La fatiga de Europa y la pedagogía del hartazgo

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru reflexiona en Demócrata sobre el papel que juega el continente europeo en un nuevo orden internacional donde las potencias "actúan según una lógica antigua y brutalmente coherente"

6 minutos

Patriots for Europe

Patriots for Europe

Comenta

Publicado

6 minutos

La Union Europea ha vivido demasiado tiempo instalada en una comodidad peligrosa. Como quien habita una casa ajena y confunde la cortesía del propietario con un derecho adquirido, el continente se acostumbró a un orden internacional que parecía inmutable. Pagábamos a tiempo, predicábamos valores, opinábamos sobre la decoración moral del mundo y dábamos por hecho que alguien más se ocuparía de lo esencial: la seguridad, la fuerza, la última palabra. No fue ingenuidad pura; fue conveniencia. Y como toda conveniencia prolongada, acabó convirtiéndose en dependencia.

Durante décadas, el relato fue sencillo y tranquilizador. Había villanos reconocibles, un protector gigantesco y una Europa satisfecha con el papel de conciencia crítica del sistema. Pensábamos, opinábamos, emitíamos comunicados; otros ponían los recursos, los ejércitos y la logística. Era un reparto desigual, sí, pero estable. Y la estabilidad, en política internacional, es adictiva: atrofia reflejos, desactiva alarmas y convierte la tutela en costumbre. El error no fue aceptar protección; fue confundirla con amistad y, peor aún, con permanencia.

Hoy esa ficción se resquebraja. Europa abre la nevera y descubre que la despensa nunca fue suya. El mundo no ha cambiado de repente: ha dejado de fingir. Las grandes potencias actúan según una lógica antigua y brutalmente coherente, donde el poder no se justifica, se ejerce. No hay traición cuando se rompe una ilusión; hay ajuste de expectativas. Estados Unidos no se ha retirado del mundo ni ha abrazado un aislamiento melancólico. Se ha reordenado. Ha decidido que ya no necesita ser querido ni admirado, solo temido. Y en ese cálculo frío, los aliados sentimentales pesan más de lo que aportan.

Europa y Estados Unidos 

La nueva forma de hablar del poder es reveladora. Desaparecen las palabras amables, las referencias morales, los guiños a una comunidad de valores. En su lugar emergen términos más directos: fuerza, interés, destino. No es una deriva repentina, sino una confesión tardía. El viejo “Occidente” funcionaba mientras la hegemonía era cómoda; cuando deja de serlo, la retórica se vuelve un lujo prescindible. Europa aparece entonces como un actor incómodo: regulador, dubitativo, obsesionado con justificarse. Para quien quiere mandar sin explicaciones, eso no es un socio, es un estorbo. En ese marco, Estados Unidos ya no se relaciona con la Unión Europea como socio estratégico, sino como un espacio a disciplinar, recurriendo a un patrón reconocible de aranceles, presiones a Estados miembros como Dinamarca y sanciones cuya lógica no difiere —aunque se exprese de forma más pulida y sinuosa— de la aplicada a Venezuela.

Conviene decirlo sin rodeos: los poderosos no temen a los débiles, los administran. Temen a los fuertes y desprecian a quienes se creen fuertes porque alguien los protege. Rusia no se inquieta ante una Europa fragmentada en veintisiete agendas nacionales. China no se siente amenazada por un continente que externaliza su industria, su tecnología y buena parte de su voluntad política. Y Estados Unidos no ve un rival en una Union Europea que pide permiso antes de hablar y disculpas antes de actuar. En realidad, simplemente la ignoran, la consideran un continente en declive, y no toman en serio, lo cual es comprensible, a sus líderes. Lo único que puede incomodar de verdad es la posibilidad —remota, pero real— de una Europa unida, con liderazgo, capaz de decidir, sostener costes y mantener una autonomía estratégica duradera. Por eso la presión constante, el desprecio sutil y la simpatía selectiva hacia quienes prometen debilitar el proyecto común desde dentro.

¿Patriotas por Europa?

Ahí entran los nuevos patriotas, una fauna política ruidosa y eficaz. Se envuelven en banderas, invocan soberanías míticas y denuncian conspiraciones exteriores, pero tiemblan ante cualquier intento serio de construir poder compartido. Detestan Bruselas con fervor, mientras aceptan sin rubor la dependencia de potencias externas. Hablan de libertad como quien elige amo y lo llama aliado. Son nacionalistas para el débil y sumisos para el fuerte, patriotas de boquilla y vasallos por vocación.

