Generación Europa, la juventud que escribe Bruselas: “Es el espacio donde aportar ideas innovadoras”

Becarios, asistentes parlamentarios, consultores y jóvenes profesionales de toda la Unión Europea desembarcan cada año en la capital europea para abrirse paso en el corazón político comunitario, convencidos de que “la clave es dejar de ver Europa como algo lejano y empezar a verla como un espacio donde influir y aportar ideas nuevas”. En el día de Europa, Demócrata analiza su día a día

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Ilustración Demócrata

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Lejos de los grandes titulares y de las exclusivas de portada, la Unión Europea se construye día a día en despachos poco glamurosos, en edificios de cristal donde la entrada de luz natural se celebra casi como si fuera festivo nacional. Bruselas se convierte a diario en un epicentro legislativo que congrega a ciudadanos de los Veintisiete dedicados al arte del soft power. O, dicho en otros términos, a convertir un café en una partida de póker donde las enmiendas funcionan como fichas de juego.

Se estima que el cuerpo de funcionarios de las instituciones comunitarias supera las setenta mil personas en el conjunto de toda la maquinaria europea. De ellos, aproximadamente cuarenta mil trabajan físicamente en la capital belga. Entre la fauna de la conocida como “burbuja europea”, un grupo en concreto se concentra jueves tras jueves en uno de sus hábitats naturales: la Plaza Luxemburgo. Becarios, asistentes parlamentarios, consultores, periodistas y jóvenes funcionarios se reúnen a las puertas del Parlamento Europeo mientras, entre cerveza y cerveza, intercambian tarjetas de visita y conversaciones sobre reglamentos, directivas y negociaciones de última hora.

La escena, repetida casi como un ritual, refleja una realidad poco conocida fuera de Bruselas: la Unión Europea se sostiene también gracias a una generación de jóvenes profesionales que aterriza cada año en la capital comunitaria con la intención de participar, aunque sea desde una pequeña parcela, en la construcción del proyecto europeo.

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Lo cierto es que cada vez que las instituciones —Comisión, Consejo y Parlamento— abren convocatorias para acceder a sus programas de prácticas, se reciben decenas de miles de solicitudes. Sin ir más lejos, estadísticamente es más difícil entrar como becario en la Comisión Europea que ser admitido en la Universidad de Harvard. El ciclo de vida de muchos jóvenes dentro de la “burbuja” suele durar entre dos y cinco años: llegan a Bruselas para realizar un stage, continúan con contratos temporales y, finalmente, saltan hacia otro destino profesional dentro o fuera del ecosistema comunitario.

Como afirmó en Demócrata el exembajador en la REPER, Carlos M. Ortiz Bru, “Bruselas no enamora, crea hábito”.

Una generación que aprende Europa desde dentro

Dentro de esta “comunidad flotante” de jóvenes procedentes de todos los Estados miembros trabaja Patricia. Llegó a Bruselas hace ahora tres años gracias a una de las codiciadas becas de formación del Parlamento Europeo y hoy forma parte de la Unidad Audiovisual de la institución.

“Antes de llegar no entendía realmente cómo funciona la Unión Europea. Escuchamos muchas noticias, vemos a Von der Leyen haciendo declaraciones en televisión, pero no comprendemos exactamente qué es todo esto”, reflexiona en los días previos a la celebración del Día de Europa, café en mano, como marca el ritual bruselense. “Lo que aprendí desde el principio es que la Unión Europea está metida en todo el ajo”, ironiza.

Desde cuestiones energéticas hasta normas digitales, pasando por el precio del roaming, las políticas medioambientales o los derechos laborales, Patricia asegura que trabajar dentro de las instituciones le permitió comprender hasta qué punto Bruselas condiciona la vida cotidiana de los europeos. Gracias a formar parte del proyecto comunitario, por ejemplo, Patricia no necesita un visado para residir y trabajar en Bélgica. “Es un concepto que deberíamos proteger. La Unión Europea trabaja cada día para hacer nuestra vida más fácil”, explica.

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A su juicio, uno de los grandes éxitos del proyecto europeo es haber conseguido que veintisiete países, distintos en tradiciones, sensibilidades, ideologías e intereses, se sienten en una misma mesa para negociar decisiones que afectan a cientos de millones de ciudadanos.

Cuando a un ciudadano se le pregunta por el valor de la Unión Europea, normalmente piensa rápidamente en el programa Erasmus o en la libertad de movimiento dentro del espacio Schengen. Sin embargo, Patricia pone el foco en cuestiones mucho más tangibles: un cargador único para todos los dispositivos electrónicos, la posibilidad de trabajar en cualquier Estado miembro o incluso disponer de documentos homologados en todo el territorio comunitario. Su receta para implicar más a la juventud en el proyecto europeo pasa, simplemente, por “intentar informarnos un poco más”. “Hay que ver qué se está debatiendo y qué se está negociando para poder formar parte de la conversación europea”, sostiene.

Recuerda, además, que existen herramientas de participación ciudadana poco conocidas, como la Iniciativa Ciudadana Europea, mediante la cual un millón de firmas puede solicitar a la Comisión que legisle sobre una cuestión concreta. Aunque, como reconoce entre risas y en voz baja, “eso no significa necesariamente que vaya a ser vinculante”, una de las frases más repetidas en los alrededores de la rotonda Schuman.

