Un ‘gris’ de paisano, una pistola por la espalda y un portal de la calle Goya. Es el recuerdo que Ángela Gutiérrez conserva del 1 de mayo de 1976, el primer Día del Trabajador tras la muerte del dictador Francisco Franco.
Era aquel todavía un país en blanco y negro. Pero las movilizaciones de esa histórica jornada, que este viernes cumplen 50 años, fueron el mayor indicio de que en España “todo tenía que cambiar”, evoca Ángela a Demócrata, entonces una joven militante antifranquista.
Los primeros meses de la Transición convirtieron las calles de todo el Estado preconstitucional en un auténtico polvorín. Fue aquella, la de 1976, una primavera que arrastraba la “galerna de huelgas” de finales del año anterior, y que no podía olvidar los “sucesos de Vitoria”: cinco obreros asesinados por la Policía franquista en una asamblea.
“España en esos momentos es el país como más huelgas de Europa occidental, donde la clase trabajadora estaba impulsando los cambios políticos y sociales”. Lo explica a este medio el doctor en Historia Contemporánea Pablo Alcántara. Por ello, aquel primero de mayo cobró una relevancia sin precedentes en nuestro país desde la etapa republicana.
El 'Día del Trabajo' en dictadura
En mayo de 1976 todavía tendrían que transcurrir algunos meses para que Adolfo Suárez fuera nombrado presidente del Gobierno. Pero en ese momento, el inmovilista Carlos Arias Navarro, el mismo que en noviembre del año anterior los españoles habían visto llorar la muerte del dictador, seguía llevando las riendas del país y no estaba dispuesto a pasar por el aro ante ninguna exigencia democrática.
La Ley franquista era tajante. Vía decreto, Franco abolió un Primero de Mayo que el régimen republicano se había encargado de elevar a la categoría de festividad nacional.
“Tendrán la consideración de laborables los días once de febrero, catorce de abril y primero de mayo”. Así se suprimió la festividad obrera, tal y como consta en el Boletín Oficial del Estado (el de la España sublevada, pues el de la zona constitucional tenía por nombre la ‘Gaceta Republicana’) del martes 13 de abril de 1937.
Y sigue así: “Se formulará el calendario oficial, en el que estarán señaladas las festividades del Triunfo, la de la Amistad de los Pueblos Hermanos y la del Trabajo Nacional”. Finalmente, la dictadura resignificó la fecha en consonancia con la declaración del papa Pio XII para dedicarla a San José Obrero, santo patrón de los trabajadores.
“Se dio el salto de una movilización reivindicativa del movimiento obrero a una fiesta de carácter religioso y folclórico organizada por el Sindicato Vertical”, matiza Pablo Alcántara a este medio.
Desde 1956, la Organización Sindical de Educación y Descanso se encargó de organizar en el madrileño Estadio de Chamartín (hoy Santiago Bernabeu) exhibiciones gimnásticas, desfiles, y otras actividades de corte patriótico. Todo presidido por el propio Franco, quedando excluida de la jornada cualquier otra movilización que excediera el carácter oficial del régimen.
Las clandestinas Comisiones Obreras
Pero los años avanzan y la oposición antifranquista va tomando cuerpo. El obrerismo se aglutina esencialmente alrededor de las clandestinas Comisiones Obreras.
Ángela Gutiérrez ejercía en una cadena de confección en Madrid y militaba en el sindicato de Marcelino Camacho, tal y como recuerda a Demócrata. “CCOO era el principal sindicato de la oposición, impulsado sobre todo por el PCE, aunque había militantes de otras tendencias políticas”, remarca Pablo Alcántara por su parte.
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Precisamente, Ángela forma parte de este grupo. Antes de ser detenida el primero de mayo del 76, la Policía franquista ya había arrestado a la que también era militante de la trotskista Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en dos ocasiones. La primera, en su puesto de trabajo. “Di dos palmadas e hice una asamblea”. La segunda, fue el temido comisario Billy el Niño quien la arrestó en la Gran Vía de Madrid mientras paseaba con su pareja, dirigente de un comité universitario. “Le estaban siguiendo a él, pero dio la casualidad de que iba yo”, lamenta.
Pasó por los tétricos calabozos de la Dirección General de Seguridad (DGS), emplazada entonces en el edificio de Correos de la Puerta del Sol. También por la Cárcel de Mujeres de Yeserías y por la prisión de Alcalá de Henares. Todo ello, sumado a un exilio en Asturias, que pudo resolverse tras la muerte de Franco. Solo tenía 23 años.
"Saltos" y pistolas
Su tercera detención se produjo el primero de mayo de 1976. “Pero, ¿cómo se te ha ocurrido estar allí estando fichada?”. Así se lo recriminó un agente de la Brigada Político Social mientras le tomaba declaración en la DGS.
