Macron y Merz o cómo salvar Europa sin una ruptura de pareja

Entre castillos medievales y diagnósticos de urgencia, ambos líderes refuerzan el eje franco-alemán como motor de una Europa que busca recuperar ambición económica sin convertir el “Made in Europe” en una crisis sentimental continental

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Hay flechazos que son instantáneos, otros que surgen del roce y los hay también —los más europeos— de conveniencia. “Al enemigo, mejor siempre cerca”, recetan algunos para las relaciones amorosas. El eje franco-alemán tiene más de esto último: París y Berlín quieren jugar la partida de la competitividad, marcando territorio, pero asegurándose de que siguen aliados. Como quien mira al chico que le gusta de reojo en una fiesta, sabiendo que no se irá con otra… aunque tampoco conviene confiarse demasiado.

Hasta un castillo del siglo XVI al norte de Bélgica se han ido los líderes europeos para discutir cómo recuperar el liderazgo en un mundo que amenaza con dejar al continente atrás. En este escenario, rodeados de arquitectura medieval, jardines botánicos y cierta épica de retiro diplomático, el canciller alemán Friedrich Merz y el presidente de la República, Emmanuel Macron, no han ocultado su sintonía discursiva.

Las cosas de palacio...

Berlín quiere una Unión Europea más rápida para que “sea mejor”, pero sobre todo para que “tenga una industria competitiva en Europa”. “Me alegra que Emmanuel Macron y yo, como casi siempre, estemos de acuerdo sobre estas cuestiones”, ha ironizado Merz, dejando caer que esta relación política ya tiene algo de matrimonio largo: se discute, pero se comparte la hipoteca.

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“Compartimos este sentimiento de urgencia: nuestra Europa debe actuar con mucha claridad”, ha añadido el francés a su llegada al retiro de líderes. Lo cierto es que ambos comparten el punto de partida. “Los diagnósticos están establecidos”, sostienen. Las potencias miran a los informes de los exdirigentes italianos Mario Draghi y Enrico Letta como si fueran oráculos modernos: no leen el futuro en las estrellas, sino en gráficos de productividad.

En París detectan que hay una presión creciente sobre los Estados para que den el último impulso al continente con el objetivo de recuperar la ambición económica. “Lo vemos bien, existe una competencia desleal muy fuerte”, explica Macron, que añade que las capitales sienten una presión “muy fuerte” de China.

Renovarse o morir 

Pero Pekín no es el único que tensa la cuerda. Desde el regreso del presidente norteamericano a la Casa Blanca, los europeos se han visto obligados a repensar sus relaciones. “Con los aranceles que nos han impuesto los estadounidenses y amenazas de prácticas coercitivas”, diagnostica Macron, convencido de que “todo eso exige una reacción”.

La receta para ambos líderes está, en principio, clara. En primer lugar, su prioridad es una reacción a corto plazo: aplicar todo aquello en lo que, de primeras, los aliados del continente parecen estar de acuerdo. Así, las medidas pasarían por ir “mucho más rápido en la simplificación”, además de una nueva profundización del mercado único y avances “en las cuestiones de energía y financiación”.

Ursula von der Leyen

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Europa ante el espejo: o músculo o epitafio

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De hecho, las palabras del líder galo no están muy alejadas del diagnóstico que hace la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Ante una reunión de la industria empresarial europea este miércoles en Amberes, Bélgica, la alemana confesó que no estaba “satisfecha” con la velocidad que estaba tomando la tramitación de los paquetes de simplificación entre el Consejo y el Parlamento Europeo.

En realidad, de los diez programas desplegados por el Ejecutivo durante el último año, solo tres habrían culminado el proceso legislativo. Una cifra que, en términos europeos, equivale a un “te quiero” dicho con demasiada timidez: llega tarde y no convence.

