El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca está reconfigurando el tablero global con una agenda proteccionista que busca avivar tensiones comerciales y exigir lealtades económicas claras. No es un cambio improvisado, ya lo anunció en campaña.
En este marco, España parece inclinarse por un acercamiento cada vez más estrecho con China, una estrategia que, aunque podría traer beneficios económicos a corto plazo, corre el riesgo de aislar al país de su histórico aliado estadounidense y exponerlo a riesgos significativos en el largo plazo.
Figuras como Zapatero o Borrell han desempeñado un papel clave en la construcción de puentes hacia Pekín. Y de Pekín, a Venezuela, como saben, hay un paso. Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha demostrado operar “por libre” o, más precisamente, al dictado de Moncloa y bajo la influencia de las estrategias del expresidente.
Este viraje hacia China no solo contrasta con el enfoque prudente de otros países, sino que también parece desalinearse de las prioridades estratégicas de Occidente, lo que podría traer repercusiones no deseadas.
