La Comisión Europea estudia una vía rápida para construir infraestructuras sobre el antiguo blindaje de los hábitats salvajes

El Ejecutivo comunitario pretende redefinir el concepto de daño deliberado y flexibiliza la Red Natura 2000 para evitar que las evaluaciones ambientales paralicen proyectos estratégicos y energéticos

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La Comisión Europea no desiste en su empeño de simplificar aquellas regulaciones que se desplegaron en los últimos años y que ahora, a juicio de parte del Ejecutivo comunitario y de numerosos sectores industriales, podrían estar lastrando la competitividad y el crecimiento económico del continente. En este nuevo contexto político, marcado por el giro hacia la “simplificación regulatoria” y la búsqueda de una mayor autonomía estratégica, la agenda verde ya no ocupa el mismo espacio central que tuvo durante el anterior mandato comunitario. Así quedó patente cuando Bruselas presentó en diciembre su paquete ómnibus medioambiental, una iniciativa destinada a flexibilizar parte de la legislación ecológica europea y cuyo alcance comienza ahora a concretarse con mayor claridad.

En este marco, la Comisión Europea abrió este martes el proceso de consulta pública relativo a las directivas vinculadas con la protección de las aves y los hábitats salvajes, dos de las normas históricas que sustentan la política comunitaria de conservación de la biodiversidad. “La iniciativa forma parte del proceso de simplificación de la Comisión, cuyo objetivo es reforzar la competitividad de la UE sin dejar de salvaguardar los objetivos medioambientales, económicos y sociales”, defienden fuentes comunitarias.

Lo que el Ejecutivo tiene entre manos es, en la práctica, una revisión orientada a comprobar si la regulación sigue cumpliendo los objetivos de protección de la naturaleza “de forma rentable”, una expresión que en Bruselas comienza a ganar peso en el lenguaje político y que refleja el intento de equilibrar sostenibilidad, seguridad jurídica y crecimiento económico. La revisión se produce, además, en un momento especialmente sensible para la política verde europea, sometida a crecientes presiones por parte de sectores productivos, Estados miembros y grupos políticos que consideran que parte de la legislación climática y ambiental se ha convertido en una carga administrativa excesiva.

Simplificación administrativa y permisos más rápidos

La simplificación se concentrará en varios ejes críticos que el Ejecutivo ha extraído de las preocupaciones trasladadas por las partes interesadas durante los últimos meses. Entre las propuestas que ya se estudian figura un nuevo enfoque para agilizar las evaluaciones ambientales con el objetivo de acelerar los procedimientos de concesión de permisos, particularmente en sectores estratégicos como las energías renovables, las infraestructuras o determinados proyectos industriales.

También se pondrá especial atención en simplificar el procedimiento de evaluación adecuada para los espacios de la Red Natura 2000, considerado desde hace años uno de los puntos más complejos desde el punto de vista administrativo. Numerosos gobiernos nacionales y empresas venían reclamando una clarificación de los criterios aplicables y una reducción de las cargas burocráticas asociadas a estos procedimientos, especialmente en proyectos relacionados con la transición energética.

Del mismo modo, los servicios jurídicos de la Comisión exploran procedimientos más ágiles que sean capaces de adaptar los anexos de las directivas al progreso científico y técnico, además de clarificar las excepciones en la protección de especies. Bruselas busca igualmente mejorar la coherencia de las políticas comunitarias y simplificar el seguimiento y la presentación de informes —el denominado monitoreo regulatorio— con el objetivo de lograr una mayor eficiencia en la forma en la que los Estados miembros comunican sus datos.

La reinterpretación de la Directiva de Aves

El movimiento actual no surge de forma aislada. En marzo, la Comisión remitió a los Estados miembros un documento en el que clarificaba la aplicación de determinados artículos de la Directiva sobre las Aves con el objetivo de facilitar determinadas actividades económicas sostenibles. En ese texto, Bruselas recordaba a los Veintisiete la necesidad de contar con un marco jurídico en el que se prohíba específicamente matar o capturar aves de forma deliberada, destruir o dañar sus nidos, recoger huevos en la naturaleza o perturbar deliberadamente a las especies, especialmente durante los periodos de reproducción y crianza.

La cuestión clave reside en la interpretación del concepto de “deliberación”, un elemento jurídico que históricamente ha generado fricciones entre autoridades ambientales y operadores económicos. Según la interpretación de la Comisión, un acto es deliberado no solo cuando tiene el propósito directo de causar daño, sino también cuando el autor acepta la posibilidad de que sus acciones provoquen dicho perjuicio y, aun así, decide continuar con la actividad.

