Un equipo internacional encabezado por especialistas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) ha constatado que la suma de consumo de alcohol y una alimentación poco saludable intensifica el daño en el hígado a través del eje intestino-hígado. Según detallan, la ingesta de bebidas alcohólicas junto con una dieta rica en grasas no solo añade riesgos, sino que los multiplica de forma notable.
El estudio preclínico, difundido en la revista “Gut Microbes” y desarrollado en su mayor parte en el Departamento de Inmunología, Oftalmología y Otorrinolaringología de la UCM, ha reunido a 37 investigadores de siete países. El trabajo aporta nuevas pruebas sobre la interacción entre la ingesta de alcohol y los factores metabólicos en la aparición y avance de la enfermedad hepática esteatósica (SLD, por sus siglas en inglés).
Desde la UCM subrayan que esta patología compleja no se limita al hígado, sino que involucra a diversos órganos y sistemas. En los últimos años, se ha reforzado el interés científico en la estrecha conexión entre el intestino —incluida su microbiota— y el hígado, un vínculo conocido como eje intestino-hígado.
Para profundizar en este fenómeno, los investigadores han recurrido a un modelo experimental en ratones denominado DUAL, que combina una dieta de estilo occidental, elevada en grasas, con un 10 por ciento de alcohol añadido al agua de bebida. Este enfoque ha permitido estudiar el efecto conjunto de una alimentación de baja calidad y un consumo moderado de alcohol, una situación muy habitual en la población.
Los hallazgos indican que, cuando el alcohol se asocia a factores de riesgo metabólico —como la obesidad o una dieta rica en grasas saturadas—, no puede clasificarse únicamente como enfermedad hepática por alcohol (ALD, por sus siglas en inglés) ni solo como enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica (MASLD, también por sus siglas en inglés).
Una forma dual más agresiva de enfermedad hepática
Ambos elementos se potencian recíprocamente y originan una forma ‘dual’ de la enfermedad, más agresiva, señalan desde la UCM. En este trabajo también se ha descrito una relación bidireccional: el alcohol incrementa la preferencia por alimentos muy grasos y, al mismo tiempo, este tipo de dieta puede favorecer un mayor deseo de beber alcohol.
La combinación de alcohol y grasas altera el funcionamiento normal del intestino, incrementa la absorción de lípidos y envía grandes cantidades de ácidos grasos al hígado. De manera paralela, el hígado ve reducida su capacidad para metabolizar y eliminar esa grasa, lo que facilita su acumulación. Todo ello deteriora la barrera intestinal, aumenta la inflamación y modifica la microbiota.
Como resultado, se activan mecanismos inflamatorios en el hígado que pueden acelerar la evolución hacia formas más severas de la enfermedad, incluyendo inflamación crónica y fibrosis. En conjunto, el trabajo confirma que la combinación de alcohol y factores metabólicos agrava de forma significativa el daño tanto intestinal como hepático.