Las autoridades de Pakistán y Afganistán, con los talibán al frente en Kabul desde que se hicieron con el poder en agosto de 2021 coincidiendo con la retirada de las tropas internacionales, se han visto envueltas en las últimas horas en un nuevo episodio bélico, reflejo de las continuas fricciones registradas en los meses recientes a lo largo de la frontera común, especialmente por los reiterados atentados de Tehrik-i-Taliban (TTP) en territorio paquistaní.
Los ataques de TTP, organización conocida como los talibán paquistaníes --y a la que Islamabad se refiere como Fitna al Juarij para subrayar que la considera un grupo extremista alejado de la ortodoxia islámica-- se han intensificado en los últimos meses y han provocado centenares de fallecidos, tanto miembros de las fuerzas de seguridad como civiles, en la provincia de Jáiber Pastunjua.
Esta región, de mayoría pastún --como ocurre en amplias zonas del este y sur de Afganistán, al otro lado de la frontera-- arrastra desde hace años un contexto de violencia e inestabilidad. Islamabad acusa de forma reiterada a los talibán afganos y a India de respaldar a TTP para facilitar sus operaciones, con el objetivo de desestabilizar el norte de Pakistán y minar su seguridad interna.
Al mismo tiempo, el área constituye el núcleo de una disputa territorial ligada a la ausencia de consenso sobre la línea divisoria, marcada por la Línea Durand, fijada en 1893 tras un pacto entre el entonces secretario de Exteriores británico en India, Mortimer Durand, y el emir afgano Abdur Rahman Jan para delimitar sus respectivas zonas de influencia.
Tras la creación de Pakistán en 1947, Islamabad pasó a considerar la Línea Durand como su frontera oficial con Afganistán, algo que Kabul se ha negado históricamente a aceptar. Esta discrepancia ha alimentado tensiones persistentes, agravadas por el hecho de que la línea corta comunidades pastunes y baluches a ambos lados, generando conflictos sobre el trazado, la instalación de puestos fronterizos y el despliegue de fuerzas de seguridad.
Pese a ello, estos contenciosos se habían mantenido relativamente contenidos durante los últimos años, una dinámica que se ha roto de forma abrupta en los meses recientes a raíz de las operaciones de TTP. Esta situación ha llevado a Pakistán a endurecer de manera notable su postura y a lanzar advertencias directas a los talibán por lo que interpreta como una falta de voluntad para combatir al grupo y frenar sus atentados.
La violencia se ha extendido igualmente a zonas de Baluchistán, que también limita con Afganistán. En este caso, la inestabilidad está vinculada a las acciones de los insurgentes del Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), al que Islamabad acusa igualmente de recibir apoyo de India y al que ha llegado a denominar Fitna al Hindustan para remarcar el supuesto respaldo de Nueva Delhi.
Hostilidades en la frontera
El último incremento de la violencia se inscribe en una cadena de choques de distinta intensidad a lo largo de la frontera desde diciembre de 2024, cuando Pakistán llevó a cabo una serie de bombardeos sobre la provincia afgana de Paktika (este), tras reiterar sus avisos sobre una posible incursión militar por "no cumplir sus promesas" ante la comunidad internacional de combatir el terrorismo en su territorio, en alusión a TTP.
La confrontación dio un salto cualitativo en octubre de 2025, con un choque terrestre en Jáiber Pastunjua que desembocó en nuevos bombardeos paquistaníes contra varias provincias afganas y la capital, Kabul. Islamabad declaró entonces que su objetivo era eliminar al líder de TTP, Nur Uali Mehsud, aunque el propio grupo aseguró que había salido ileso de los ataques.
Estos bombardeos desencadenaron la respuesta de los talibán, que atacaron puestos de control paquistaníes en la Línea Durand y provocaron varios días de combates, hasta que ambas partes aceptaron un alto el fuego con mediación de Qatar y Turquía. Pese a la tregua, el cruce de reproches y acusaciones no se ha detenido desde entonces.
