La frontera donde Europa perdió la brújula

Ceuta no ha sufrido una simple crisis migratoria. Ha sido una prueba de estrés geopolítica. Y quien verdaderamente ha suspendido el examen no ha sido España, sino Europa.

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El Tarajal en la ciudad autónoma de Ceuta Juan Carlos Lucas/ZUMA Press Wir / DPA
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Hay acontecimientos que cambian la historia y otros que simplemente la ponen al descubierto. Lo ocurrido en Ceuta pertenece a esta segunda categoría. En apenas cuarenta y ocho horas, cerca de 70.000 personas cruzaron la frontera de Ceuta, al menos 100 murieron en el intento y la inmensa mayoría regresó después a Marruecos. Mientras tanto, varios gobiernos europeos reclamaban controles, Schengen volvía al centro del debate y y se pedía una reunión urgente de ministros del Interior.

Durante cuarenta y ocho horas no se derrumbó únicamente una frontera; se desplomó una forma de entender la política internacional. Miles de personas atravesando una de las fronteras más vigiladas de Europa, una ciudad completamente desbordada y una Unión Europea incapaz de reaccionar con una sola voz. Más que una crisis migratoria, Ceuta ha sido un espejo. Y lo que Europa ha visto reflejado en él no resulta precisamente tranquilizador.

Naturalmente, detrás de esas imágenes hay un drama humano que nadie debería ignorar. Miles de jóvenes marroquíes arriesgan la vida porque buscan un futuro que no encuentran en su país. Esa realidad existe y sería indecente negarla. Pero una cosa es comprender las causas profundas de la inmigración y otra muy distinta cerrar los ojos ante la utilización política de esos flujos.

Creer que decenas de miles de personas pueden concentrarse y atravesar en pocas horas una de las fronteras terrestres más protegidas de la Unión Europea sin que las autoridades marroquíes lo supieran exige una fe casi religiosa en las casualidades. Marruecos podrá tener muchas carencias, pero no destaca precisamente por la debilidad de sus servicios de seguridad. Si cincuenta mil jóvenes decidieran marchar hacia la Plaza Mechouar, frente al Palacio Real, seguro que la manifestación no llegaría ni al primer semáforo. Probablemente tampoco el primer manifestante.

Lógica de apaciguamiento

No hacen falta teorías conspirativas ni imaginar oscuras manos extranjeras. Basta con observar los hechos. Marruecos lleva años practicando una política exterior coherente, paciente y extraordinariamente eficaz. Defiende con firmeza sus intereses nacionales: el Sáhara, su influencia en África, su posición privilegiada ante Washington, sus excelentes relaciones con Israel y su papel imprescindible para Europa en el control de los flujos migratorios. Eso es exactamente lo que hacen los Estados que saben lo que quieren. El problema no es Marruecos. El problema empieza cuando sus vecinos dejan de defender con la misma claridad sus propios intereses. Y ahí aparece España.

Sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre el actual Gobierno, aunque mucha parece tener. La política española hacia Marruecos lleva demasiado tiempo instalada en una lógica de apaciguamiento. La esperanza ha sido siempre la misma: una concesión más comprará unos meses de tranquilidad. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. En política internacional, las concesiones unilaterales rara vez producen gratitud; con demasiada frecuencia producen nuevas exigencias.

"El problema no es Marruecos. El problema empieza cuando sus vecinos dejan de defender con la misma claridad sus propios intereses"

Hubo un tiempo en que España transmitía otra imagen. La crisis del islote de Perejil no resolvió nuestros problemas con Marruecos, pero sí dejó un mensaje inequívoco: había líneas que no podían cruzarse sin consecuencias. Aquella firmeza otorgó credibilidad a la diplomacia española. Hoy esa capacidad de disuasión parece haberse ido diluyendo hasta el punto de que el vecino interpreta demasiadas veces la prudencia como debilidad.

