La responsabilidad de la izquierda: pasar del naufragio de 7 diputados en las encuestas a 40 escaños en las Cortes

Las encuestas demuestran que España no se ha vuelto de derechas, sino que la izquierda transformadora se está en caída libre. Asumir el arraigo de fuerzas territoriales, desterrar el fetichismo centralista e integrar un acuerdo con el PSOE para el Senado permitiría pasar de disputar 7 escaños residuales a conformar una fuerza de 40 parlamentarios en las Cortes

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Emilia Sánchez-Pantoja, diputada de Más Madrid en la Asamblea de Madrid y expresidenta de Más Democracia
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Hay una idea que se repite en tertulias y despachos que no se ajusta a la realidad: la supuesta derechización de la sociedad española. Los datos dicen otra cosa y se está confundiendo el síntoma con la enfermedad. Dejan una fotografía nítida: En medio de un clima de hostigamiento político y con el desgaste natural de gobernar, el PSOE mantiene su electorado en torno al 27%. La razón por la que la suma del PP y Vox acaricia hoy la mayoría absoluta no es una marea conservadora en la calle, sino que el espacio a la izquierda del PSOE está en caída libre y sin frenos.

Podemos y Sumar, o ‘Frente Amplio’ (por más desacertado que me parezca el nombre), se mueven en un 2,7% y un 5,6% en intención de voto. Si las elecciones generales fueran mañana, su representación se reduciría a unos tristes siete diputados (cinco para la plataforma de Sumar y dos para Podemos), mandando a cientos de miles de votantes progresistas a la abstención por desafección o puro hartazgo.

La razón por la que la suma del PP y Vox acaricia hoy la mayoría absoluta no es una marea conservadora en la calle, sino que el espacio a la izquierda del PSOE está en caída libre y sin frenos

La gente nos está mirando y, sencillamente, no nos entiende. Quienes votan a la izquierda no entienden las peleas de trinchera, no entienden que se hable más de nombres que de problemas reales y no entienden que nos comportemos como si tuviéramos tiempo que perder. No podemos defraudar a la ciudadanía porque lo que está en juego es el futuro del país y la vida cotidiana de millones de personas. Toca estar a la altura del momento, dejar de mirarse el ombligo y escuchar lo que la sociedad espera de sus representantes.

España no es de derechas

Conviene recordar los datos para desarmar el derrotismo que paraliza a nuestro electorado. En casi cincuenta años de democracia las derechas solo han conseguido mayoría absoluta en el Congreso en dos ocasiones de las 16 elecciones generales:

  1. En el año 2000, con José María Aznar en pleno ciclo de bonanza previa al euro.
  2. En noviembre de 2011, cuando Mariano Rajoy se benefició del impacto social de la crisis financiera de 2008.

En las otras catorce convocatorias no alcanzaron la mayoría absoluta. Y las dos únicas veces que lo lograron fue al calor de la situación económica. Con la economía a favor Aznar revalidó con mayoría absoluta y con la economía en contra Zapatero cayó y Rajoy logró una mayoría absoluta.

Hoy el país crece por encima de la media de la Unión Europea y tenemos cifras récord de empleo. La economía está a favor. Por tanto, si la derecha tiene hoy opciones reales de volver al poder, toca asumir la responsabilidad de nuestra descomposición orgánica y la propia incapacidad para coordinarnos y convencer de que somos una alternativa útil.

Pedro Sánchez y el error de repetir 2014

Buena parte de los dirigentes de la izquierda alternativa sigue pensando con las coordenadas de hace doce años. En 2014, un PSOE desconcertado por las políticas de austeridad dejó un vacío inmenso que capitalizó Podemos. Hoy ese escenario no existe.

Pedro Sánchez encabeza un partido cohesionado y ha demostrado tener un liderazgo fuerte y saber ocupar el terreno de su izquierda. Cada vez que este espacio plantea un avance social, el presidente lo hace suyo o lo saca adelante desde el Consejo de Ministros y asume el protagonismo. La izquierda le marca la agenda, pero intentar competir con él viendo quién es «más de izquierdas» ya no funciona; no hay hueco ahí. Insistir en esa vía solo lleva a la marginalidad testimonial del 5% o 6% de los votos, que es el suelo histórico de Izquierda Unida en los 90 cuando el PSOE gobernaba con firmeza.