Pese al contexto de represión, los representantes de Comisiones Obreras en el franquista Sindicato Vertical poco a poco fueron perdiendo el miedo a mostrarse ante sus compañeros. Ese primero de mayo, los aparatos de propaganda de los movimientos antifranquistas se encargaron de difundir la noticia. “Normalmente los militantes colocaban los carteles por la noche, para evitar ser vistos”, explica Alcántara. En Casa de Campo, las fuerzas sindicales habían convocado un multitudinario encuentro. “Comisiones Obreras hizo un llamamiento en todo el Estado”, recuerda Ángela. Y así, las calles madrileñas también respondieron.
Los conocidos en la jerga como “saltos” marcaban el compás de las marchas, censuradas bajo el delito de “asociación ilícita”. Se traducían en apresuradas movilizaciones para evitar ser víctimas de la Policía Armada, que actuaba con celeridad a golpe de sirena y porrazo.
“Amnistía y libertad”; “amnistía general, democracia libertad” fueron las consignas de la jornada. Ángela se sumó al “salto” de la calle Goya, esquina con el entonces Palacio de los Deportes, hoy Movistar Arena. “Estábamos unos cuantos por las aceras y saltamos a la calle para interrumpir el tráfico tirando unos panfletos”, cuenta.
Decenas de madrileños saltaron a la marcha por la boca de metro, también desde el Palacio de los Deportes, aunque la acción relámpago fue más breve de lo previsto para Ángela. La zona estaba plagada de ‘grises’ de paisano. Un agente la detuvo a punta de pistola en un portal. “Mi pareja echó a correr… e hizo bien, para que no le detuvieran”, recuerda entre risas. “Ese fue mi día, serían las 12 de la mañana y ya no vi más”.
1 de mayo de 1976, objetivo: presionar a Arias Navarro
La represión de aquella jornada fue brutal, especialmente en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Sevilla. "Conatos de manifestaciones en diversos puntos de España con motivo del 1 de mayo", titulaba el dirio ABC al día siguiente, que hablaba de "más de ciento cincuenta personas detenidas en Madrid", entre ellas Ángela. "Uno de los intentos más importantes de manifestación tuvo lugar en las proximidades del Palacio de Deportes", sigue la noticia.
Según este medio, la Fuerza Pública "procedió a disolver" a los distintos grupos que allí se habían concentrado, integrados por, al menos, 1.000 personas. Leído entre líneas, e interpretando la información a través del cristal de la censura, podemos adivinar con facilidad el caracter represivo de esas actuaciones.
Todo, siempre de acuerdo con la ley franquista: “Cuando la manifestación revista carácter tumultuario, háyase o no autorizado aquella legalmente, bastará un solo toque de atención para que proceda la fuerza pública a disolverla”, rezaba la entonces vigente Ley de Orden Público.
El Partido Comunista de Santiago Carrillo fue especialmente crítico con la ferocidad empleada por la autoridad franquista. Sin embargo, la órbita de los movimientos antifranquistas era consciente de que la jornada se podía traducir en un mecanismo para ejercer presión contra el Gobierno de Arias Navarro, “un avance para acabar con la dictadura”, recalca Pablo Alcántara a Demócrata.
Movilizaciones obreras como la de aquel 1 de mayo de 1976 jugaron un papel fundamental para el desarrollo de los meses venideros. El 1 de julio de ese año, el rey Juan Carlos exigió a Arias Navarro su dimisión al considerarlo un obstáculo para su proyecto democrático. Un abulense tomó su relevo y la Constitución de 1978 finalmente reconoció en su artículo 21 el derecho a la reunión pacífica sin necesidad de autorización previa. El resto es historia.
Dos años antes, en una sucia celda de la DGS, cuyos ventanucos hoy se ven a la luz del día al pasear por la Puerta del Sol, Ángela Gutiérrez tuvo que tranquilizar a un grupo de chicas: “Las tuve que consolar porque no dejaban de llorar”. Otros de sus compañeros, como Rosa Raga ni siquiera pudieron acudir a las manifestaciones. Militante en la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE), en 1976 se hallaba en Valencia, en la “clandestinidad absoluta”, explica muchos años después a Demócrata.
Fueron “años de plomo”, tal y como recuerdan sus víctimas, herederos de una Transición que a muchos decepcionó, enfatiza Ángela, porque no sentó las bases para enjuiciar a sus verdugos. Una Transición que, sin embargo, sí abrió la puerta a un periodo de libertades que devolvió al Primero de Mayo su carácter festivo. Una jornada que los hijos del tardofranquismo siguen reivindicando.