Conviene empezar con una aclaración, no tanto por higiene moral como por precisión intelectual. Fui miembro del jurado de los primeros premios organizados por la revista Demócrata, y colaboro habitualmente con el medio. El dato es relevante y no merece ser escondido, pero tampoco exagerado: no me corresponde evaluar el formato de los premios ni justificar su existencia, y menos aún presentarlos como si de una revelación cívica se tratara. No es ese el propósito de este texto.
Lo que sigue no es una apología de una gala ni una defensa de una iniciativa concreta. Es, más bien, una reflexión a partir de una escena. La entrega de premios fue el contexto; la cuestión de fondo es otra: la sensación, cada vez menos frecuente, de que aún existen espacios donde la política no se reduce al insulto, al gesto teatral o a la confrontación permanente.
A estas alturas conviene decirlo sin rodeos: las ceremonias de premios en política generan una comprensible desconfianza. Los títulos solemnes, la liturgia importada del entretenimiento y la tentación de convertir el reconocimiento en autopromoción suelen provocar más escepticismo que entusiasmo. No, a veces, sin razón. La democracia no necesita alfombras rojas para funcionar, ni la política gana dignidad por parecerse a un espectáculo.
“Aún hay espacios donde la política no se reduce al insulto al gesto teatral o a la confrontación permanente"
Y, sin embargo, a veces ocurre algo distinto. No porque el formato cambie sustancialmente, sino porque el clima que se respira contradice lo habitual. Eso fue lo que me llamó la atención esa noche: no lo que se celebró, sino lo que no. No se aplaudió el ruido, ni la provocación, ni la épica del enfrentamiento. No se premió al político más eficaz en la descalificación ni al más ingenioso en la polarización. Se puso el foco -con todas las limitaciones del formato- en una idea hoy incómoda: que la política democrática consiste, ante todo, en gestionar el desacuerdo sin dinamitar el marco común.
En los tiempos que corren, reivindicar la normalidad institucional roza la excentricidad. Pero quizá precisamente por eso resulta relevante. Hemos asumido que la política es confrontación permanente, y no lo es. O no debería serlo. La política democrática es, sobre todo, negociación, reglas compartidas, contrapesos y acuerdos imperfectos. El conflicto es inevitable; el espectáculo constante, no.
Negociar no equivale a traicionar
Hablar de consenso se ha vuelto sospechoso. Como si ponerse de acuerdo implicara renunciar a las propias convicciones. Nada más falso. El consenso no elimina el conflicto: lo ordena. No borra las diferencias: las canaliza. Es una forma adulta de hacer política, y precisamente por eso resulta tan incómoda para quienes viven del enfrentamiento constante.
Defender esta idea hoy no es ingenuidad ni equidistancia. Es realismo democrático. Significa asumir que el Parlamento importa, que negociar no equivale a traicionar y que el adversario político no es, por definición, un enemigo moral al que haya que erradicar. Pero también implica reconocer que la democracia no se agota en las instituciones representativas: vive y se fortalece en una sociedad civil activa, en movimientos ciudadanos que canalizan demandas sin romper el marco común y en organismos públicos creados para proteger derechos, garantizar equilibrios y servir al interés general. Significa, en definitiva, aceptar que las democracias se deterioran menos por exceso de debate -político, social e institucional- que por su progresiva desaparición.
Uno de los aspectos más llamativos de aquella noche fue comprobar hasta qué punto estas ideas -tan poco épicas, tan poco virales- resultan casi exóticas en el ecosistema político y mediático actual. Premiar lo que suma, reconocer la cooperación institucional, destacar iniciativas que mejoran derechos sin necesidad de incendiar el debate público parece hoy un gesto contracultural. Y, sin embargo, es exactamente lo que mantiene en pie a las democracias.
Dimensión europea
Hubo también un énfasis claro en la dimensión europea, otro terreno donde la incomodidad es evidente. Defender el proyecto europeo sigue provocando cierto pudor, como si se tratara de una ingenuidad tecnocrática o de un reflejo burocrático sin alma. No lo es. Defender Europa, como afirmo Josep Borrell, hoy es puro realismo político. Es entender que, con todas sus imperfecciones, la Unión Europea sigue siendo el mayor espacio de derechos, libertades y cooperación democrática que hemos construido. Y que, sin él, nuestros Estados serían más frágiles, no más libres.
Aquí los medios desempeñan un papel decisivo. No solo informan: también deciden qué se legitima y qué se desprecia en la conversación pública. Durante demasiado tiempo hemos aceptado que el relato sobre Europa lo construyan otros, desde intereses y sensibilidades que no siempre son los nuestros. Explicar el proyecto europeo desde dentro, con sus contradicciones y sus logros, no es propaganda: es una forma de soberanía democrática.
“Defender el proyecto europeo sigue provocando cierto pudor, como si se tratara de una ingenuidad tecnocrática”
Conviene subrayarlo: la independencia no consiste en colocarse siempre en un centro geométrico ficticio, como si todas las posiciones fueran equivalentes. Consiste en no ocultar los propios valores y aplicarlos con rigor. La democracia liberal, el pluralismo, el Estado de derecho y el proyecto europeo no son opiniones intercambiables: son el marco que permite que todas las demás opiniones existan. Defenderlos no es militancia partidista; es sentido común democrático.
No exageremos: una gala no salva democracias. Un premio no arregla la política. Pero a veces funcionan como síntomas. Y aquel lo fue. No tanto por el formato en sí, sino por la voluntad editorial que lo impulsó y por el tipo de conversación que quiso poner en primer plano. El síntoma de que aún existe espacio para una conversación política menos histérica y más adulta, donde sentarse a hablar no se confunde con rendición, y escuchar no se interpreta como debilidad.
Optimismo escéptico
Salí de esa noche con una sensación poco habitual: un optimismo escéptico. No ingenuo. No complaciente. El tipo de optimismo que nace al comprobar que todavía hay instituciones que apuestan por la transparencia, movimientos sociales que empujan sin romper el marco democrático y medios que consideran que la democracia no es un estorbo narrativo, sino el argumento principal.
Y sí, escribo esto desde una posición conocida y declarada. Pero no para legitimar un evento ni para adornar una iniciativa concreta, sino para reivindicar algo mucho más modesto y, hoy, mucho más urgente: que lo sensato no desaparezca del todo del espacio público. Que ese espacio exista -aunque sea de forma puntual- ya dice algo del propósito de quienes lo hicieron posible.
Tal y como están las cosas, eso ya es bastante.