Mientras las sanciones de la Unión Europea contra las gigantes tecnológicas estadounidenses alcanzan casi 30.000 millones de euros, el continente parece estar atrapado en una paradoja: aunque castiga a estas empresas por abusos de poder, sigue siendo su terreno ideal para operar sin restricciones reales.
Con una estructura regulatoria que va un paso por detrás de la innovación y un déficit crónico en inversión tecnológica, Europa se ha convertido, para las Big Tech, en algo parecido al «lejano oeste»: un vasto espacio con leyes difusas y oportunidades ilimitadas para los más fuertes.
