El Parlamento Europeo valida… lo que no termina de creer

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru , analiza en Demócrata la estrategia adoptada por la Eurocámara ante la tramitación del pacto comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos

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Von der Leyen y Roberta Metsola

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La Union Europea (UE) ha conseguido, una vez más, lo que parecía improbable: transformar una decisión estratégica de enorme calado en un ejercicio de ingeniería semántica. El Parlamento Europeo ha aprobado recientemente un acuerdo comercial con Estados Unidos que muchos de sus propios defensores consideran, en privado, profundamente problemático.

Negociado, por Maroš Šefčovič y cerrado Ursula von der Leyen en apenas ocho meses entre 2025 y 2026, bajo la presión de nuevas amenazas arancelarias de Washington y como sustituto del fallido TTIP, el pacto incluye compromisos europeos de inversión masiva en Estados Unidos, compras energéticas a gran escala y la aceptación de aranceles en sectores clave, a cambio de concesiones limitadas, parciales y, en algunos casos, condicionadas.

No es solo una ratificación política. Es, sobre todo, una sofisticada operación de autoconvencimiento colectivo.

Porque si algo define este acuerdo no es tanto su contenido como el esfuerzo retórico desplegado para hacerlo digerible. Y en ese esfuerzo, el Parlamento Europeo ha jugado un papel clave: no tanto como contrapeso, sino como notario de una decisión ya tomada… con algunos matices cuidadosamente introducidos para salvar la conciencia.

El Parlamento como notario… con notas a pie de página

La aprobación se apoyó en la ya clásica coalición de estabilidad: el Partido Popular Europeo (PPE), los socialdemócratas y los liberales. Una mayoría suficiente, funcional y, sobre todo, previsible.

El PPE, como principal sostén de la Comisión, actuó con disciplina estructural: cuando uno lidera el proyecto, no suele dinamitarlo en fase de ejecución. Los liberales de Renew aportaron convicción ideológica: comercio, apertura, transatlanticismo… incluso cuando la asimetría empieza a ser difícil de maquillar.

Pero el elemento más interesante fue el papel de los socialdemócratas (S&D), que optaron por ese arte tan europeo de decir “sí, pero”. Un “sí” acompañado de una serie de cautelas semánticas que, más que alterar el acuerdo, buscan domesticarlo.

Así nacen tres joyas del derecho político contemporáneo: la cláusula de suspensión, que permitiría anular el pacto si Washington “socava los objetivos del acuerdo, discrimina a operadores europeos o recurre a coerción económica”; la cláusula de caducidad, que fija su expiración en marzo de 2028 salvo renegociación; y la cláusula de entrada en vigor, que condiciona su aplicación a que Estados Unidos cumpla ciertos compromisos, como reducir determinados aranceles del 50% al 15%.

Es un mecanismo fascinante: la UE firma un acuerdo que considera problemático… pero introduce cláusulas para protegerse de ese mismo acuerdo. Una especie de contrato con uno mismo en el que la desconfianza se eleva a categoría jurídica. Mientras el acuerdo con Mercosur se protege con salvaguardas técnico-comerciales para evitar sobresaltos en el mercado, el pacto con Estados Unidos se blinda con cláusulas casi terapéuticas, diseñadas no para regular el comercio, sino para amortiguar el previsible momento en que Washington decida que cumplirlo es, en realidad, opcional.

De potencia global a potencia condicional

Hace apenas dos décadas, la Unión Europea aspiraba a ser un actor autónomo. Hoy parece más bien un actor condicional: actúa, siempre que las condiciones lo permitan; negocia, siempre que el margen lo autorice; y ratifica, siempre que pueda explicarlo después.

El acuerdo con Estados Unidos ilustra esta transformación. Bajo el argumento de evitar una guerra comercial y mantener la tutela en seguridad, la UE ha aceptado un marco que incluye concesiones significativas en inversión, energía y acceso de mercado, mientras las contrapartidas estadounidenses permanecen limitadas y sujetas a condiciones.

Pero más allá del contenido, hay un dato que lo resume todo: la velocidad. El acuerdo se negoció en apenas ocho meses. ¡Ocho meses! En contraste, el pacto con India acumula cerca de dos décadas de conversaciones, el de Mercosur más de veintiocho años, y el reciente acuerdo con Australia ha necesitado ocho años para cerrarse.

La Union Europa tarda décadas en construir alternativas… y meses en consolidar dependencias.

El realismo como doctrina… y como excusa

Los defensores del acuerdo insisten en el argumento clásico: el realismo. Evitar una escalada comercial con Estados Unidos es esencial. Mantener la estabilidad transatlántica es prioritario. Y en un mundo de bloques, elegir socio es inevitable.

