Von der Leyen dice no estar "satisfecha” con la “velocidad” de la simplificación regulatoria

Bruselas advierte que los retrasos en la tramitación de los paquetes regulatorios —incluidos los Ómnibus que buscan reducir la burocracia y las cargas administrativas para la industria— están lastrando la competitividad de las empresas europeas

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La presión crece en Bruselas sobre la Comisión Europea y el impacto de sus últimas propuestas en la competitividad de la industria del continente. Esto es algo que saben bien en el gabinete que dirige la presidenta Ursula von der Leyen. Por eso, ante una reunión de la industria europea en Amberes, se ha comprometido a “acelerar aún más” mediante una “acción audaz”.

La alemana llega a este nuevo ciclo político con un diagnóstico cada vez más compartido en las capitales: Europa no solo debe avanzar en su transición verde y digital, sino hacerlo sin asfixiar a su propio tejido productivo. En un mundo marcado por subsidios industriales estadounidenses, el empuje tecnológico chino y una competencia global cada vez menos equilibrada, Bruselas teme que el exceso de carga normativa termine debilitando a sus empresas.

Simplificación: la bandera del segundo mandato

Para su segundo mandato, Von der Leyen se marcó el objetivo de reducir la burocracia, así como todas aquellas trabas regulatorias que pudieran estar lastrando la escalada de las compañías europeas. Su receta para lograrlo pasaba por los conocidos como “Ómnibus”, en la jerga comunitaria.

En la práctica, se trata de paquetes de reforma de algunas reglas europeas —incluidas piezas del Pacto Verde— que incrementaban la responsabilidad de las compañías en ámbitos como la sostenibilidad, la diligencia debida o la ciberseguridad. Bruselas defiende que estas normas son necesarias para reforzar el modelo europeo, pero admite que su complejidad puede convertirse en un freno para el crecimiento industrial. “15.000 millones en recortes de cargas administrativas”, celebraban en el edificio Berlaymont, sede de la Comisión, al presentar estos paquetes.

El objetivo, al menos sobre el papel, es doble: mantener las ambiciones climáticas y regulatorias de la Unión, pero al mismo tiempo garantizar que las empresas puedan competir con agilidad frente a actores globales menos constreñidos.

Falta de velocidad 

Ahora, la presidenta ha afirmado que no está “satisfecha” con la velocidad que está tomando la tramitación de estos paquetes entre los colegisladores y, por tanto, con su impacto real en el tejido productivo. De los diez Ómnibus aprobados por la Comisión durante el último año, “solo tres han llegado al destino”. En el Ejecutivo comunitario confían en que el Parlamento Europeo y los Estados miembros “compartan el mismo sentido de urgencia”.

La advertencia no es menor. Von der Leyen teme que, si las reformas se eternizan en el proceso legislativo, Europa llegue tarde a una carrera económica en la que el tiempo es un factor estratégico. En Bruselas se empieza a imponer la idea de que la competitividad ya no es solo un debate económico, sino un elemento central de soberanía industrial.

Órdago a las capitales 

La crítica de Von der Leyen no queda reducida a las instituciones europeas. A su juicio, otro de los principales obstáculos para la escalada empresarial está en el “nivel nacional”.Sostiene que existe demasiado “gold-plating”, es decir, la práctica por la cual los Estados miembros añaden capas adicionales de legislación nacional a las normas europeas.

“Capas adicionales que dificultan la vida y crean nuevas barreras en nuestro mercado único”, afirmó este miércoles en Amberes. El mensaje es claro: no basta con simplificar desde Bruselas si luego las capitales reintroducen complejidad mediante regulaciones propias. El mercado interior, piedra angular del proyecto europeo, sigue funcionando con demasiadas fricciones.

Para explicar esta situación, en la Comisión recurren a ejemplos cotidianos.“Un camión en Bélgica puede pesar hasta 44 toneladas, pero si cruza a Francia, solo puede llevar 40. Propusimos armonizar esto en junio de 2023”, apuntan fuentes comunitarias.