El mejor ejemplo fue el giro sobre el Sáhara Occidental. No entro aquí en el fondo del debate, perfectamente legítimo. El verdadero problema fue la forma. Durante casi medio siglo, la posición española había constituido una política de Estado. De pronto cambió mediante una carta conocida antes en Rabat que en el Congreso de los Diputados, sin consenso político, sin un debate nacional y sin una explicación, no suficiente, inexistente. En política exterior las formas también son fondo. Y aquella forma proyectó una imagen inquietante: improvisación, secretismo y cesión.

Quienes defendieron aquel cambio sostuvieron que abriría una etapa de estabilidad en las relaciones con Marruecos. La realidad parece desmentir esa esperanza. La diplomacia no consiste únicamente en evitar conflictos; consiste también en impedir que el otro crea que puede provocarlos sin pagar ningún precio. Theodore Roosevelt resumió esa idea con una frase inmortal: “Habla con suavidad y lleva un gran garrote”. España ha perfeccionado una versión inédita de aquella máxima: habla con enorme suavidad... y hace tiempo que olvidó dónde dejó el garrote. Pero, siendo importante y necesaria la autocrítica, el verdadero protagonista de esta historia no es Madrid…es Bruselas.

Porque lo realmente inquietante no es que Marruecos haga política de poder. Todos los Estados la hacen. Lo verdaderamente alarmante es comprobar que la Unión Europea parece haberse escandalizado más por las consecuencias que por la causa; más por el Estado que sufrió la presión que por quien, presuntamente, permitió que esa presión se produjera.

“La diplomacia no consiste únicamente en evitar conflictos; consiste también en impedir que el otro crea que puede provocarlos sin pagar ningún precio”

Y ahí empieza el auténtico problema europeo. La reacción europea debería estudiarse algún día en las escuelas de diplomacia como ejemplo de cómo una unión política puede equivocarse de adversario.

Donde Europa perdió la brújula

Es comprensible que muchas capitales europeas contemplen con inquietud cualquier episodio de inmigración o, incluso, regularización masiva. Italia, Francia, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Polonia, Hungría o Suecia conocen bien el coste político de una frontera descontrolada. Saben que cada crisis migratoria alimenta el discurso de los populismos y fortalece a una extrema derecha que convierte cada desembarco en un argumento electoral. Ese temor existe y sería ingenuo ignorarlo. Pero comprender ese miedo no significa justificar cualquier reacción.

Porque una cosa es exigir a España una gestión eficaz de sus fronteras y otra muy distinta convertirla en la principal responsable de una crisis que difícilmente habría alcanzado semejante magnitud sin, al menos, la pasividad de las autoridades marroquíes.

Y ahí es donde Europa perdió la brújula. En lugar de cerrar filas con uno de sus Estados miembros mientras se esclarecían los hechos, varios gobiernos reaccionaron levantando sus propias barreras, endureciendo controles y señalando a Madrid como si el problema residiera exclusivamente al otro lado de los Pirineos. Fue la política del "sálvese quien pueda" disfrazada de responsabilidad europea.

No deja de resultar paradójico. La Unión nació precisamente para sustituir la lógica del "cada uno por su cuenta" por la de la solidaridad. Sin embargo, cuando una frontera exterior sufrió la mayor presión migratoria de su historia reciente, demasiados socios europeos actuaron como vecinos que, al ver arder la casa contigua, corren a regar únicamente su propio jardín.

La diferencia de trato con Bielorrusia resulta, además, difícil de explicar. Cuando el régimen de Lukashenko empujó miles de inmigrantes hacia Polonia y Lituania, Bruselas habló inmediatamente de "guerra híbrida". Hubo solidaridad política, financiación extraordinaria, respaldo diplomático y sanciones. Se entendió que instrumentalizar seres humanos para presionar a la Unión constituía un ataque político. En Ceuta, en cambio, el vocabulario cambió de manera sorprendente. Las condenas a Rabat fueron tímidas, las muestras de solidaridad llegaron con cuentagotas y la iniciativa política consistió, en buena medida, en reclamar explicaciones a España.

