Europa

Trump y el arte europeo de practicar yoga diplomático: poder acomplejado, silencios elásticos y el viejo ejercicio del miedo atlántico

Tras el ataque a Venezuela y el arresto al presidente Nicolás Maduro, el exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru reflexiona en Demócrata sobre los próximos objetivos de la administración norteamericana. ¿Groenlandia?

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The White House

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Donald Trump vuelve a decir en voz alta lo que durante décadas se ha susurrado en los despachos de Washington: que Groenlandia es demasiado importante como para dejarla en manos ajenas. Mientras Dinamarca protesta y la isla recuerda que tiene habitantes y voluntad propia, la Unión Europea opta por avanzar con cautela extrema, midiendo cada paso como quien cruza un salón lleno de porcelana ajena. No vaya a ser que un gesto mal calculado provoque un ruido incómodo al otro lado del Atlántico.

Trump presiona; Europa mira

Las declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia no deberían despacharse como una extravagancia más del catálogo trumpista, ese donde conviven muros imposibles, elecciones robadas y mapas redibujados a rotulador. No. Cuando Trump afirma que Estados Unidos “debe tener” Groenlandia por razones de seguridad nacional, no improvisa: verbaliza sin pudor una lógica de poder que Washington nunca abandonó, pero que ahora ya no se molesta en disimular bajo el barniz diplomático.

Que un presidente -o aspirante reincidente- hable de un territorio ajeno como quien evalúa un activo inmobiliario no es solo una anomalía diplomática. Es un desafío frontal al orden internacional que Europa dice defender. Y frente a ese desafío, la Unión Europea ha hecho lo que mejor sabe hacer cuando la situación se complica: emitir una declaración elocuente, impecablemente protocolaria y tan cuidadosamente medida que, en su corrección diplomática, revela más por lo que evita decir que por lo que afirma.

Trump, además, no se limita a las palabras. Sus declaraciones llegan acompañadas de hechos: el nombramiento unilateral de un enviado especial para Groenlandia -JeffLandry, el gobernador republicano en funciones de Luisiana-, visitas no consensuadas de altos cargos estadounidenses a instalaciones militares en la isla y una ambigüedad cuidadosamente calculada sobre el uso de presión económica -o algo peor-. No es torpeza diplomática ni improvisación. Es intimidación con traje institucional. Dinamarca lo ha entendido. Bruselas, al parecer, sigue consultando el manual.

Groenlandia: poca gente, demasiados intereses

Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, con unos 57.000 habitantes y una economía modesta, sostenida por la pesca y las transferencias de Copenhague. Un lugar inmenso, remoto, poco poblado y frío. Justo por eso -y no a pesar de ello- enormemente valioso.

Situada en el corazón del Ártico, entre América del Norte y Europa, la isla es una pieza clave del tablero estratégico: control del Atlántico Norte y sus rutas marítimas, vigilancia de las vías más cortas de misiles intercontinentales y presencia militar adelantada en una región cada vez más disputada. En geopolítica, el tamaño importa poco cuando la geografía juega a favor.

Estados Unidos lo sabe desde hace décadas. Mantiene presencia militar permanente en Groenlandia desde la Segunda Guerra Mundial. La base de Thule, hoy Base Espacial Pituffik, es una pieza esencial del sistema de alerta temprana estadounidense. Su construcción, autorizada por Dinamarca en 1951, implicó el desplazamiento forzoso de comunidades inuit. Un detalle histórico que conviene recordar cuando Washington se presenta como garante de estabilidad y protección.

No extraña, por tanto, la desconfianza groenlandesa ante cualquier discurso estadounidense que suene demasiado paternal. Como señalan analistas daneses, Groenlandia quiere decidir su futuro, sí, pero no para cambiar una tutela europea por otra más musculada.

