El verdadero debate sobre el ETS ya no es el carbono, sino la inversión

El director adjunto de T&E España analiza en Demócrata por qué la revisión del mercado europeo de carbono debe servir para impulsar la inversión industrial, la innovación tecnológica y la soberanía energética europea

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Resulta sorprendente que el debate sobre el Régimen Europeo de Comercio de Derechos de Emisión (ETS), cuya revisión estaba prevista para este mes de julio, siga centrándose casi exclusivamente en cuánto cuesta reducir las emisiones de la aviación. Lo verdaderamente importante debería ser cómo utilizamos los recursos que genera el propio ETS durante la próxima década para reducir nuestra dependencia energética, fortalecer la industria europea y acelerar la innovación.

Esta revisión ofrece la oportunidad de dar ese salto cualitativo y dejar de entender el ETS únicamente como un instrumento climático, sino como una herramienta de política industrial, innovación tecnológica y soberanía energética.

En demasiadas ocasiones se ha presentado el ETS como un impuesto. La realidad es bastante más compleja. Desde su creación, el mercado europeo de carbono ha contribuido a introducir una señal económica estable que permite orientar las decisiones de inversión hacia tecnologías más eficientes y menos dependientes de los combustibles fósiles. Ha acelerado la innovación, ha incentivado mejoras operativas y ha comenzado a crear las condiciones necesarias para el desarrollo de nuevos combustibles sostenibles para la aviación.

En un contexto geopolítico cada vez más incierto, esta dimensión adquiere todavía mayor relevancia

Las recientes tensiones internacionales han vuelto a demostrar que la mayor vulnerabilidad del transporte aéreo europeo no proviene del ETS, sino de su enorme dependencia del queroseno fósil importado. Cada crisis energética, cada interrupción en las cadenas de suministro y cada episodio de volatilidad en los mercados internacionales de petróleo acaba trasladándose directamente al precio del combustible fósil y, en consecuencia, al coste del transporte aéreo. De hecho, durante la reciente crisis con Irán, el incremento del precio del combustible añadió alrededor de 29 euros al coste por pasajero en un vuelo intraeuropeo, mientras que el coste asociado al ETS para ese mismo trayecto fue de apenas 7 euros. Los mercados energéticos, más que la política climática, siguen siendo el principal factor de riesgo para la aviación europea.

Reducir esa dependencia no es únicamente una necesidad climática. Es, sobre todo, una cuestión de competitividad económica y de autonomía estratégica.

España parte de una posición privilegiada para liderar esta transformación. Nuestro país dispone de algunos de los mayores recursos renovables de Europa, una creciente capacidad para producir hidrógeno renovable, una industria energética altamente competitiva, grandes infraestructuras aeroportuarias y portuarias y un ecosistema industrial capaz de atraer inversiones en combustibles sostenibles de aviación (SAF) y combustibles sintéticos (e-SAF).

Pero contar con ese potencial no garantiza aprovecharlo.

La revisión del ETS representa una oportunidad para orientar parte de los ingresos generados hacia aquellas inversiones que permitan reducir las emisiones futuras del sector, como acelerar la producción de SAF, desarrollar combustibles renovables de origen no biológico (RFNBO o e-SAF), modernizar infraestructuras aeroportuarias, impulsar la electrificación de operaciones en tierra, reforzar las redes energéticas y apoyar la innovación industrial.

En otras palabras, transformar la recaudación climática en inversión productiva

Este debate sobre el destino de los ingresos cobra aún más relevancia si la revisión amplía el ámbito de aplicación del ETS a los vuelos de salida desde Europa. En ese escenario, los ingresos del sistema en España podrían aumentar desde los 176 millones de euros recaudados en 2024 hasta aproximadamente 1.400 millones de euros anuales en 2030. La cuestión ya no es únicamente cuánto recaudar, sino cómo utilizar estratégicamente esos recursos para acelerar la descarbonización, reforzar la competitividad europea y reducir nuestra dependencia energética.

Éste es probablemente el aspecto menos debatido del ETS y, sin embargo, uno de los más determinantes para su éxito político y económico.

Cuando los ingresos procedentes del carbono revierten sobre el propio proceso de descarbonización, el sistema gana legitimidad social, proporciona certidumbre a los inversores y acelera el desarrollo de tecnologías que todavía necesitan escalar para competir plenamente en el mercado. El ETS deja entonces de percibirse únicamente como un mecanismo recaudatorio y pasa a convertirse en un instrumento de transformación económica.

Precisamente por ello, la discusión sobre la revisión del sistema no debería centrarse exclusivamente en el alcance geográfico de las emisiones cubiertas. Europa dispone hoy de distintas opciones para desarrollar el ETS preservando la competitividad de sus aerolíneas y reduciendo posibles distorsiones competitivas. El objetivo no debe ser escoger entre ambición climática y competitividad, sino diseñar un marco regulatorio inteligente que permita avanzar en ambas direcciones al mismo tiempo. Un ETS bien diseñado permite aplicar una señal de precio al carbono allí donde resulta más eficaz y, al mismo tiempo, reinvertir esos recursos en tecnologías estratégicas que reduzcan las emisiones futuras y refuercen la competitividad del sector.

La política climática europea ha demostrado en numerosas ocasiones que las soluciones reales no son las más ideológicas, sino las más pragmáticas. Aquellas capaces de enviar señales claras al mercado, ofrecer estabilidad regulatoria y movilizar inversión privada.

En España tenemos mucho que ganar si abordamos esta discusión desde esa perspectiva

Nuestro país aspira legítimamente a convertirse en uno de los grandes polos europeos de producción de combustibles sostenibles para la aviación. Esa ambición exige algo más que objetivos regulatorios. Requiere financiación, previsibilidad e instrumentos capaces de reducir el riesgo de las inversiones necesarias durante la próxima década.

El ETS puede proporcionar precisamente ese enlace entre regulación e inversión.

La transición energética europea no se completará únicamente estableciendo objetivos más ambiciosos. Se completará utilizando de manera inteligente los recursos económicos que ya genera el propio proceso de descarbonización. Si la próxima revisión del ETS consigue reforzar esa lógica de reinversión, Europa habrá dado un paso importante no solo para reducir emisiones, sino también para fortalecer su industria, mejorar su seguridad energética y consolidar su liderazgo tecnológico.

Porque el verdadero debate sobre el ETS ya no es el carbono, sino la inversión. Y pocas oportunidades existen tan relevantes para demostrar que la política climática puede convertirse también en una política industrial de primer nivel, capaz de construir la economía más competitiva, resiliente y soberana que Europa necesitará mañana.