“Hay muchísimas oportunidades para formar parte del entramado comunitario, tanto en Bruselas como en Luxemburgo, a través de programas de prácticas como las becas Schuman o la Blue Book”, añade mientras recuerda el momento en que cruzó por primera vez las puertas de las instituciones europeas. “Son lugares donde entras y tienes la sensación de que ahí está pasando algo importante”. “Es bueno probar. Quién sabe si luego te va a gustar y te vas a acabar quedando, como me pasó a mí”, concluye antes de despedirse.

El otro poder de Bruselas: consultoras y ‘lobbies’

Bruselas es la segunda ciudad con más lobbies del mundo, solo por detrás de Washington D.C. Buena parte del núcleo joven de la burbuja europea da sus primeros pasos profesionales entre la estación de Midi y el aeropuerto de Zaventem trabajando en consultoras de asuntos públicos que intentan influir en legislación climática, tecnológica, energética o industrial.

La imagen desmonta parcialmente uno de los clichés habituales sobre las instituciones comunitarias: la “burbuja europea” no está formada únicamente por funcionarios. Empresas, ONG, regiones, asociaciones sectoriales y organizaciones juveniles compiten también por hacerse escuchar dentro del ecosistema comunitario.

En una terraza de la Plaza Luxemburgo, a escasos metros del edificio de la Eurocámara, Max reivindica precisamente ese papel. Trabaja en el sector de los asuntos públicos y defiende que este tipo de actividad sirve como puente entre las instituciones y la sociedad civil.

“Tengo la oportunidad de desarrollar mi trabajo cada mañana representando a distintas empresas y organizaciones. Eso sirve para abrir un diálogo social muy importante entre las instituciones europeas y la sociedad civil”, explica.

A su juicio, el funcionamiento de Bruselas obliga constantemente a negociar, consensuar y escuchar perspectivas distintas. “Aquí nadie puede construir nada solo. Todo requiere alianzas”, resume.

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Juventud paneuropea y participación política

El caso de Max tiene, además, una particularidad. Es uno de los impulsores de la plataforma juvenil paneuropea Youth Agenda, nacida hace apenas unos meses con el objetivo de trasladar las preocupaciones de la juventud europea a los grandes expedientes legislativos comunitarios.

La iniciativa trabaja a través de grupos especializados en diferentes áreas —clima, digitalización, vivienda o empleo juvenil— y pretende acercar el lenguaje institucional europeo a las nuevas generaciones.

Uno de sus objetivos personales es que los más jóvenes de la “casa”, entendiendo como casa Bruselas, participen en las múltiples asociaciones juveniles que existen en la capital comunitaria. “O incluso que creen las suyas propias”, bromea. “Europa da la oportunidad y el derecho de construir este tipo de herramientas, así que hay que aprovecharlo”, añade.

La idea conecta con una tendencia cada vez más presente en Bruselas: la voluntad de acercar las instituciones a una generación que, pese a haber crecido dentro de la Unión Europea, muchas veces sigue percibiéndola como una estructura distante y excesivamente técnica. No es casualidad que conceptos como “participación ciudadana”, “transparencia” o “democracia europea” formen parte habitual del vocabulario comunitario. En los pasillos institucionales existe conciencia de que el futuro del proyecto europeo dependerá, en buena medida, de la capacidad de conectar con las nuevas generaciones.

Europa desde las regiones

Dando voz a más de 140 regiones de 24 Estados distintos, tanto dentro como fuera de la Unión Europea, trabaja María. La Conferencia de Regiones Periféricas Marítimas representa los intereses de cerca de doscientos millones de ciudadanos y actúa como interlocutora ante las instituciones comunitarias.

“Siento que estoy en un entorno donde se toman decisiones que acabarán impactando en millones de personas”, explica durante la hora de la comida en el Parque del Cincuentenario, a pocos metros de las sedes de la Comisión Europea y el Consejo Europeo.

Reconoce que el ritmo de trabajo “a veces es muy intenso”, pero considera que merece la pena. “Vemos cómo el trabajo diario, tanto en los despachos como coordinando acciones y proyectos, puede acabar contribuyendo a mejorar el continente”, sostiene.

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Desde su equipo trabaja en políticas vinculadas a la innovación, la sostenibilidad y la adaptación climática, una de las grandes prioridades legislativas de Bruselas durante los últimos años. “Tanto Bruselas como todo lo que representa el proyecto europeo impulsan espacios donde la juventud puede implicarse cada vez más”, señala.

Y no se refiere únicamente al plano laboral. Mira más allá: conferencias, consultas públicas, organizaciones juveniles, debates ciudadanos o programas de participación política. “La clave es dejar de ver Europa como algo lejano y empezar a verla como un espacio donde influir y aportar ideas nuevas”, concluye.

La generación que quiere decidir el futuro europeo

Entre cafés rápidos antes de una reunión, acreditaciones colgadas al cuello y conversaciones improvisadas en los pasillos del Parlamento, Bruselas se ha convertido en el hogar temporal de toda una generación europea. Una generación que habla varios idiomas, que cambia constantemente de país y que entiende la identidad europea no como un concepto abstracto, sino como una experiencia cotidiana.

Puede que muchas veces la “burbuja” viva desconectada de la realidad exterior y atrapada en sus propios códigos. Sin embargo, detrás de esa maquinaria burocrática existe también una juventud convencida de que Europa sigue siendo uno de los pocos espacios políticos capaces de responder colectivamente a desafíos globales como el cambio climático, la inteligencia artificial, las migraciones o la seguridad energética.

Porque, lejos de los focos y de los discursos solemnes, la historia de Europa también se escribe cada día en Bruselas a través de miles de jóvenes que han decidido convertir la integración europea en algo más que un concepto político: en un proyecto de vida compartido.