El regreso sin complejos del lenguaje imperial

El interés estadounidense por Groenlandia no es nuevo. En 1946, Washington ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares en oro por la isla. La oferta fue rechazada, pero dejó clara una idea persistente: Groenlandia era un activo negociable. Trump retomó esa lógica en 2019 y ahora la envuelve en un concepto comodín -“seguridad nacional”- lo suficientemente amplio como para justificar casi cualquier cosa, un recurso retórico tan versátil que ya demostró su eficacia cuando Putin lo utilizó para explicar, con la misma soltura, la invasión de Ucrania.

El problema no es solo Trump, sino la alarmante comodidad con la que su discurso vuelve a hacer presentable lo que nunca dejó de ser una grosería estratégica. Estados Unidos recupera el lenguaje de las esferas de influencia con el aplomo de quien confunde permanencia con legitimidad. Groenlandia deja de ser un territorio con soberanía y ciudadanos para convertirse en una variable funcional del interés estadounidense, una nota técnica en un memorando de seguridad nacional. No es solo la política del hecho consumado: es la abolición explícita del consentimiento ajeno.

No es un episodio aislado: insinuaciones sobre Panamá, comentarios sobre Canadá, lo ocurrido en Venezuela, advertencias veladas a aliados. El mensaje es coherente y preocupante: el poder decide, el derecho se adapta. Y quien no puede imponer su voluntad, que se resigne.

Recursos críticos: el subsuelo también importa

A la dimensión militar se suma la económica. Groenlandia alberga importantes reservas de materias primas críticas, incluidas tierras raras esenciales para la industria tecnológica, militar y la transición energética. La Comisión Europea reconoce que 25 de las 34 materias primas estratégicas que considera clave están presentes en la isla. Un dato impresionante… que no ha generado una política europea a la altura.

Mientras Bruselas reflexiona, Washington actúa. Más de la mitad de las licencias de exploración concedidas en Groenlandia han ido a parar a empresas estadounidenses. Europa, atrapada entre discursos verdes y alergias históricas a la minería, observa cómo otros aseguran recursos que luego declarará imprescindibles. La autonomía estratégica, una vez más, queda reducida a consigna.

Independencia groenlandesa y tentaciones externas

El debate sobre la independencia de Dinamarca es real en Groenlandia. Desde 2009 existe el derecho a decidir mediante referéndum. La mayoría de la población simpatiza con la idea, pero es consciente de las enormes dificultades económicas que implicaría una ruptura inmediata.

El primer ministro groenlandés, Múte Egede, ha sido claro: el futuro de la isla no se decide en Washington. Sin embargo, la presión estadounidense introduce una variable incómoda. Promesas implícitas de inversión, apoyo económico o protección militar pueden resultar tentadoras para una economía pequeña y vulnerable. Estados Unidos lo sabe. Y juega sus cartas.

Este escenario debería inquietar a la Unión Europea. No solo por solidaridad con Dinamarca, sino porque una Groenlandia dependiente de Washington alteraría profundamente el equilibrio estratégico del Ártico.

Dinamarca da la cara, Europa baja la voz

La reacción danesa ha sido clara. El ministro de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, calificó las acciones estadounidenses de “inaceptables. La primera ministra Mette Frederiksen habló de presión indebida y defendió la integridad territorial del reino. Dinamarca ha actuado como cabe esperar de un Estado soberano.

La Unión Europea, en cambio, ha optado por el arte del matiz y la declaración vaga. Ha vuelto a refugiarse en el lenguaje aséptico de los principios abstractos, invocando la “integridad territorial” y el Derecho Internacional sin atreverse a confrontar directamente a Washington ni a señalar consecuencias políticas claras, lo que reduce su postura a un ejercicio de retórica defensiva. Trente a las declaraciones diplomáticas de António Costa y Ursula von der Leyen -también de Pedro Sanchez-, Francia ha sido la excepción, al afirmar sin rodeos que Groenlandia es territorio europeo y rechazar su reducción a un mero activo estratégico, evidenciando la distancia entre la firmeza nacional y la tibieza comunitaria.