Los trenes pasan una vez 

La advertencia no es menor. Von der Leyen teme que, si las reformas se eternizan en el laberinto legislativo, Europa llegue tarde a una carrera económica en la que el tiempo es un factor estratégico. En Bruselas empieza a imponerse la idea de que la competitividad ya no es solo un debate económico, sino un elemento central de soberanía industrial.

En este punto, Alemania y Francia celebran tener un “acuerdo muy fuerte” sobre la unión de los mercados de capitales. Para el francés, “es muy importante”. Es, quizás, el equivalente político a decidir compartir cuenta bancaria: un paso serio.

Así, la segunda prioridad sería seguir diversificando, a la vez que se reducen los riesgos para Europa, multiplicando asociaciones. En otras palabras: abrir la relación comercial, pero con reglas claras.

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Probelmas en el paraíso 

El siguiente paso para París es defender una preferencia europea, “especialmente en sectores particularmente amenazados”. Esta propuesta, bautizada en la jerga bruselense como “Made in Europe”, podría acabar convirtiéndose en una crisis de pareja.

Los alemanes no están del todo convencidos con la idea que plantea el vicepresidente comunitario Stéphane Séjourné de priorizar la compra de productos europeos en los procesos de adquisición pública. “Es una línea delicada”, resume Von der Leyen. Ahora bien, Macron la ha defendido siempre y cuando se produzca en “ciertos sectores críticos”. Como quien dice: no se trata de celos irracionales, sino de proteger lo importante.

Por último, París propone seguir financiando la innovación con esquemas de financiación público-privada. Aquí España defiende la propuesta de Macron relativa a la emisión de deuda conjunta para sectores estratégicos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, opta por abrazar los eurobonos como herramienta para impulsar la inversión pública hacia objetivos estratégicos del continente. En otras palabras: poner dinero en común para que el proyecto europeo no sea solo una promesa romántica, sino una inversión real.

Negociado antes 

Con todo, lo de este jueves no era una primera cita. Antes del encuentro, Francia y Alemania se habían reunido con otros aliados como Italia y Bélgica para coordinar su posición. “Lo hemos discutido con los colegas. Hablamos de ir rápido y de que tengamos decisiones muy concretas de aquí a junio”, afirma Macron.

En esta reunión previa, Sánchez no habría participado. Pese a que desde Moncloa evitan responder de forma oficial a esta ausencia, en los pasillos de la capital comunitaria hay quien afirma que el Gobierno busca ser un contrapeso más progresista ante el contexto internacional actual.

El último recurso para no perder este tren, según los franceses, es la cooperación reforzada, planteada en una carta previa al retiro por Von der Leyen. Una especie de “Europa a dos velocidades”, con la que Sánchez también está de acuerdo.

Ni contigo, ni sin ti 

Los Veintisiete no comparten una sola estrategia. Capitales como Berlín han impulsado desde hace tiempo un modelo en el que grupos de países avanzan más rápido en determinadas políticas. El Gobierno de Sánchez, junto con Alemania, Francia, Polonia, Italia y Países Bajos, forma una alianza de seis economías decididas a liderar esta transformación.

Von der Leyen abre la puerta a abandonar la unanimidad cuando sea necesario. Según su misiva: “Nuestra ambición debe ser siempre lograr acuerdos entre los 27 Estados miembros. Sin embargo, cuando la falta de avances o de ambición amenaza con socavar la competitividad o la capacidad de actuar de Europa, no debemos dejar de utilizar posibilidades previstas en los Tratados sobre la cooperación reforzada”.

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Este mecanismo permite a un grupo de al menos nueve Estados miembros avanzar en políticas concretas, siempre respetando los derechos de la UE y sin contradecir los tratados. Es una herramienta pensada para evitar bloqueos y acelerar decisiones estratégicas.

En definitiva, Europa se encuentra en una encrucijada: o acelera, o se resigna a ser espectadora. Y en este baile de poder, Francia y Alemania vuelven a tomarse de la mano, aunque sea con esa mezcla de romance, interés y desconfianza que define a todas las relaciones largas. Incluso las geopolíticas.