Préstamo a Ucrania (II): del “milagro contable” al endeudamiento explícito

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, analiza en Demócrata la arquitectura del préstamo de noventa mil millones para Kiev que los europeos desbloquearon tras la derrota electoral del primer ministro húngaro Viktor Orbán

7 minutos

El presidente del Consejo, Antonio Costa, junto al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en una conferncia sobre la reconstrucción de Ucrania. SIERAKOWSKI FREDERIC // EUROPEAN COUNCIL
Añadir DEMÓCRATA en Google

Publicado

7 minutos

La Unión Europea tiene un talento especial para convertir problemas geopolíticos en ejercicios de ingeniería financiera creativa. Durante meses, el llamado “préstamo de reparación” para Ucrania fue el ejemplo perfecto: un mecanismo que permitía, al menos en teoría, financiar el apoyo a Kiev utilizando los activos rusos congelados… sin utilizarlos realmente. Confiscar sin confiscar, pagar sin pagar, tocar sin tocar. Un prodigio conceptual.

Hoy, ese prodigio ha sido discretamente abandonado.

El Consejo ha aprobado recientemente un préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania, financiado mediante endeudamiento en los mercados y respaldado por el margen presupuestario de la Unión, articulado a través de cooperación reforzada entre 24 Estados miembros. Es decir: deuda real, riesgo real y, en última instancia, contribuyentes reales.

Europa, en un giro casi revolucionario, ha decidido pagar. No porque haya perdido su afición por las soluciones elegantes, sino porque la realidad -jurídica, financiera y geopolítica- ha demostrado tener una preocupante tendencia a imponerse sobre la imaginación regulatoria.

De la magia contable a la cruda realidad

Conviene aclarar un punto que en el debate público ha sido tratado con una delicadeza cercana a la ambigüedad: este préstamo no se financia con activos rusos.

El capital -más de 300.000 millones de euros del Banco Central de Rusia- sigue congelado. Intocable. Lo único que se utiliza son sus beneficios extraordinarios. Y aquí viene el matiz importante: esos beneficios no financian el préstamo, sino que apenas sirven para cubrir parte de sus costes financieros. Una diferencia jurídicamente fundamental… y presupuestariamente bastante decepcionante.

La gran idea inicial -utilizar esos activos como garantía de un préstamo masivo- ha sido abandonada por lo que podríamos llamar exceso de realidad: riesgos legales considerables, oposición del Banco Central Europeo, resistencia de varios Estados miembros y, en general, la incómoda constatación de que el derecho internacional no suele aplaudir las innovaciones demasiado creativas en materia de propiedad soberana.

Así que Europa ha optado por una solución más clásica: endeudarse. Eso sí, manteniendo un elemento de optimismo digno de mención. El préstamo, según el acuerdo, será reembolsado mediante reparaciones rusas.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen Wiktor Dabkowski / Zuma Press / Europa Press / Con -

La idea es impecable. Tan impecable como improbable. Porque las reparaciones requieren o bien un acuerdo de paz o bien una decisión internacional ejecutable, ninguno de los cuales parece inminente. En la práctica, esto equivale a financiar hoy con deuda europea esperando que, en algún momento del futuro, alguien más pague la factura.

No es tanto un mecanismo financiero como un ejercicio de fe razonablemente estructurado.

Pagar en el peor momento: economía bajo presión y ambiciones en expansión

El giro hacia el endeudamiento podría considerarse una victoria del realismo… si no fuera porque llega en el peor momento posible.

La guerra en Irán -o, para mantener la terminología diplomática, la “inestabilidad regional”- introduce exactamente el tipo de shock que la economía europea menos necesita: energía más cara, inflación persistente y crecimiento debilitado. Europa vuelve a enfrentarse a su viejo problema estructural: alta dependencia energética combinada con bajo margen fiscal.

El encarecimiento del petróleo y del gas no es solo un dato macroeconómico; es un multiplicador de tensiones. Afecta a la competitividad industrial, presiona los presupuestos públicos y erosiona el poder adquisitivo de los hogares. Traducido al lenguaje político: menos crecimiento, más déficit y ciudadanos considerablemente menos pacientes.

En este contexto, los 90.000 millones dejan de ser una cifra abstracta para convertirse en parte de una ecuación mucho más incómoda. Porque el problema no es el préstamo en sí. El problema es todo lo demás.

Europa se enfrenta simultáneamente a tres imperativos estructurales: sostener a Ucrania a largo plazo, aumentar significativamente el gasto en defensa y modernizar su economía para no quedarse atrás frente a Estados Unidos y China. Todo ello en un entorno económico cada vez más exigente.

La cuestión no es si el préstamo debía concederse. Probablemente no había alternativa. La cuestión es que, al hacerlo, Europa ha cruzado un umbral: ya no puede fingir que todas sus ambiciones son compatibles sin fricciones.

Porque en un contexto de bajo crecimiento, energía cara y presión fiscal creciente, la política económica deja de ser una lista de objetivos deseables y se convierte, inevitablemente, en una lista de prioridades. Y, por extensión, de renuncias.

Si el apoyo a Ucrania y la seguridad europea son prioridades reales -y todo indica que lo son-, otras agendas deberán ralentizarse. No por falta de convicción, sino por simple aritmética.