A este clima se añaden las críticas mutuas sobre la presencia y las actividades de otros grupos armados, entre ellos el BLA y el Frente Nacional de Resistencia (FNR) y el Frente por la Libertad de Afganistán (FLA), ambos enfrentados a los talibán. El FNR es considerado el heredero natural de la Alianza del Norte, que luchó contra los fundamentalistas junto a Estados Unidos durante la invasión de Afganistán en 2001.
En paralelo, Pakistán ha buscado aumentar la presión sobre las autoridades talibán mediante sanciones, restricciones al comercio bilateral y cierres de pasos fronterizos. Además, en los últimos meses ha procedido a expulsar a cientos de miles de refugiados afganos, en un contexto de crisis múltiple que incrementa las críticas internas por lo que se percibe como un fracaso gubernamental a la hora de contener la inseguridad.
Los últimos combates
Las rondas de diálogo celebradas en los últimos meses entre Kabul e Islamabad para consolidar un alto el fuego y abordar el conflicto se han visto condicionadas por los continuos ataques de TTP, que han llevado a Pakistán a reforzar sus operaciones de seguridad y a elevar el tono de sus exigencias a las autoridades afganas para que actúen contra el grupo.
Los talibán han insistido en que no respaldan a TTP y sostienen que se trata de un problema interno que corresponde resolver a Pakistán. En esta línea, el portavoz del Gobierno afgano, Zabihulá Muyahid, ha reiterado este viernes que Kabul defiende "el diálogo" y ha subrayado que "la guerra civil" en Pakistán "es un asunto interno" que no guarda relación con las autoridades afganas.
El desacuerdo en este punto --con las conversaciones bloqueadas desde noviembre de 2025-- ha sido esgrimido por Islamabad para justificar sus recientes incursiones en Afganistán, entre ellas la efectuada el 21 de febrero, tras la que los talibán denunciaron cerca de 20 civiles muertos en ataques contra lo que Pakistán describió como posiciones de TTP y Estado Islámico.
Posteriormente, las autoridades talibán presentaron una "queja formal" ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y reclamaron "el cese inmediato de estas acciones", después de advertir de que podrían acogerse a su derecho a la legítima defensa, algo que materializaron el jueves con una nueva ofensiva en la franja fronteriza.
Esta ofensiva ha motivado una nueva campaña de bombardeos paquistaníes que, según los datos difundidos por Islamabad, habría causado la muerte de cerca de 275 supuestos talibán y "terroristas", en referencia a miembros de TTP. La operación se enmarca en el giro de Pakistán desde la vía diplomática hacia el uso de la fuerza para hacer frente a la amenaza, una estrategia que las autoridades paquistaníes han asegurado que mantendrán para combatir el "terrorismo" dentro y fuera de sus fronteras.
Los ataques más recientes han alcanzado enclaves de alto valor simbólico, incluida la ciudad de Kandahar, considerada cuna del movimiento talibán y sede de su auténtico núcleo de poder, donde reside el líder supremo del grupo, el mulá Hebatulá Ajundzada, desde donde dirige las decisiones y la gestión del aparato talibán.
Asimismo, fuentes citadas por la cadena afgana Amu TV han señalado que entre los objetivos figura una antigua residencia en Kandahar del mulá Mohamed Omar, fundador del movimiento talibán y emir de Afganistán entre 1996 y 2001. El dirigente, fallecido en 2013 por tuberculosis --dato confirmado dos años después por los propios talibán-- continúa siendo una figura venerada dentro de la organización.
En este contexto, Pakistán ha reiterado en las últimas horas que "el opresor régimen talibán tiene que adoptar una elección clara: entre TTP, el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), Estado Islámico, Al Qaeda, terroristas y organizaciones terroristas, o Pakistán", dejando claro que mantendrá la vía militar si el proceso de diálogo reclamado por los fundamentalistas no desemboca en un acuerdo que satisfaga sus prioridades de seguridad.