Por qué el petróleo de Venezuela no abaratará la gasolina pese al acuerdo de Trump

La recuperación de la producción exige inversiones millonarias y resolver problemas de infraestructura que no pueden solucionarse de inmediato

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Trump afirma que “no descarta” una guerra con Venezuela tras el bloqueo a petroleros
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El acuerdo petrolero impulsado por Donald Trump en Venezuela abre la puerta a una fuerte entrada de capital en una industria que lleva años arrastrando problemas de inversión, mantenimiento e infraestructura. Pero ese movimiento no se traducirá automáticamente en una gasolina más barata. La recuperación de la extracción será gradual y el crudo adicional tardará en alcanzar un volumen suficiente para tener un efecto relevante sobre el mercado internacional.

La propia evolución prevista por las compañías energéticas ilustra la distancia entre el anuncio político y el resultado industrial. Chevron ha anunciado una inversión de 7.000 millones de dólares para duplicar su producción venezolana hasta unos 600.000 barriles diarios en los próximos cinco años. El plan supone un aumento importante para la compañía, pero no una llegada inmediata de grandes cantidades de petróleo nuevo al mercado.

Venezuela produce actualmente alrededor de 1,1-1,2 millones de barriles diarios, según las estimaciones recogidas por Reuters. El país llegó a superar los tres millones de barriles diarios en los años noventa. El Gobierno de Trump sostiene que el nuevo marco permitirá aumentar rápidamente la producción y contribuirá a reducir los precios de los combustibles. Sin embargo, los análisis del sector apuntan a una recuperación bastante más lenta. Rystad Energy calcula que la producción podría crecer aproximadamente un 17% entre el último trimestre de 2025 y el último de 2028, principalmente mediante la recuperación de activos que ya están en funcionamiento. 

Una industria que necesita reconstruirse

El principal problema no es la cantidad de petróleo existente bajo tierra, sino la capacidad para extraerlo y transportarlo de forma sostenida. Wood Mackenzie señala que buena parte de la recuperación reciente se ha producido mediante la reactivación de capacidad parada en la Faja del Orinoco, mientras que numerosos activos de PDVSA y zonas todavía sin adjudicar presentan mayores dificultades para su desarrollo.

La infraestructura es uno de los cuellos de botella. Instalaciones de producción y transporte necesitan inversiones para recuperar capacidad, mientras que el acceso a equipos, servicios especializados y determinados suministros también condiciona el ritmo al que pueden ponerse en marcha nuevos pozos.

La situación jurídica y política añade otra incertidumbre. S&P Global Energy CERA situaba a Venezuela a comienzos de 2026 como la jurisdicción menos atractiva del mundo para la inversión en petróleo y gas entre 112 territorios analizados, debido, entre otros factores, al deterioro de la infraestructura, la falta de seguridad contractual y la debilidad de la compañía petrolera estatal.

El nuevo marco intenta precisamente cambiar esas condiciones y atraer a grandes compañías internacionales. El 2 de septiembre se firmaron acuerdos con Chevron, Eni y otras empresas para ampliar la actividad energética, mientras General Electric participará en proyectos destinados a modernizar la red eléctrica venezolana.

El precio de la gasolina depende de mucho más que Venezuela

Hay además una segunda razón para no esperar una bajada inmediata en los surtidores: el precio del petróleo no depende exclusivamente de cuánto produzca un país. La evolución de la demanda mundial, las decisiones de la OPEP+, las reservas disponibles y los riesgos geopolíticos pueden tener un impacto mucho mayor en cada momento.

El contexto actual lo demuestra. La producción venezolana puede aumentar mientras otros acontecimientos presionan simultáneamente al crudo al alza. La tensión entre Estados Unidos e Irán y las dificultades de circulación por el estrecho de Ormuz han introducido una perturbación en el mercado energético que puede absorber durante un tiempo buena parte del efecto de cualquier incremento venezolano.

Además, el crudo venezolano es especialmente pesado y requiere instalaciones de refinado adecuadas. Por eso, un aumento de la extracción no equivale a una cantidad idéntica de gasolina adicional disponible para los consumidores: primero debe producirse, transportarse, procesarse y entrar en los mercados donde exista capacidad para utilizarlo.

El propio diseño del acuerdo estadounidense contempla un horizonte largo. La Casa Blanca ha anunciado derechos de explotación durante 100 años sobre 17 campos con reservas probadas de unos 65.000 millones de barriles y presenta el proyecto como una forma de ampliar la oferta energética estadounidense. 

Para el consumidor, por tanto, la clave no está en el tamaño de las reservas venezolanas, sino en cuánto crudo adicional llegará realmente al mercado y cuándo. Las primeras inversiones pueden aumentar la producción existente, pero convertir el potencial petrolero del país en una fuente capaz de modificar de forma sostenida los precios internacionales requiere un proceso industrial de varios años.