Una de las aportaciones más relevantes de aquel documento fue el énfasis en las medidas preventivas. De este modo, si una actividad económica —como la construcción de un parque eólico, una infraestructura energética o la gestión forestal— aplica medidas concretas y eficaces destinadas a evitar daños, cualquier impacto residual podría considerarse incidental y no deliberado. Esta interpretación abre la puerta a una aplicación más flexible de la normativa sin necesidad de modificar formalmente el núcleo legislativo.

Derogaciones y excepciones bajo control comunitario

En aquellos casos en los que no sea posible evitar el daño mediante medidas preventivas, Bruselas sí permite a los Estados miembros autorizar excepciones en circunstancias especiales. Sin embargo, para que una derogación sea válida, el Ejecutivo europeo recuerda que deben cumplirse tres condiciones estrictas.

Por un lado, deberá demostrarse que no existen alternativas satisfactorias capaces de evitar el daño. Además, la excepción solo podrá concederse por motivos tasados, como la salud y seguridad pública, la seguridad aérea, la prevención de daños graves a cultivos, ganado o pesca, la protección de la flora y la fauna o fines de investigación científica.

A ello se suma la obligación de que las autorizaciones detallen con precisión las especies afectadas, los métodos permitidos, las condiciones de riesgo, las autoridades responsables y los controles que se llevarán a cabo. Bruselas quiere evitar que las derogaciones se conviertan en mecanismos discrecionales o en una vía de flexibilización generalizada al margen del marco jurídico comunitario.

Igualmente, la guía elaborada por el Ejecutivo detallaba estrategias para evitar colisiones en parques eólicos y electrocuciones en líneas eléctricas, así como la adaptación de las épocas de cosecha o tala para proteger nidos utilizando incentivos vinculados a la Política Agrícola Común (PAC). También se recomendaba el uso de vidrios amigables para las aves en edificios e infraestructuras, junto a medidas de gestión de la contaminación lumínica para reducir el impacto sobre determinadas especies.

Teresa Ribera: el equilibrio político

La vicepresidenta de la Comisión Europea, Teresa Ribera, explicó durante la presentación del paquete ómnibus en diciembre que “no es fácil tener en cuenta tantas cosas al intentar definir un paquete ómnibus”. “No es fácil para nadie intentar identificar cómo podemos responder a esta demanda de simplificar mientras respondemos a esta otra demanda de mantener los estándares altos”, sentenció la española.

La dirigente comunitaria defendió entonces que en el seno de la Comisión está muy extendida la idea de que es posible “combinar competitividad y altos estándares ambientales”, argumentando que la protección ecológica también genera beneficios en términos de salud pública, innovación y eficiencia en el uso de recursos. “Es nuestra obligación”, subrayó Ribera, quien insistió en que Bruselas no pretende entrar en “una carrera a la baja” en materia regulatoria pese al giro político experimentado durante el arranque de la nueva legislatura.

Sin embargo, el debate interno en las instituciones europeas evidencia cada vez más tensiones entre quienes defienden mantener intacto el legado legislativo del Pacto Verde Europeo y quienes consideran que parte de las normas aprobadas durante los últimos años deben revisarse para evitar efectos negativos sobre la industria y la inversión.

La ley de Deforestación, símbolo del nuevo clima político

Una de las votaciones celebradas durante el pasado otoño en el Parlamento Europeo sirvió para visualizar el nuevo equilibrio político que comienza a consolidarse en Bruselas. El debate sobre el retraso en la aplicación de la ley europea contra la Deforestación evidenció cómo la derecha y la extrema derecha europeas fueron capaces de unir fuerzas frente a una de las grandes “banderas” regulatorias impulsadas por la Comisión durante el anterior mandato.

La normativa cuya entrada en vigor terminó retrasándose afectaba a productos como el ganado, el cacao, el café, el aceite de palma, la soja, la madera y el caucho, además de derivados como cuero, chocolate o muebles. El objetivo inicial de la legislación era obligar a las compañías importadoras a garantizar, mediante sistemas de geolocalización, que sus cadenas de suministro no habían generado deforestación en los lugares de origen de las materias primas.

Tras varios aplazamientos y dos años de intensas negociaciones, el Ejecutivo comunitario había propuesto finalmente su entrada en vigor para los próximos meses. Sin embargo, los Estados miembros terminaron respaldando una nueva prórroga bajo el argumento de la “simplificación regulatoria” y de la necesidad de dar más tiempo a empresas y administraciones para adaptarse a las exigencias técnicas del reglamento.

La decisión fue interpretada en Bruselas como una muestra más de que el actual ciclo político europeo ha comenzado a desplazar parcialmente el foco desde la ambición climática hacia la competitividad industrial, la reducción de cargas administrativas y la seguridad económica. Un cambio de prioridades que empieza a transformar el tono de las políticas comunitarias y que amenaza con reabrir debates que hace apenas unos años parecían cerrados dentro de las instituciones europeas.