Si no tiene sentido buscar la diferenciación en la pureza ideológica frente al PSOE, porque ocupa la izquierda y centro-izquierda estatal de cara a los electores ¿dónde está el espacio que los socialistas no cubren? La respuesta está en el territorio.

La fuerza de las organizaciones territoriales

El PSOE tiene una cultura centralista y estatal a la que le cuesta conectar con las sensibilidades de proximidad. Así, si el PSOE se ha comido el espacio a su izquierda, ha dejado un hueco enorme en lo territorial. Y es ahí donde las organizaciones con arraigo propio son imprescindibles.

En sus respectivos territorios, el BNG en Galicia, EH Bildu en Euskadi, Compromís en el País Valenciano o la Chunta Aragonesista en Aragón tienen un respaldo sólido y credibilidad social en crecimiento. Estas formaciones han apoyado la agenda de avances sociales del Gobierno con seriedad, pero sin diluir su identidad ni dejarse absorber por el PSOE. No han compartido gobierno y sus electores las ven como herramientas útiles de sus comunidades. Sus perspectivas en las encuestas son optimistas. Además, han sabido encontrar formas de cooperar exitosas tanto en los apoyos parlamentarios como en la aritmética electoral, donde el ejemplo de Ahora Repúblicas en las elecciones europeas (ERC, Bildu y BNG), mostró que la suma técnica de papeletas permitió maximizar escaños sin que nadie perdiera su voz.

Por su parte Más Madrid se ha consolidado como referente la Comunidad de Madrid alcanzando cerca del 20% en las anteriores elecciones autonómicas y demostrando un arraigo metropolitano que el psoe no alcanzó. Más Madrid y Comuns cuentan con arraigo territorial para liderar sus circunscripciones, aunque estas formaciones no apuntan crecimiento en las encuestas porque podrían acusar el desgaste del gobierno y la cercanía al psoe en la coalición.

Pero a la hora de buscar el acuerdo electoral, debemos aprender del error cometido por Sumar cuando pretendió crear una organización nueva y paralela en cada uno de los territorios en los que contaba ya con un socio de coalición. Esto se llevó por delante el liderazgo de Yolanda Díaz, quien ha sido probablemente la mejor Ministra de Trabajo de la democracia, pero no supo entender que el liderazgo se cosecha ayudando a crecer alrededor y no eliminando o compitiendo con los tuyos.

Cómo se articula la alianza

Si partimos de que el espacio fuerte para disputar electoralmente se encuentra anclado a lo territorial, la responsabilidad de las fuerzas de la izquierda transformadora es encontrar ese encaje territorial que logre utilidad desde el realismo estratégico y que su propuesta sea capaz de explicar a los electores cuál es su contribución a una nueva mayoría progresista.

La responsabilidad de las fuerzas de la izquierda transformadora es encontrar ese encaje territorial que logre utilidad desde el realismo estratégico

Para ello hará falta mucha generosidad y abordar la unidad desde lo funcional. Hay que dejar a un lado la unidad por conveniencia de algún actor o la unidad como fetiche y explicar a la ciudadanía progresista dónde y cómo es útil unirse y donde no.

Claramente, en los territorios donde existe una fuerza a la izquierda con mucho arraigo y buenas perspectivas electorales, el objetivo debería estar claro: apoyar a esa fuerza política para que logre los máximos escaños posibles. Pondré el ejemplo de Compromís, donde tiene un liderazgo incuestionado en el País Valencià y el resto de fuerzas deben ponerse detrás a apoyar. Hay territorios más complicados y aquí nos vale el ejemplo de Galicia o Euskadi, donde el liderazgo es de una fuerza ajena a Sumar y estos no tienen perspectivas de sacar un escaño. En estos territorios, la opción más estratégica quizás sería apoyar las candidaturas del BNG o Bildu desde fuera o, sin apoyar, tomar la decisión de no competir y explorar otros tipos de acuerdos en espacios locales, senado u otras alternativas.

Dejar atrás los enredos y abrir las decisiones

La confección las listas puede descarrilar por dos problemas endémicos: la obsesión con Madrid y las dinámicas oligárquicas de las cúpulas de los partidos.