Von der Leyen insistió en que este tipo de divergencias ilustran hasta qué punto la fragmentación normativa sigue siendo un lastre. “Trasladar residuos entre Estados miembros debería ser eficiente y rápido, pero prácticas nacionales diferentes lo hacen extremadamente complejo”, exclamó la líder del Ejecutivo. Defienden en su equipo que, a la hora de hablar de simplificación, se debe acabar con la fragmentación: “Es hora de una limpieza regulatoria profunda”.

Energía asequible como condición para competir

En la capital europea estudian la energía “asequible y fiable” como el otro gran factor que podría impulsar el crecimiento industrial. Bruselas prevé que el precio del gas baje en los próximos tres o cuatro años. Ante esto, pretenden “usar este tiempo” para invertir en un sistema energético bajo en carbono y en infraestructuras comunes.

“Necesitamos infraestructuras para una verdadera Unión Energética. Los picos de precios podrían evitarse si la energía barata pudiera fluir a través de fronteras”, defendió la exministra alemana. El diagnóstico es compartido por la industria: sin precios energéticos competitivos, Europa difícilmente podrá sostener su base manufacturera, especialmente en sectores intensivos como el acero, la química o la automoción.

Autopistas energéticas: ¿la solución?

Aseguran en el “gobierno de la UE” que se está acelerando la construcción de auténticas autopistas energéticas en el continente. El mes pasado, se abrió este camino con el acuerdo sobre la Isla Energética de Bornholm, conectando la eólica del Báltico con redes danesas y alemanas. Este tipo de proyectos busca no solo impulsar renovables, sino también reforzar la interconexión, reducir vulnerabilidades y crear un verdadero mercado energético europeo. Von der Leyen considera que la transición verde debe ser también una estrategia industrial: producir energía limpia, pero hacerlo de forma competitiva.

Esto debería ir acompañado, a juicio de Von der Leyen, por una modernización drástica de la fiscalidad energética. “Mientras los costes bajan, los impuestos nacionales suben”, remarcó sobre un sector que estaría pagando impuestos “sobre la electricidad quince veces más altos que sobre el gas”. El desequilibrio fiscal es uno de los elementos que, según Bruselas, distorsiona la electrificación industrial y dificulta el avance hacia un modelo productivo más sostenible.

Definir la hoja de ruta

Este mismo jueves, los jefes de Gobierno de todo el continente se reúnen en un castillo al norte de Bélgica para empezar a definir la hoja de ruta de la competitividad europea para el próximo año.En las conversaciones se espera que las capitales pidan a Bruselas pasar a la acción de una vez por todas, así como tener más control sobre las iniciativas legislativas desplegadas por parte de la Comisión.

La competitividad se ha convertido en el nuevo campo de batalla europeo: cómo avanzar en regulación sin frenar crecimiento, cómo proteger sectores estratégicos sin romper las reglas del comercio internacional y cómo ganar escala frente a competidores globales.

“Made in Europe”

Las semanas próximas a esta cumbre informal también serán relevantes para la industria. En unos días, el responsable de Mercado Interior, Stéphane Séjourné, presentará un nuevo paquete para impulsar las compras “made in Europe”. Está previsto que a través de este se prioricen, en las adquisiciones públicas, los materiales producidos en el continente. La medida busca reforzar cadenas de valor europeas y evitar que el dinero público termine alimentando industrias externas.

Además, en marzo, la Comisión dará luz verde al conocido como “Régimen 28”, orientado a armonizar los procesos de creación de empresas dentro de las fronteras europeas.

La ambición es reducir la fragmentación y permitir que una compañía pueda operar en todo el mercado único con un marco normativo más coherente. En Bruselas, el mensaje empieza a ser insistente: Europa necesita menos barreras internas y más capacidad de competir como bloque. Porque en la nueva economía global, quedarse quieto equivale a quedarse atrás.