De nuevo, el contraste con la contundencia desplegada por la UE frente a Rusia en Ucrania resulta incómodo: cuando el desafío proviene de un aliado, Bruselas sustituye la defensa inequívoca de la soberanía por el matiz diplomático, confirmando que sus “líneas rojas” dependen menos de los principios que proclama que del poder de quien las cruza.

¿Por qué calla Europa?

El silencio europeo no es fruto del azar. Es una estrategia de autoprotección frente a Estados Unidos, principal garante de la seguridad europea a través de la OTAN y, por tanto, potencia a la que conviene no levantar la voz ni siquiera para aclararse la garganta. En plena guerra en Ucrania y ante la posibilidad de un regreso -o su intento- de Trump a la Casa Blanca, Bruselas prefiere no levantar la voz.

Pero incluso sin Trump, el resultado sería similar: la presión estratégica continuaría a través de sus herederos políticos -de J. D. Vance a la nueva ortodoxia republicano- de una burocracia de seguridad -del Pentágono al Departamento de Estado- tan estable que convierte los cambios de presidente en simples relevos de narrador.

A ello se suma una dependencia militar estructural, la fragmentación interna y un argumento jurídico tan cómodo como oportuno: Groenlandia no forma parte formalmente de la UE desde 1985. Esto permite tratar el asunto como bilateral, olvidando convenientemente que Dinamarca sí es un Estado miembro y que su integridad territorial está en juego.

Todo contribuye a convertir el silencio o la retórica en la única posición compartida: hablar de Groenlandia obliga a hablar de minería, dependencia y contradicciones internas.

En el fondo, el problema es más profundo: la Unión Europea sigue careciendo de una auténtica cultura del poder. Cuando otros imponen, Europa analiza, duda… o calla.

El precio del silencio

El Ártico es ya uno de los principales tableros estratégicos del siglo XXI. Rusia, China y Estados Unidos lo saben y se mueven en consecuencia. Europa también lo sabe, pero prefiere fingir que no es su turno. Su ambigüedad ante Groenlandia no es diplomacia responsable, sino una renuncia calculada: los principios se defienden mientras no incomoden a una superpotencia aliada. Cuando incomodan, se archivan.

Ante las declaraciones de Trump, la Unión Europea no responde con política firme, explicita, clara y sin ambigüedades, sino con una rutina de autocontrol cuidadosamente ensayada. Inhala prudencia, exhala silencio y adopta posturas diseñadas para no decidir nada en absoluto. Mientras otros tensan fronteras y despliegan poder, Bruselas eleva la inmovilidad a categoría moral y convierte el miedo en procedimiento administrativo. No es diplomacia: es yoga institucional practicado para tranquilizar conciencias, no para alterar realidades.

Lo más incómodo es que alternativas existen y son perfectamente asumibles. La UE podría respaldar sin rodeos ni retorica a Dinamarca, impedir que el asunto se degrade a un pulso bilateral, implicarse económica, políticamente y, porque no, militarmente en Groenlandia y dotarse de una política ártica que merezca ese nombre. En teoría la UE tiene una «política ártica», pero es en gran medida declarativa y carece de enfoque estratégico, militar y geopolítico, concibiendo la región más como un espacio de cooperación y sostenibilidad que como un ámbito de interés económico y de poder como si el Ártico fuera un seminario académico y no uno de los tableros centrales de la competencia global.

Pero esta política de reacción, no lo hace por falta de capacidad, sino por falta de voluntad para aceptar fricción con Washington. Fijar límites implica asumir poder, y asumir poder sigue siendo el gran tabú y el complejo europeo.

El problema, en suma, no es la falta de instrumentos, sino la decisión consciente de no utilizarlos cuando el precio es real. Mientras Estados Unidos -con Trump, con sus herederos o con la inercia intacta de su aparato estratégico- ejerce poder sin complejos, Europa responde con respiración guiada y autocontrol ceremonial. Y en geopolítica, como en el yoga mal entendido, tanta relajación no produce equilibrio: produce irrelevancia.