Su éxito no nace del orgullo, sino del vacío. Décadas de precariedad material, desafección democrática y sensación de irrelevancia han convertido a la Union Europea, para muchos ciudadanos, en una promesa incumplida. Derechos sin horizonte, movilidad sin arraigo, estabilidad sin prosperidad. En ese terreno fértil prosperan los discursos simples, las identidades de emergencia y los culpables claros. El repliegue localista ofrece consuelo emocional cuando falta seguridad real. No construyen alternativas ni poder: gestionan el enfado. Y en un continente donde vivir peor que tus padres empieza a ser la norma, ese consuelo barato sigue siendo rentable.

Mientras tanto, Europa ha reaccionado a las señales externas e internas como quien sube el volumen para no oír los golpes en la puerta. Cada amenaza se minimiza como retórica, cada gesto hostil se explica como excentricidad. Pero cuando las intenciones se escriben en documentos oficiales y programas políticos, ya no son improvisaciones: son avisos. Aun así, Bruselas insiste en sonreír, en hablar de cooperación, en repetir fórmulas gastadas. Confunde diplomacia con dependencia y cortesía con resignación.

Jerarquía ejercida sin complejos

Lo irónico es que quienes presumen de fuerza suelen escribir desde el miedo. Miedo a un mundo multipolar, a perder el control del relato, a que Europa deje de ser alumno aplicado y se convierta en adulto imprevisible. Porque una Union Europea autónoma no sería agresiva, pero sí incómoda. Y la imprevisibilidad inquieta más que la debilidad a quien manda. Por eso las democracias molestan: discuten, exigen coherencia, piden explicaciones. Las autocracias, en cambio, resultan prácticas. No cuestionan, no protestan, no hablan de derechos humanos cuando hay contratos que firmar. No es hipocresía; es jerarquía ejercida sin complejos.

Conviene abandonar la épica fácil y enfrentarse con la realidad. La Union Europea no puede independizarse mañana ni romper de golpe sus dependencias militares, tecnológicas y financieras sin pagar un precio alto. No tiene aún un ejército común plenamente operativo, ni una industria de defensa suficiente, ni soberanía energética completa, ni una opinión pública preparada para asumir el coste. Fingir lo contrario no es valentía; es confundir retórica con capacidad.

Pero tampoco está condenada a la irrelevancia. Entre la sumisión cómoda y la fantasía heroica existe un terreno intermedio, poco glamuroso y profundamente político: la autonomía gradual. Reducir dependencias sin proclamas grandilocuentes. Construir capacidades propias aunque no den titulares. Hacer irreversibles ciertos avances para que cada retroceso tenga un coste real. Cooperar sin arrodillarse, comerciar sin aceptar tutela, abrirse al mundo sin ponerse grilletes. Todo eso exige liderazgos fuertes con visión de futuro y algo incómodo: una ciudadanía informada, consciente de que el futuro no viene garantizado y dispuesta a respaldarlo incluso cuando deja de ser barato.

Al fuerte se le teme 

Europa no necesita ser fuerte en todo. Necesita dejar de ser débil en lo esencial: defensa creíble, control de infraestructuras críticas, capacidad industrial en sectores estratégicos y, sobre todo, una narrativa común que no se derrumbe al primer gesto de presión externa. El mayor problema europeo no es militar ni económico; es mental. Durante demasiado tiempo se actuó como si el poder fuera indecente y defender intereses propios, una traición moral.

Eso tiene que cambiar. No por orgullo, sino por supervivencia. El mundo que viene no castigará a los débiles; hará algo peor: los administrará como paisaje, como mercado cautivo, como espacio de tránsito. Lo más probable no es una ruptura total con Estados Unidos, sino una relación cada vez más transaccional y menos sentimental. Seguirá siendo imprescindible, pero menos fiable. Europa seguirá siendo dependiente, pero quizá menos ingenua y más combativa.

La ironía final es clara: Europa no se hará adulta por ambición, sino por cansancio. Cansancio de ser regañada, de ser tratada como alumno torpe, de descubrir que los valores solo importan cuando no cuestan nada. Aún puede elegir. Pero el tiempo de no decidir se está agotando. Y la historia repite siempre la misma lección: al débil se le protege un rato, al fuerte se le teme siempre, y a quien confunde patria con vasallaje se le utiliza… hasta que deja de servir.