Nuevos biomarcadores permiten anticipar con mayor precisión las reacciones alérgicas a alimentos, según una revisión científica

Una revisión identifica biomarcadores clave en alergia a alimentos vegetales y acerca una medicina de precisión para predecir riesgo y gravedad.

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Una revisión publicada en la revista “Clinical Reviews in Allergy & Immunology”, elaborada con el respaldo de la Red de Enfermedades Inflamatorias (RICORS-REI), ha identificado una serie de biomarcadores novedosos que pueden cambiar de forma profunda el manejo clínico de las alergias a alimentos de origen vegetal. Este avance abre la puerta a un modelo de medicina más personalizada y de precisión, con el objetivo de optimizar tanto la prevención como el abordaje terapéutico de estas reacciones alérgicas.

El trabajo, titulado “Medicina de precisión en la alergia a alimentos vegetales: una revisión sistemática de biomarcadores bajo un enfoque clínico”, se ha desarrollado también con el apoyo y dentro del marco investigador de la Sociedad Española de Alergia e Inmunología Clínica (SEAIC).

La revisión, encabezada por la doctora María José Goikoetxea, de la Clínica Universidad de Navarra, y cuyos coautores principales son la doctora Maria Luisa Somoza y el doctor Emilio Núñez Borque, se centra en el papel clave de los biomarcadores —señales y sustancias cuantificables en el organismo— para orientar el diagnóstico, clasificar el riesgo de los pacientes y definir las estrategias terapéuticas más adecuadas.

“Esta revisión sistemática era necesaria porque el campo de la alergia a alimentos vegetales ha crecido de forma muy heterogénea, estudiando múltiples biomarcadores en contextos distintos, pero sin una integración clara orientada a la práctica clínica”, ha explicado Núñez, investigador postdoctoral Sara Borrell en el Grupo de Investigación “Inmunidad Tipo 2 y Enfermedades Alérgicas”.

“Aunque contamos con múltiples pruebas diagnósticas, ninguna ofrece por sí sola un criterio definitivo ni funciona igual en todas las poblaciones. Ordenar las herramientas disponibles, identificar nuevos biomarcadores y detectar lagunas de conocimiento era clave”, ha explicado Goikoetxea.

Nuevos biomarcadores y papel de la microbiota

En este escenario, los biomarcadores vinculados a la microbiota —los microorganismos que viven en simbiosis con el ser humano— están cobrando protagonismo en la alergia alimentaria, según detalla Goikoetxea. La revisión respalda el uso de la secuenciación de la microbiota oral e intestinal para detectar la sensibilización (el proceso inicial en el que el sistema inmune identifica un alérgeno aparentemente inocuo como una amenaza y genera anticuerpos frente a él) y sugiere que también podría servir para estimar el umbral a partir del cual se desencadena una reacción, si bien en este último campo la evidencia disponible aún es limitada.

El trabajo subraya igualmente la relevancia del test de activación de basófilos (BAT). Los basófilos, un tipo concreto de glóbulos blancos, pueden reflejar alteraciones inmunológicas mediante su activación. Según la revisión, el BAT no solo permitiría anticipar si un paciente será capaz de tolerar un alimento, sino también calcular con mayor exactitud el umbral de reacción y la posible intensidad del episodio alérgico.

Para elaborar esta revisión, el equipo examinó 71 estudios clínicos de alta calidad publicados entre 2019 y 2024. Núñez indica que la mayoría de los biomarcadores evaluados siguen siendo los “clásicos”, es decir, aquellos que sustentan la práctica clínica habitual en alergología, como la inmunoglobulina E específica (IgE específica) o las pruebas cutáneas.

“Sin embargo, hay un 22,5 por ciento de estudios que se centran en nuevos biomarcadores, aún en fase de validación, lo que refleja que el campo está empezando a explorar enfoques más innovadores”, explica Núñez.

Entre estos biomarcadores emergentes, el investigador destaca el estudio de las propiedades y modificaciones que experimentan las células de los pacientes, ya sea mediante la detección de la expresión de proteínas concretas (por ejemplo, marcadores de activación) o a través del recuento de diferentes subpoblaciones celulares (como cambios en el número de linfocitos). “Aunque todavía no están plenamente incorporados a la clínica, estos enfoques emergentes tienen un alto potencial”, señala.

No obstante, la revisión recuerda que muchas de estas tecnologías continúan en fases iniciales de validación. Su llegada a la práctica asistencial rutinaria se ve condicionada por obstáculos logísticos y económicos, como la necesidad de equipamiento avanzado y de personal con alta cualificación técnica.

Gravedad, tolerancia y lagunas en la investigación

Para organizar la evidencia disponible, los autores agruparon los estudios en cinco bloques principales: sensibilización, tolerancia, gravedad, umbral clínico y seguimiento terapéutico. El análisis muestra una tendencia clara: la mayor parte de los trabajos se concentra en gravedad (25 estudios) y tolerancia (23), apoyándose sobre todo en biomarcadores clásicos ya consolidados. En cambio, áreas como la determinación del umbral a partir del cual se produce la reacción alérgica o la investigación de los mecanismos iniciales de sensibilización presentan un desarrollo mucho menor.

Esta distribución refleja que la investigación se orienta a las necesidades más urgentes de la práctica diaria; por ejemplo, valorar si un paciente, especialmente en edad pediátrica, puede sufrir una reacción grave incluso con una exposición mínima al alérgeno.

Respecto a los alimentos más analizados, el cacahuete se sitúa como el alérgeno alimentario más estudiado a nivel internacional, seguido de los frutos secos y el trigo. En contraste, se observa una menor producción científica centrada en frutas y semillas.

“Este trabajo, además de aportar un marco claro que organiza los biomarcadores según su utilidad clínica real, pone de manifiesto lagunas importantes, especialmente en aspectos como el umbral clínico o la evolución hacia la tolerancia, que son clave para la toma de decisiones médicas”, señala Núñez.

En conjunto, los resultados apuntan hacia un futuro de alergología de precisión, en el que las decisiones clínicas puedan adaptarse a las características biológicas concretas de cada paciente. Sin embargo, el desafío no es únicamente científico: para que estos avances salten del laboratorio a la consulta será imprescindible invertir en recursos, unificar criterios y facilitar el acceso a las nuevas tecnologías diagnósticas.