La investigadora del CSIC en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC), Ligia Esperanza Díaz, plantea revisar el papel de los insectos comestibles en la alimentación humana por su aportación nutricional en un escenario de cambio climático y fuerte crecimiento demográfico.
“Los insectos pueden aportar proteínas de alta calidad, grasas saludables, vitaminas y minerales y deberíamos reconsiderar seriamente su potencial en el futuro de nuestras dietas, especialmente ante los desafíos ambientales y alimentarios que enfrentamos como especie” ha apuntado Díaz, que ha coordinado un libro de divulgación que explica el valor nutricional de los insectos y su potencial.
Desde el CSIC subrayan que Europa es, probablemente, la región del mundo donde menos presencia tienen los insectos en la mesa. En contraste, en cerca de la mitad de los países del planeta, sobre todo en zonas tropicales, forman parte habitual de la dieta. Se ha identificado una gran diversidad —se han documentado 2.100 especies de insectos comestibles— y se ha comprobado que constituyen una fuente muy interesante de nutrientes.
En 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) difundió un informe en el que ya se ponía de relieve el potencial de los insectos comestibles para reforzar la seguridad alimentaria y reducir el impacto ambiental. Desde entonces, la investigación sobre su cría, uno de los principales desafíos, se ha disparado.
“Una comprensión detallada de todas las etapas de producción primaria junto con la aplicación rigurosa de prácticas de higiene y bioseguridad, resulta esencial para garantizar alimentos seguros y de alta calidad. Esto allanará el camino hacia una adopción más amplia de la entomofagia”, señala Díaz, que confía en que la producción de insectos comestibles llegue a consolidarse como pieza relevante de los sistemas alimentarios del futuro.
Valor nutricional de los insectos comestibles
El CSIC destaca que los insectos comestibles aportan fibras, vitaminas (del grupo B, además de A, D y E) y minerales como calcio, potasio o magnesio. No obstante, su principal interés radica en su contenido proteico. Mientras que en el caso de carnes como pollo, cerdo o vacuno se aprovecha aproximadamente el 50 por ciento de la masa corporal para consumo humano, en los insectos el rendimiento se eleva hasta el 80 por ciento. Su perfil nutricional varía según la especie, la fase de desarrollo, la dieta que reciben y el método de cocinado.
Los artrópodos han formado parte de la alimentación de numerosas culturas a lo largo de la historia y, hoy en día, en algunos países de África Central aportan más del 50 por ciento de las proteínas de la dieta. Entre las especies más consumidas figuran los escarabajos (31% del consumo de insectos), seguidos por las orugas. También son habituales hormigas, avispas y abejas (14%), así como los ortópteros (13%).
Junto a su valor nutricional, estos organismos también sobresalen por sus propiedades funcionales. Diversos estudios han identificado moléculas con actividad antioxidante y antiinflamatoria en ciertas especies, lo que abre nuevas líneas de investigación.
Interés de la industria alimentaria
El atractivo perfil nutricional de los insectos hizo que la industria alimentaria se fijara en ellos hace ya algunos años. Sin embargo, ha sido durante la última década cuando han empezado a introducirse de forma progresiva en las dietas occidentales. Detrás de este avance se encuentran dos factores clave: la búsqueda de productos innovadores y atractivos para el consumidor y la necesidad de encontrar alternativas sostenibles para alimentar a una población mundial que, según las previsiones, alcanzará en 2050 los 9.000 millones de personas.
Además, el sector alimentario los considera una fuente con gran potencial de biopolímeros y, por ello, una posible alternativa a los plásticos derivados del petróleo en el envasado de alimentos. Su interés reside tanto en su origen renovable como en la opción de que puedan ingerirse junto al propio alimento y en su fácil biodegradabilidad.
Un ejemplo es la quitina, un polisacárido presente en el exoesqueleto de los artrópodos. Tras un tratamiento químico, este compuesto se transforma en un material biodegradable, no tóxico y con propiedades antimicrobianas y antioxidantes. Estas cualidades lo convierten en un candidato idóneo para desarrollar recubrimientos comestibles destinados al envasado de alimentos. Otra línea de trabajo son las ceras producidas por insectos, empleadas como recubrimientos hidrofóbicos capaces de proteger frente a la humedad y contribuir a alargar la vida útil de productos frescos.