La disminución continuada de la grasa visceral, y no la simple bajada de peso corporal, se relaciona con un mejor desempeño cognitivo, una menor atrofia cerebral y la conservación de regiones cerebrales esenciales a largo plazo. Así lo concluye una investigación de la Universidad Ben-Gurión del Néguev (Israel), realizada en colaboración con especialistas de la Universidad de Harvard, la Universidad de Tulane (EEUU) y la Universidad de Leipzig (Alemania).
Los resultados, difundidos en la revista “Nature Communications”, apuntan a que el vínculo entre la grasa abdominal y el envejecimiento del cerebro estaría condicionado, sobre todo, por el control de la glucosa y la sensibilidad a la insulina. El trabajo siguió a 533 hombres y mujeres de mediana edad avanzada durante un periodo de entre cinco y 16 años.
Durante el seguimiento, se practicaron a los participantes resonancias magnéticas (RM) cerebrales y abdominales, además de la prueba de Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), utilizada para medir el estado cognitivo global. Con anterioridad, todos habían participado en ensayos clínicos dietéticos, controlados, de gran tamaño muestral y de larga duración, con intervenciones de entre 18 y 24 meses.
Los análisis revelan que una menor acumulación de grasa visceral a lo largo del tiempo se vinculó con puntuaciones más elevadas en la prueba MoCA y con una mejor conservación del volumen cerebral total, del volumen de materia gris y de la puntuación de ocupación del hipocampo, un indicador muy sensible del envejecimiento cerebral y de la memoria. Igualmente, se detectó una menor progresión en la dilatación de los ventrículos cerebrales, un marcador bien establecido de atrofia cerebral.
En un subestudio con un grupo reducido de participantes, a quienes se realizaron tres RM cerebrales en un intervalo de cinco años, se observó que niveles persistentemente altos de grasa visceral se asociaban con una pérdida más acusada de volumen cerebral, especialmente en el hipocampo, y con un agrandamiento más rápido de los ventrículos.
Estas relaciones no aparecieron en el caso de la grasa subcutánea, ni superficial ni profunda, ni tampoco en el índice de masa corporal (IMC), lo que refuerza la especificidad biológica de la grasa visceral frente a otros depósitos grasos.
El trabajo también constató que la reducción de la grasa visceral durante una intervención dietética de 18 meses fue un factor que predijo la mejor conservación de la estructura cerebral transcurridos cinco y 10 años, incluso tras ajustar por la pérdida de peso global y por otros parámetros. Así, fue la disminución de la grasa abdominal, y no el adelgazamiento en sí mismo, la que se relacionó con los beneficios cerebrales a largo plazo.
La investigación concluye que el nexo entre la grasa visceral y el deterioro cerebral se explica, principalmente, por el equilibrio glucémico. Los niveles de glucosa en ayunas y de HbA1c fueron los únicos marcadores capaces de anticipar la velocidad de cambio estructural del cerebro con el paso del tiempo, mientras que los parámetros lipídicos sanguíneos y los indicadores inflamatorios no mostraron una asociación comparable.
Estos datos apoyan la idea de que la resistencia a la insulina y la alteración crónica del metabolismo de la glucosa afectan a la perfusión cerebral, dañan la integridad de la barrera hematoencefálica y aceleran la degeneración de la materia gris y del hipocampo.
“El peso por sí solo no es un indicador preciso de los profundos cambios metabólicos que se producen en el organismo. Descubrimos que, incluso cuando la pérdida de peso es moderada, las reducciones sostenidas de la grasa visceral, medidas a lo largo de todo el período, se asocian con la preservación de la estructura cerebral y una menor tasa de atrofia”, ha destacado la primera autora del estudio, Dafna Pachter.