Los principios europeos parecen tener una geografía caprichosa. Si la presión llega desde el Este, hablamos de agresión híbrida. Si llega desde el Sur, el primer interrogatorio se dirige al Estado que la sufre. Europa terminó acusando antes al violado que al violador y ese puede ser el verdadero precedente peligroso.

Porque las fronteras exteriores de la Unión no pertenecen únicamente al Estado donde están situadas. Ceuta no protege sólo a España, protege Schengen, la libre circulación y la credibilidad del proyecto europeo. Si un Estado miembro percibe que, en lugar de solidaridad, encontrará sospechas y reproches, el mensaje para cualquier actor exterior es demoledor: Europa duda incluso cuando uno de los suyos está bajo presión.

No es la primera vez que ocurre. Desde hace años, la Unión habla de autonomía estratégica, de soberanía europea y de la necesidad de convertirse en un actor geopolítico. El problema es que, cuando llega la hora de actuar, ese lenguaje solemne suele diluirse entre comunicados, videoconferencias ministeriales y equilibrios diplomáticos. Europa ha sustituido la cultura del poder por la cultura del procedimiento.

Mientras Washington, Pekín, Moscú, Ankara o Rabat piensan en términos de influencia, capacidad de presión y defensa de intereses nacionales, Bruselas y sus capitales parecen convencidas de que los reglamentos pueden reemplazar a la estrategia. Produce normas con admirable eficacia, pero la geopolítica no se gana publicando directivas ni convocando reuniones de urgencia. Se gana siendo creíble. Y la credibilidad exige algo más que buenas intenciones: exige capacidad de disuasión y reacción.

No se trata de romper con Marruecos. Sería un error monumental. Marruecos seguirá siendo un vecino imprescindible y un socio necesario en inmigración, terrorismo, comercio, energía y estabilidad regional. Precisamente por eso la relación debe asentarse sobre un principio básico de cualquier asociación entre iguales: el respeto mutuo. Y el respeto también consiste en dejar claro que utilizar la inmigración como instrumento de presión política tiene consecuencias.

La Unión Europea dispone de instrumentos comerciales, financieros, políticos y diplomáticos suficientes para hacerlo. Es el primer socio económico de Marruecos, su principal mercado y uno de sus mayores inversores. La cuestión no es si Europa tiene capacidad de influencia. La tiene. La verdadera pregunta es si conserva la voluntad política de utilizarla cuando están en juego sus intereses estratégicos.

“La cuestión no es si Europa tiene capacidad de influencia. La tiene. La verdadera pregunta es si conserva la voluntad política de utilizarla cuando están en juego sus intereses estratégicos”

Ése es el debate que Ceuta ha puesto sobre la mesa. Porque el Estrecho de Gibraltar no es únicamente una frontera entre España y Marruecos. Es uno de los espacios geopolíticos más sensibles del planeta, donde convergen rutas comerciales, seguridad marítima, energía, inmigración, crimen organizado y la creciente competición por la influencia en el Mediterráneo y África. Quien crea que allí sólo se discute una política migratoria ha entendido muy poco de lo que está ocurriendo.

Las grandes potencias rara vez desaparecen por una derrota espectacular. Empiezan a declinar cuando dejan de comprender el mundo en el que viven. Cuando confunden la prudencia con la resignación, el diálogo con el apaciguamiento y la cooperación con la dependencia.

Ceuta exige algo más que solidaridad retórica. Exige una respuesta que restablezca la credibilidad de Europa. Marruecos debe comprender que utilizar la inmigración como instrumento de presión política tiene un precio. No por afán de castigo, sino por una razón mucho más simple: porque las fronteras de una potencia no son negociables. Europa dispone de medios e instrumentos de influencia para demostrarlo. Lo único que parece faltarle es voluntad. Porque las potencias no se reconocen por el tamaño de su economía ni por la belleza de sus declaraciones. Se reconocen porque saben decir "hasta aquí"… y porque, cuando lo dicen, nadie se atreve a comprobar si hablan en serio.