Si algo caracteriza a Europa, además de su fascinante arquitectura y su legendaria capacidad de aplazar decisiones importantes, es su inclinación por el pánico existencial. La reelección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha desatado precisamente eso: una crisis de identidad en el viejo continente.
Desde Berlín hasta Bruselas, pasando por París, los líderes europeos parecen tambalearse como si Trump fuera una tormenta perfecta que ellos no vieron venir. Aunque, seamos justos, con la calidad de los pronósticos basados en redacciones woke de Nueva York y San Francisco, era inevitable subestimar al magnate empresarial convertido en el ídolo de MAGA.
El resultado fue un error de cálculo calamitoso: Trump no solo ganó, sino que arrasó. Los números no dejan lugar a dudas y, para más humillación, lo hizo en territorios inexplorados para los republicanos en décadas.
La llegada de Trump también ha provocado un curioso fenómeno: la beatificación póstuma de Joe Biden
La histeria europea es, francamente, excesiva. Desde artículos alarmistas hasta reuniones extraordinarias en Bruselas, la pregunta parece ser: ¿qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos con un presidente que promete ser más Trump que nunca? No es que Trump haya cambiado tanto; Estados Unidos, con él o sin él, siempre ha sido Estados Unidos: pragmático, unilateral y, a menudo, indiferente hacia las sensibilidades europeas. El problema radica en que Europa, en su complejo de adolescente, sigue esperando validación del otro lado del Atlántico.
La llegada de Trump también ha provocado un curioso fenómeno: la beatificación póstuma de Joe Biden. De repente, el longevo presidente, cuyas políticas climáticas encontraron respaldo en Europa, ha sido canonizado como el santo patrón del multilateralismo.
¿La ironía? Bajo Biden, las grandes tecnológicas que ahora nos preocupan crecieron y consolidaron su influencia. Empresas como Meta, X (Twitter) y Amazon se fortalecieron con una política estadounidense laxa hacia la competencia y la desinformación, mientras Europa se entretenía redactando directivas interminables que nadie en Silicon Valley leyó.
