Cada 9 de mayo la Unión Europea se felicita a sí misma. Con moderación, eso sí, no vayamos a exagerar. Nada de celebraciones desbordantes, ni entusiasmo fuera de lugar. Algún acto institucional, un par de discursos cuidadosamente redactados y la sensación general de que, bueno, sí, algo habrá que decir porque toca. Es el cumpleaños de un proyecto que ha conseguido algo bastante improbable: que un grupo de países con una larga tradición de conflictos decidieran, en algún momento, que cooperar era mejor idea que enfrentarse.
Todo empezó en 1950, cuando Robert Schuman tuvo la ocurrencia -casi ofensivamente sensata- de compartir recursos estratégicos para hacer la guerra menos viable. Y funcionó. No era especialmente épico, pero sí tremendamente práctico. Y, para incomodidad de los escépticos de entonces, funcionó. Y siguió funcionando. Durante décadas, además.
La Union Europea, en ese sentido, es un invento incómodamente exitoso. Tan exitoso que se ha vuelto invisible. Ha normalizado cosas que, vistas con un mínimo de perspectiva histórica, son extraordinarias. Paz prolongada entre potencias que no se tenían precisamente cariño, integración económica, libertad de movimiento, estándares comunes, derechos compartidos.
Cosas que, vistas con perspectiva histórica, son casi milagrosas, pero que hoy asumimos con la misma emoción que una factura bien pagada. Está bien, sí, pero tampoco vamos a celebrarlo. Quizá porque cuando algo funciona durante demasiado tiempo deja de percibirse como logro y pasa a considerarse paisaje. Vaya, como el agua corriente o la electricidad: nadie las celebra hasta que fallan.
“Es el cumpleaños de un proyecto que ha conseguido algo bastante improbable: que un grupo de países decidieran que cooperar era mejor que enfrentarse”
Y, sin embargo, conviene recordar que ese “paisaje” europeo no era en absoluto inevitable. No era el resultado natural de la historia, sino una decisión política bastante audaz para su época. La alternativa no era otra versión más imperfecta de la Unión, sino algo bastante menos cómodo: rivalidad permanente, desconfianza estructural y una capacidad limitada para afrontar problemas comunes. Pero como eso ya no forma parte de la experiencia cotidiana, el punto de partida se olvida con facilidad.
Europa gusta, pero no enamora
Y ahí está el pequeño problema. Europa funciona. Pero eso, al parecer, ya no es suficiente.
Se suele decir que la Union tiene un problema emocional. Que no enamora, que no genera apego, que no despierta ese tipo de adhesión casi irracional que sí provocan las naciones. Y puede que sea cierto. El problema es que nunca lo hizo. Europa nunca fue un proyecto sentimental. No hay una lengua común, ni una historia compartida en el sentido clásico, ni símbolos capaces de acelerar el pulso más allá de círculos bastante convencidos. La bandera está bien, el himno es correcto, pero nadie reorganiza su agenda para celebrarlos.
Y, aun así, durante mucho tiempo, funcionó perfectamente sin todo eso.
Funcionó sin emoción, pero con aceptación. Porque era útil. Porque aportaba estabilidad, crecimiento, apertura. Porque ofrecía resultados. No hacía falta quererla especialmente; bastaba con que funcionara razonablemente bien. Europa no necesitaba ser amada, le bastaba con ser eficaz. Y durante bastante tiempo, lo fue.
Noticia destacada
Dolors Montserrat (EPP): "Queremos que Europa produzca medicamentos y que las cadenas sean resilientes"
10 minutos
“El problema actual no es que Europa no emocione, es que empieza a no convencer”
El apoyo sigue ahí, pero ha cambiado de naturaleza. Es más condicional, más pragmático, menos automático. Se apoya mientras cumple expectativas. Mientras protege. Mientras no complica demasiado las cosas. Es un apoyo que se parece más a un contrato que a una convicción. Y los contratos, como todo el mundo saben, se renegocian cuando una de las partes empieza a dudar.
No es que los ciudadanos hayan descubierto de repente que la Union Europea es imperfecta. Siempre lo fue. La diferencia es que ahora se percibe más claramente que sus decisiones tienen impacto directo y que el margen de control sobre esas decisiones no siempre es evidente. Esa combinación -impacto alto de decisiones relevantes y control difuso- no suele generar entusiasmo.