Todo eso es cierto. Pero también lo es que el realismo europeo ha mutado en algo más parecido a la anticipación de la derrota. No se negocia desde la fuerza, sino desde el miedo a las consecuencias de no ceder. Y eso se traduce en acuerdos donde el equilibrio es más narrativo que real.

La rendición con salvaguardas

Las cláusulas introducidas por los socialdemócratas son, en este sentido, profundamente reveladoras. No corrigen el acuerdo: lo rodean. No alteran su lógica: la condicionan… en teoría.

Funcionan como airbags políticos: diseñados para activarse en caso de colisión, pero sin evitar el accidente. Porque, en la práctica, su aplicación dependerá de la voluntad política futura. Y si algo demuestra este episodio es que esa voluntad tiende a alinearse con la inercia, no con la confrontación.

El resultado final es una mayoría que no refleja entusiasmo, sino convergencia de intereses distintos: el PPE vota por responsabilidad institucional, los socialdemócratas por cautela política y los liberales por convicción económica.

Tres caminos distintos que llevan al mismo destino: la ratificación.

Mientras tanto, la extrema izquierda vota en contra denunciando la asimetría, y parte de la derecha radical se incomoda ante un acuerdo que, incluso para ellos, resulta difícil de justificar. Y aquí aparece uno de los giros más reveladores del guion: algunos de los partidos más cercanos ideológicamente a Donald Trump -habitualmente entusiastas del unilateralismo estadounidense- descubren de repente que la admiración tiene límites cuando las consecuencias aterrizan en casa.

La escena roza lo surrealista: los llamados “patriotas” europeos dudando, cuando no la mayoría contrarios, ante un acuerdo impulsado por su referente político. No es un súbito arrebato de europeísmo. Es algo mucho más terrenal: instinto de supervivencia política.

Es, en definitiva, el tipo de votación que define una época: nadie está completamente satisfecho, pero el sistema avanza igualmente.

Mientras tanto, el mundo negocia

El contraste con otros acuerdos comerciales es especialmente revelador. El pacto con Australia, cerrado tras ocho años de negociación, ya empieza a generar críticas en sectores agrarios europeos preocupados por la competencia y la apertura del mercado. Es decir, incluso los acuerdos equilibrados generan resistencias internas. El de Mercosur sigue atrapado en debates jurídicos y el de India avanza con la cautela de quien sabe que está jugando una partida estratégica a largo plazo.

En ese contexto, la rapidez del acuerdo con Estados Unidos no transmite eficiencia. Transmite urgencia. O, más precisamente, prioridad.

La UE puede tardar décadas en definir su relación con el resto del mundo. Pero cuando se trata de Washington, el reloj corre que se las pela.

Autonomía estratégica: anatomía de un concepto vacío

Durante años, la “autonomía estratégica” ha sido el mantra europeo. Una idea elegante: cooperar cuando conviene, actuar solos cuando es necesario.

El problema es que el acuerdo con Estados Unidos no la refuerza. La reduce: compromete inversiones fuera, incrementa dependencias energéticas y limita el margen de maniobra futuro. Es, en esencia, un paso en dirección contraria al discurso oficial.

Europa no está construyendo independencia. Está gestionando su interdependencia… desde una posición cada vez más asimétrica.

El problema no es económico, es político

Como señalaba en un anterior artículo en este mismo medio, el verdadero coste no es económico. Es político. La UE pierde credibilidad cuando habla de soberanía, decepciona a socios que esperaban un tercer polo global y refuerza la narrativa de un Occidente fragmentado y débil.

Y lo hace, además, con legitimidad democrática. Porque este acuerdo no ha sido impuesto. Ha sido votado.

Epílogo: cláusulas, mayoría… y resignación

La aprobación por el Parlamento Europeo cierra el círculo. Lo que empezó como una negociación cuestionable termina como política oficial. Pero no sin matices. No sin cláusulas. No sin condiciones.

La UE ha firmado… pero con reservas. Ha ratificado… pero con advertencias. Ha aceptado… pero con mecanismos de escape.

Es una forma muy europea de hacer política: avanzar sin convicción plena, protegerse sin confrontar, y confiar en que el futuro permita reinterpretar el presente. El problema es que el mundo no suele esperar a las reinterpretaciones.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen Nicolas Landemard / Zuma Press / ContactoPhoto
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen Nicolas Landemard / Zuma Press / ContactoPhoto -

La Unión sigue en la mesa. Ha votado, ha ratificado, ha matizado. Hecho, hecho está y democráticamente, pero la pregunta ya no es si participa, la pregunta es si todavía decide o se somete. Aceptar el acuerdo tal y como está no era inevitable. Retrasar su aprobación, exigir mayor reciprocidad o incluso asumir el coste de una negociación más larga habrían sido opciones políticamente incómodas, pero estratégicamente más coherentes.

Porque el problema no es acordar con Estados Unidos. Es hacerlo sin negociar como si Europa aún fuera lo que dice ser.