El 60% de la población tiende a sentirse más decaída, con menor vitalidad y con mayores cambios de humor en jornadas de lluvia persistente, especialmente cuando se encadenan durante varios días como ha ocurrido recientemente. Esta situación provoca que muchas personas noten un empeoramiento de su estado de ánimo y se sientan cansadas y desmotivadas sin un motivo claro. Según ha señalado Clara Anaya, psicóloga del Hospital Quirónsalud Córdoba, este efecto tiene una explicación científica vinculada a la reducción de la luz solar y a cómo esta influye en el organismo.
Tal y como ha indicado el centro hospitalario en una comunicación, Anaya ha detallado que en los días cubiertos la exposición a la luz natural disminuye, y esta está directamente relacionada con la producción de serotonina, un neurotransmisor esencial en la regulación del estado de ánimo. “Cuando la serotonina aumenta nos sentimos relajados, en un estado de completa satisfacción y bienestar, y cuando disminuye nos sentimos tristes, percibimos cambios en el apetito y en la capacidad para concentrarnos”.
Asimismo, ha apuntado que la escasez de luz favorece un incremento en la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, lo que se traduce en más somnolencia, sensación de falta de energía y, de forma directa, mayor irritabilidad y apatía al afrontar la jornada “con la sensación de tener las pilas descargadas”.
Otro elemento clave en la regulación emocional es el contacto social, que refuerza la autoestima. Los días lluviosos suelen hacer que la gente salga menos de casa, reduciendo así las interacciones cara a cara y las actividades agradables y al aire libre.
Este aislamiento prolongado puede intensificar la sensación de soledad y propiciar conductas poco saludables, como el sedentarismo y un mayor consumo de productos procesados y azucarados. Tal y como explica la psicóloga, comer en exceso, sobre todo alimentos ricos en azúcares y grasas, proporciona un bienestar inmediato, pero a medio y largo plazo puede derivar en culpa y vergüenza, lo que empeora aún más el estado de ánimo.
De igual modo, “cuando dejamos de hacer actividades que nos gustan, como dar un paseo, hacer ejercicio o salir con amigos, nuestro cerebro recibe menos estímulos positivos, lo que puede llevar a la apatía y desesperanza. Se alteran nuestros planes y esto afecta a nuestra percepción de productividad y genera frustración”.
Más allá de los mecanismos biológicos, Clara Anaya ha subrayado que los días de lluvia también condicionan cómo nos sentimos por factores psicológicos y culturales. Para muchas personas, la lluvia se vincula a recuerdos de nostalgia, soledad o melancolía. Además, si en el pasado ya se ha experimentado tristeza en jornadas lluviosas, el cerebro tiende a reforzar esa asociación y a reproducir el mismo estado emocional cuando se repiten esas condiciones.
Para mitigar el impacto de los días grises, la especialista recomienda adoptar ciertas estrategias que, aunque no permiten modificar el clima, sí ayudan a reducir su efecto sobre el ánimo. Entre ellas, aprovechar al máximo la luz natural disponible y los momentos de tregua entre borrascas, así como mantenerse en movimiento mediante la práctica de ejercicio físico, incluso en el propio domicilio, lo que contribuye a liberar endorfinas y a mejorar la sensación de bienestar.
Igualmente, subraya la importancia de mantener la vida social: pasar tiempo con familiares o amigos, incluso a través de videollamadas, puede aliviar la sensación de aislamiento y favorecer un mejor estado anímico. También recomienda dedicar tiempo a actividades agradables como cocinar, practicar alguna afición, leer o ver una película, ya que ayudan a mantener la mente ocupada y a evitar la apatía, siempre acompañadas de una alimentación equilibrada “que nos mantenga con energía”.