Ahora bien, asumir este realismo no debería llevarnos al extremo contrario. Que Europa nunca haya sido un proyecto emocional no significa que pueda permitirse ignorar por completo esa dimensión. Puede que no haya -ni vaya a haber- un patriotismo europeo en sentido clásico, pero sí parece razonable aspirar a algo más modesto y, a la vez, más necesario: un mínimo de conexión, de identificación, de implicación. No para sustituir a lo nacional, sino para sostener lo común.

Porque si la adhesión se reduce exclusivamente a un cálculo coste-beneficio, el proyecto se vuelve inevitablemente frágil. Y la fragilidad, en política, rara vez es una buena estrategia a largo plazo.
El negocio del euroescepticismo
Y ahí es donde la cosa se complica.
Cuando algo deja de convencer, siempre aparece alguien dispuesto a explicarte por qué. Y en ese terreno, los euroescépticos juegan con ventaja. No porque la Union haya dejado de hacer cosas ni porque ellos tengan necesariamente mejores soluciones, sino porque tienen mensajes más simples. Y en el mundo actual, la simplicidad tiene un valor estratégico difícil de ignorar.
Su discurso cabe en tres frases, todas ellas perfectamente diseñadas para ser recordadas: Europa decide por ti, Europa te quita control, Europa no te protege. No importa demasiado que la realidad sea bastante más compleja. La simplicidad gana siempre.
Noticia destacada
Bruselas se compromete con Washington a cerrar el acuerdo arancelario antes de julio bajo la amenaza de Trump
5 minutos
La crítica ya no es solo que Europa sea lejana. Es que parece poco controlable. Y eso cambia la naturaleza del problema.
Durante años, la Unión pudo permitirse funcionar como una maquinaria técnica relativamente discreta. Decisiones complejas, negociaciones largas, equilibrios delicados. No generaba entusiasmo, pero tampoco demasiado rechazo. Era, por decirlo suavemente, eficaz y aburrida. Una combinación que en política no suele ser un problema… hasta que lo es.
Porque ahora se le exige lo mismo que a cualquier gobierno: eficacia, cercanía y responsabilidad clara. Saber quién decide, por qué y con qué consecuencias. Y ahí empiezan las fricciones.
Muchas decisiones europeas -o al menos así se perciben- aparecen mediadas por un entramado difícil de descifrar: instituciones, Estados, burocracias, intereses económicos, grupos de presión. Todo bastante sofisticado. Y bastante opaco para el ciudadano medio, que no siempre distingue entre quién propone, quién decide y quién ejecuta. Explicarlo con precisión llevaría tiempo. Criticarlo, no tanto.
Así que el relato se simplifica. Y funciona. No porque sea completamente exacto, sino porque conecta con una sensación bastante extendida.
“La crítica ya no es solo que Europa sea lejana. Es que parece poco controlable”
En ese contexto, prometer “recuperar control” se convierte en una herramienta política extraordinariamente rentable. No importa demasiado que ese control sea, en la práctica, más reducido de lo que se sugiere en un mundo interdependiente. La promesa funciona porque responde a una inquietud real.
Y mientras tanto, Europa sigue a lo suyo: funcionando. El problema es que eso ya no basta.
La lenta desaparición de Europa si nadie lo evita
El riesgo, conviene decirlo sin dramatismos innecesarios, pero con cierta claridad, no es que Europa desaparezca de golpe. No habrá un momento épico en el que alguien anuncie el final del proyecto común. Sería demasiado evidente. Y Europa, en esto también, tiende a hacer las cosas con discreción.
El verdadero peligro es más sofisticado: una erosión progresiva. Menos ambición, más bloqueos, decisiones cada vez más condicionadas por intereses nacionales a corto plazo. Una Unión que sigue existiendo, pero que pierde capacidad de actuar con eficacia y de proyectar influencia. En otras palabras, una Europa cada vez más irrelevante.
Y esto ocurre en un momento particularmente inoportuno, por decirlo con cierta suavidad. Porque el contexto ha cambiado y no precisamente a mejor. El mundo se está volviendo más competitivo, más fragmentado y menos predecible. Se habla cada vez más de un orden multipolar en el que las grandes potencias compiten abiertamente, el vínculo transatlántico muestra signos de desgaste intermitente y las guerras más cercanas de lo que nos gustaría admitir vuelven a tener consecuencias muy concretas en energía, economía y seguridad. No es exactamente el mejor escenario para ensayar debilidades ni el entorno ideal para experimentar con la irrelevancia.
