudencia futura.
Otros países del Sur Global podrían ver esta medida como evidencia de que las potencias occidentales están dispuestas a instrumentalizar el sistema financiero según sus intereses estratégicos. Esto alimentaría narrativas geopolíticas utilizadas por Rusia y China, complicando la diplomacia europea.
Europa cree que envía señales de fuerza moral. China y otros reciben señales de vulnerabilidad estratégica. Y toman notas, muchas notas.
Conclusión: Europa entre la épica y la contabilidad creativa
Europa necesita realismo. No puede aspirar a ser actor geopolítico mientras arrastra fragilidad fiscal, crecimiento débil y Estados miembros ahogados en deuda que ya amenaza al propio Estado del bienestar. Fingir que puede afrontar obligaciones estratégicas sin pagar su precio es una ficción más de Bruselas.
Por ello, lo primero es pagar de verdad: la autonomía estratégica no se financia con eufemismos ni malabares contables. Y si el mecanismo es “europeo”, el riesgo debe ser europeo, no un arte extremo delegado a Bélgica. Si no hay consenso establecer acuerdos bilaterales o mancomunados de endeudamiento nacional de aquellos Estados miembros que así lo deseen. A la vez, la UE debe dejar de improvisar y crear un marco permanente de defensa y financiación, porque no se puede sostener una agenda que incluye defensa, transición energética, reindustrialización y tecnología con instrumentos temporales y contabilidad creativa.
También es imprescindible decir la verdad al electorado: apoyar a Ucrania es justo, pero no gratis, especialmente cuando los ciudadanos ya sienten la presión sobre servicios públicos y presupuestos nacionales. Reconocer y advertir que la solidaridad tiene un coste y que ese coste impactará directamente en el bienestar de la ciudadanía no es solo una obligación política, sino también ética. Y todo esto debe hacerse sin erosionar la confianza financiera, ya debilitada por la tentación de usar reservas soberanas como si la reputación europea fuera infinitamente elástica.
Finalmente, la UE debe preparar el día después. Habrá negociación y Rusia volverá a la mesa; Europa necesitará solidez jurídica y fiscal, no un catálogo de soluciones improvisadas. La geopolítica no se sostiene con magia contable: exige recursos, coherencia y la voluntad política de asumir costos reales. Sólo así la Unión podrá evitar que su ambición estratégica termine siendo otro ejercicio de ilusión financiera.
El “préstamo de reparación” es audaz, moralmente seductor y estratégicamente comprensible. Pero también jurídicamente frágil y geopolíticamente explosivo.
La Union Europa sostiene a Ucrania mientras equilibra principios fundamentales del sistema financiero global. Si lo logra, será histórico. Si fracasa, será otro capítulo de ese libro infinito titulado: “Europa: gigante normativo, enano presupuestario”.
SOBRE LA FIRMA:
Carlos M. Ortiz Bru es exconsejero de Transportes y Telecomunicaciones en la Representación de España ante la Unión Europea y administrador civil del Estado.