Se habla mucho en los espacios de la izquierda de plurinacionalidad y federalismo, pero a la hora de la verdad se sigue asumiendo que el cabeza de lista tiene que ir necesariamente por Madrid para ser «el candidato/a a la presidencia». Es un error. En España tenemos una monarquía parlamentaria y votamos diputados en cincuenta provincias, no a un presidente. Y seamos honestos: en este ciclo político, el candidato a presidente del bloque progresista es Pedro Sánchez.

Quien lidere el espacio a su izquierda no va a presidir el Gobierno; su labor es encabezar un grupo parlamentario fuerte que condicione el programa legislativo y empuje medidas sociales con su fuerza el Congreso. En la práctica, en la campaña electoral la persona elegida como referente estatal tiene una función concreta: representarnos en los debates de televisión de la campaña. Y para ir a la televisión no hace falta estar empadronado en Madrid ni montar cambalaches extraños como intercambiar candidaturas entre Madrid y Barcelona. Hoy se puede liderar una campaña estatal con total solvencia desde Valencia, Barcelona, Zaragoza o A Coruña.

Para ordenar esto con sentido común hacen falta dos pasos elementales:

  1. Que no negocien las listas quienes se juegan el puesto: Las mesas de acuerdo no pueden estar integradas por quienes aspiran a su propio escaño. Es humano que el interés personal pese, pero no puede condicionar el destino de todo un espacio político. Debe negociar quien no se juega nada con un mandato claro y legitimado de toda la organización.
  2. Democracia de abajo a arriba: Hay que abrir las decisiones a la gente mediante censos de personas empadronadas para que cada circunscripción decida sus candidatos.

El Congreso y el Senado: una estrategia completa

La arquitectura electoral en congreso y senado son una serie de reglas que hay que conocer para sacar el máximo partido electoral dentro del sistema. En provincias pequeñas del interior (de tres a cinco diputados), conseguir un escaño exige sacar más del 15% o 20% de los votos. Presentar candidaturas testimoniales en Cuenca, Ávila o Zamora solo sirve para tirar papeletas a la basura y regalarle diputados al PP o a Vox. En esos lugares, el sentido común pasa por apoyar a fuerzas territoriales si existen, o llegar a acuerdos con el PSOE para no presentarse y concentrar el voto.

Ahora bien, esa retirada táctica en el Congreso solo tiene sentido si se enlaza con una lista unitaria para el Senado. Con una aritmética estratégica para cada circunscripción, se puede optimizar el resultado y sumar a más fuerzas políticas desde su autonomía.

 

El salto cualitativo puede transformar el resultado y lograr mayoría progresista:

  • Lograr posiciones donde el voto no llega: En una provincia donde la izquierda alternativa no llega al mínimo para sacar un diputado, un acuerdo con el PSOE para el Senado permite que nuestro candidato o candidata sí resulte elegido senador dentro de la lista conjunta de tres nombres.
  • Cambiar la escala de la negociación: En lugar de autodestruirse en disputas burocráticas por siete u ocho escaños precarios en el Congreso, pasemos a negociar una presencia global de entre 30 y 45 parlamentarios en las Cortes Generales. Este encaje permite a fuerzas menos territoriales como Podemos o IU lograr su representación.
  • Control institucional efectivo: Con más de veinte senadores propios, este espacio tendría un importante grupo parlamentario, con portavoz de referencia en la Cámara Alta y la llave para renovar el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial, impidiendo que el PP use el Senado como trinchera de bloqueo y asegurando visibilidad en política territorial.

Actuemos con responsabilidad

La izquierda transformadora, si quiere ser digna de tal calificativo, no puede seguir mirándose el ombligo hacia el descalabro electoral mientras la derecha y la ultraderecha preparan su llegada a La Moncloa. La sociedad progresista nos está mirando con preocupación y tiene razones de sobra para estar desencantada. No podemos fallarle.

Debemos actuar con inteligencia electoral y generosidad política, porque no nos perdonarán que una mayoría sociológica real no se vea representada por la incapacidad de sus dirigentes para encontrar una hoja ruta viable.

La salida existe y está al alcance de la mano: apoyar a las fuerzas vivas en cada territorio, no tirar votos en el Congreso y cerrar con el PSOE una lista conjunta para el Senado. Dejar de pelear por las migajas para pasar a construir una fuerza parlamentaria de cuarenta escaños no es renunciar a nada: es madurez política, responsabilidad institucional y la única manera real de proteger los derechos de la gente común.