Noticia destacada
Radiografía del lobby español en Bruselas: más de 12 millones para influir en las grandes decisiones europeas
6 minutos
Y, sin embargo, el debate público parece avanzar en la dirección contraria. Más énfasis en recuperar control nacional, más sospecha hacia lo común, más tentación de reducir el ámbito europeo. Propuestas comprensibles, incluso atractivas a corto plazo hasta que uno se detiene a pensar qué implican realmente en un contexto global donde los márgenes de actuación individuales son cada vez más limitados y donde los problemas no respetan fronteras.
En ese escenario, la cooperación europea deja de ser una opción elegante para convertirse en una necesidad bastante básica: ningún país europeo, por sí solo, tiene la capacidad de influir de manera significativa en el tablero global. Juntos, quizá. Separados, difícilmente.
La paradoja es bastante evidente: se promete más capacidad de decisión justo en el momento en que, sin cooperación, hay menos capacidad real para decidir.

Lo curioso es que, incluso en este contexto, la Unión sigue funcionando mejor de lo que parece. Coordina políticas energéticas, moviliza recursos financieros, articula respuestas comunes, negocia en bloque. Pero lo hace con esa mezcla tan suya de eficacia técnica y escasa épica, lo que nos devuelve al problema de siempre: lo que no se percibe, no cuenta.
Europa, por su parte, sigue confiando en que sus resultados hablen por sí solos. Es una estrategia optimista. Quizá demasiado. Porque los resultados, por buenos que sean, necesitan ser comprendidos y, sobre todo, ser percibidos como propios.
Eso exige algo más que seguir funcionando. Exige ajustes. No especialmente épicos, pero sí relevantes: más claridad en la toma de decisiones, más visibilidad sobre quién hace qué, más implicación de los parlamentos nacionales. más mecanismos que permitan identificar mejor quién decide qué y con qué responsabilidad, más capacidad de control político reconocible. Y, probablemente, revisar políticas que generan rechazo legítimo cuando se perciben como alejadas de la realidad de los ciudadanos.
Pero incluso si todo eso se hace, seguirá faltando algo si se quiere que el proyecto tenga recorrido a largo plazo. Un proyecto político no puede sostenerse indefinidamente solo sobre su utilidad. Necesita, al menos, un mínimo de identificación. Algo que haga que los ciudadanos no solo evalúen la Unión como quien evalúa un servicio, sino que, llegado el caso, estén dispuestos a sostenerla y defenderla cuando las cosas se complican.
Porque la Unión no se construye únicamente desde la necesidad o desde la gestión de crisis. También se sostiene -aunque sea en dosis moderadas- desde la adhesión. Y sin esa dimensión, cualquier avance corre el riesgo de quedarse en lo funcional, pero no en lo político en el sentido más profundo del término.
Al final, la cuestión es bastante simple, aunque no especialmente cómoda: la Unión funcionaba sin necesidad de enamorar. Pero para seguir funcionando, necesita volver a convencer. Y probablemente también dejar de resultar, en demasiados casos, perfectamente prescindible.
“La Unión no se construye desde la necesidad o desde la gestión de crisis. Se sostiene desde la adhesión”
Porque el riesgo no es un colapso repentino. Si Europa se debilita, lo hará como hace casi todo en este continente: poco a poco, con discreción. Menos ambición, más bloqueos, menos capacidad de decisión, más dependencia, menos relevancia, más resignación.
Y un día, sin demasiado ruido, descubriremos que aquello que dábamos por garantizado ya no tiene el mismo peso, ni la misma capacidad, ni el mismo sentido.
Porque, en el fondo, el verdadero riesgo no es que Europa falle de repente, sino que se vaya volviendo irrelevante mientras sigue funcionando lo justo como para que nadie sienta la urgencia de arreglarla. Y esa es, precisamente, la forma más eficaz de perderla sin darse cuenta.
Y entonces, probablemente, habrá más ganas de celebrar el 9 de mayo. Pero llegará, como suele ocurrir, un poco tarde.