El boom global de los centros de datos está en un punto crítico. La atracción de proyectos es una oportunidad. Inversión, empleo cualificado, posicionamiento tecnológico… Mas no todo son ventajas. Emergen tensiones crecientes relacionadas con la energía requerida o el coste medioambiental que suponen los CPDs. La coyuntura es tal que, según un estudio de Sightline Climate, citado por la agencia Bloomberg, la mitad de los centros de datos previstos para 2026 no se concretarán. ¿Qué está pasando? ¿Están los centros de datos, y en consecuencia la Inteligencia Artificial, en riesgo?
España se ha erguido como una de las localizaciones más privilegiadas por ser un nodo de conectividad internacional, un mix energético orientado a las renovables, disponibilidad de suelo y un entorno regulatorio favorable a la digitalización. Esta ensalada de condiciones ha hecho de Madrid, Barcelona y Zaragoza auténticos hubs. Sin embargo, el crecimiento acelerado plantea debates.
Cuestión de agua
A nadie se le escapa que los centros de datos consumen agua. A mayor crecimiento de los mismos, mayor estrés hídrico. Los centros de datos requieren sistemas de refrigeración intensivos para evitar el sobrecalentamiento de los servidores. En un país marcado por ciclos de sequía cada vez más severos, la idea de infraestructuras tecnológicas compitiendo por el agua con usos agrícolas o urbanos puede generar rechazo social en determinados territorios.
Así las cosas, los proyectos habrán de posicionarse como respetuosos con el medioambiente y asegurar un retorno económico local.
No obstante, ese eje de discusión ha ido perdiendo centralidad. La evolución tecnológica ha introducido mejoras significativas en eficiencia, con sistemas de refrigeración en circuito cerrado, soluciones híbridas y diseños más avanzados que reducen el consumo de agua. Sin desaparecer del todo, el problema se ha mitigado hasta el punto de que muchos expertos consideran que ya no es la principal arista a resolver. El foco se ha desplazado hacia la energía, tal y como explicamos en Demócrata.
El cuello de botella de los puntos de conexión
Puede haber suelo disponible y recursos hídrico ilimitados que, sin un punto de conexión a la red eléctrica, un centro de datos no podrá operar, por muy innovador que sea.
Los puntos de conexión son los nudos físicos (y administrativos) que permiten a una instalación conectarse a la red de transporte o de distribución y recibir la potencia eléctrica requiere de forma continua y segura. Estos puntos de conexión son un recurso limitado. Cada subestación tiene una capacidad máxima y, en muchas zonas del país, buena parte de esa capacidad ya está comprometida por proyectos industriales, energéticos o por otros centros de datos. Obtener un punto de conexión no es automático: requiere autorización administrativa, inversiones en refuerzo de red y plazos que pueden prolongarse durante varios años.
El Gobierno ha intentado introducir mecanismos correctores, como la imposición de cánones por reserva de capacidad para evitar que proyectos especulativos bloqueen acceso a la red sin ejecutarse. La lógica es clara: quien no materialice su inversión pierde el derecho a esa potencia comprometida. Pero la medida también refleja hasta qué punto la infraestructura eléctrica se ha convertido en el verdadero campo de batalla.
Este desafío no es exclusivo de España. En Estados Unidos, el crecimiento desbocado de los centros de datos —impulsado por gigantes tecnológicos— ha empezado a generar tensiones similares. Algunos proyectos han sido retrasados o directamente cancelados ante la imposibilidad de garantizar suministro energético suficiente en los plazos requeridos. El riesgo es evidente: si no hay capacidad para alimentar estas infraestructuras, el desarrollo de la inteligencia artificial podría encontrar un límite físico, no tecnológico.
En EEUU, algunos proyectos han sido retrasados o directamente cancelados
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El Gobierno aprovecha el decreto anticrisis para imponer un canon y nuevas exigencias a los centros de datos
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Energía, la clave de bóveda
La energía es uno de los elementos nucleares y se ha convertido en el foco principal que determina si un proyecto de centro de datos prospera o no. Y no tanto por una cuestión de sostenibilidad —donde el sector, al menos sobre el papel, se alinea con los objetivos de descarbonización— como por una de pura capacidad.
La irrupción de la inteligencia artificial ha cambiado las reglas del juego. Los nuevos modelos, especialmente los ligados al entrenamiento de algoritmos, demandan densidades de potencia muy superiores a las de generaciones anteriores. Esto implica consumos más altos, más constantes y concentrados en puntos específicos de la red.
El resultado es un fenómeno que ya empieza a ser visible: falta potencia. En distintas geografías, incluida España, la capacidad de conexión a la red eléctrica se ha convertido en un recurso escaso.
Así las cosas, la estabilidad de suministro se ha convertido en un factor crítico y polarizante, pues se cuestiona si las energías renovables pueden absorber toda esa demanda. Su generación es variable por naturaleza y depende de factores como el viento o la radiación solar. Si bien estas fuentes pueden cubrir una parte sustancial de la demanda, su integración a gran escala requiere soluciones complementarias, como sistemas de almacenamiento o tecnologías de respaldo. Por ejemplo, en Estados Unidos algunos grandes operadores están explorando fórmulas como los reactores nucleares modulares, aún en distintas fases de desarrollo.
En Europa, el enfoque combina una fuerte apuesta por las energías renovables con un debate abierto sobre el papel de otras tecnologías en el mix energético. En este contexto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha reabierto recientemente la discusión sobre la contribución de la energía nuclear, en un momento en el que la necesidad de garantizar suministro estable convive con los objetivos de descarbonización y con posiciones divergentes entre Estados miembros. Sin ir más lejos, en España varios partidos de la oposición insisten en mantener las centrales nucleares operativas.
Y por si fuera poco: el calor
En paralelo a todo lo antecitado, emerge otro problema menos visible pero igualmente relevante: el calor. Los centros de datos no solo consumen energía; también la transforman en grandes cantidades de calor residual.
Aragón, de hecho, es uno de los ejemplos más preocupantes. Un estudio coordinado por la Universidad de Cambridge ha detectado un aumento anómalo de 2ºC en la temperatura de algunas zonas de la región que concentras centros de datos.
Lo que está en juego va más allá del sector tecnológico. Los centros de datos son la infraestructura crítica sobre la que se construye la economía digital: desde servicios en la nube hasta inteligencia artificial, pasando por aplicaciones cotidianas que dependen de procesamiento remoto.
¿Entonces, qué?
Limitar el desarrollo de los centros de datos no es una opción para el Gobierno de España. Por ello, aprovechó el decreto anticrisis para imponer un canon y nuevas exigencias a los proyectos con el propósito de garantizar su ejecución.
En este nuevo escenario, la “crisis” de los centros de datos no es tanto un colapso como una transición. El sector está entrando en una fase de madurez en la que afloran sus límites estructurales y se barajan soluciones para encarrilar el boom.