Donald Trump alcanzó el simbólico umbral de los cien días en su segundo mandato al cierre de abril, y si alguien esperaba una versión más moderada en este período, es probable que ya haya dejado de aguardarla. En lugar de la contención, ha llegado la aceleración; en vez del consenso, la imposición. Cien días después de su regreso a la Casa Blanca, Trump no solo gobierna, sino que despliega su propia versión de lo que significa gobernar: más rápido, más alto y, sobre todo, más solo.
El primer gran acto de esta nueva etapa ha sido económico. Trump ha impuesto los aranceles más altos en más de un siglo, convencido de que un poco de dolor inmediato en las carteras americanas es un precio razonable para resucitar la industria nacional. Wall Street no ha compartido su entusiasmo, y los consumidores, enfrentados a precios más altos, tampoco parecen particularmente edificados. Pero el presidente mantiene la fe: «sacrificios ahora, prosperidad mañana», como si la economía se rigiera por una ley moral más que por un sistema de incentivos.
En política exterior, el guión también ha sido reescrito, o más exactamente, simplificado. Estados Unidos se repliega aún más sobre sí mismo, mientras el Departamento de Estado se vacía de programas que tacha de incómodos, como los de derechos humanos o promoción democrática.