Europa puede ser muchas cosas. Pero no puede serlo todo al mismo tiempo y al mismo coste político.

Cooperación reforzada: la solución eficaz y necesaria que deja huella

El mecanismo utilizado para aprobar el préstamo -la cooperación reforzada entre 24 Estados miembros- es, en sí mismo, una señal política de gran alcance. Era, sin duda, la única vía viable. La alternativa era el bloqueo. Y en política exterior, el bloqueo no es una posición neutral: es, sencillamente, irrelevancia con procedimiento.

Siempre he defendido que la cooperación reforzada es una herramienta necesaria para hacer avanzar a la Unión en un mundo que no espera a que Europa resuelva sus debates internos. Permite actuar en un contexto multipolar, es pragmática, funcional y cada vez más imprescindible en una Unión ampliada y heterogénea. Pero conviene no engañarse: no es neutra. Normaliza una lógica en la que Europa avanza sin todos, y eso, cuando se repite, deja huella.

El canciller alemán, Friedrich Merz, en una imagen de archivo. Michael Kappeler/dpa -

Europa ha descubierto que puede funcionar en formato reducido. Es un avance indiscutible. Pero también introduce una dinámica nueva: una integración menos homogénea, más flexible… y, si no se gestiona bien, más fragmentada. La geometría variable funciona de maravilla como excepción; cuando empieza a convertirse en norma, adquiere memoria política. Y esa memoria no siempre juega a favor de la cohesión.

No hay aquí una contradicción, sino una tensión estructural. La misma herramienta que permite actuar hoy puede, acumulada en el tiempo, alterar la naturaleza del proyecto europeo mañana. La cooperación reforzada no fragmenta Europa por sí sola; lo que la fragmenta es su uso sin reglas claras, sin una narrativa común y sin un reparto equilibrado de riesgos. Bien diseñada, puede ser justo lo contrario: la forma de avanzar en una Unión demasiado amplia para moverse al mismo ritmo sin quedar paralizada.

Porque la alternativa a una Europa a varias velocidades no es una Europa perfectamente unida. Es una Europa inmóvil. Y, en el contexto actual, eso no es unidad: es irrelevancia.

La factura interna: entre la necesidad estratégica y la fatiga política

Hasta ahora, el apoyo a Ucrania ha sido políticamente sostenible en gran parte porque su coste era difuso. Eso empieza a cambiar.

La combinación de deuda conjunta, aumento del gasto en defensa y presión económica externa traslada progresivamente el coste al terreno donde realmente importa: los presupuestos nacionales y la vida cotidiana de los ciudadanos.

Y ahí la narrativa se vuelve más compleja.

Decir que apoyar a Ucrania es una inversión en seguridad europea es correcto. Decir que esa inversión coincide con menor margen fiscal, tensiones presupuestarias y posibles ajustes internos es… menos popular.

El riesgo no es una reacción inmediata, sino algo más gradual y, por ello, más peligroso: la fatiga. Fatiga económica, fatiga política, fatiga estratégica.

Ese es el entorno ideal para discursos simples que cuestionan el coste del compromiso europeo. No necesitan ser sofisticados. Basta con que conecten con una percepción creciente de presión económica.

A nivel político, esto se traducirá en tensiones más visibles entre Estados miembros -especialmente en torno a la deuda común-, mayor presión sobre gobiernos nacionales y un incremento de la fragmentación política interna.

Europa seguirá funcionando. Pero con más fricción, menos margen de error y una necesidad creciente de explicar decisiones que hasta ahora se presentaban como técnicamente inevitables.

Conclusión: había que hacerlo, pero sin ilusiones

El préstamo de 90.000 millones no es elegante. No es innovador. No es jurídicamente brillante. Pero es necesario y, sobre todo, es más honesto que las alternativas anteriores. Reconoce una realidad básica que durante demasiado tiempo se ha intentado esquivar: la geopolítica cuesta dinero.

Europa ha hecho lo correcto al apoyar a Ucrania. Lo que no puede hacer -al menos no indefinidamente- es fingir que ese apoyo no tiene costes, que terceros acabarán asumiéndolos o que todas sus ambiciones pueden avanzar simultáneamente sin tensiones.

Había que hacerlo. Pero había que hacerlo diciendo la verdad: que Europa probablemente pagará,
que tendrá que priorizar, y que el coste será tangible.

Ahora tendrá que explicar y convencer a una ciudadanía cansada y preocupada por su futuro, sostener un esfuerzo sin plazo cerrado y, sobre todo, pagar. Porque la gran lección de todo este episodio es bastante simple, aunque Bruselas haya tardado años en asumirla: la geopolítica no se financia con metáforas y silencios. Porque la diferencia entre la contabilidad creativa y la geopolítica es simple: la primera permite aplazar la realidad, la segunda siempre acaba presentando la factura con costes y sacrificios.

Y esos costes y sacrificios no son gratuitos ni abstractos: recaen sobre ciudadanos concretos, que no solo los van a soportar, sino que tienen el derecho a conocerlos y a asumirlos libremente.Porque, en democracia, no basta con repartir la factura: también hay que enseñar el precio antes de cobrarla.