Afganistán, 25 años después de la ofensiva de EEUU y cinco bajo el renovado dominio talibán

Afganistán marca 25 años de la ofensiva de EEUU y cinco de nuevo dominio talibán, entre crisis interna, retrocesos sociales y aislamiento internacional.

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Un talibán apostado en un puesto de control de Kabul (archivo) SAIFURAHMAN SAFI / XINHUA NEWS / CONTACTOPHOTO
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La invasión de Afganistán, lanzada por Estados Unidos bajo la operación "Libertad Duradera" tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, alcanza este 7 de octubre su 25º aniversario, con los talibán nuevamente instalados en el poder desde agosto de 2021. El país vive este hito entre acusaciones de apoyo del movimiento a grupos terroristas como Al Qaeda y un repunte de las fricciones con Pakistán, antiguo patrocinador de la organización creada por el mulá Mohamed Omar.

Los ataques del 11-S, los más letales en la historia de Estados Unidos, llevaron al entonces presidente George W. Bush a centrar su mirada en Afganistán, tanto por el amparo que el Emirato Islámico de Afganistán brindaba a Al Qaeda como por el hecho de que varios implicados —en su mayoría saudíes, al igual que el líder del grupo, Osama bin Laden— se habían entrenado en territorio afgano.

En un primer momento, Washington exigió al mulá Omar la entrega de "los líderes de Al Qaeda" presentes en Afganistán. La negativa desde Kabul llevó a la Casa Blanca a ultimar los planes de invasión con el objetivo declarado de derribar al gobierno fundamentalista, surgido del caos de la Guerra de Afganistán (1978-1992) y de la fragmentación del país entre diversos 'señores de la guerra' financiados por el narcotráfico y el comercio ilegal de armas.

Los talibán aparecieron en un contexto en el que el Ejecutivo formado tras la retirada soviética, tras una década de combates contra las fuerzas muyahidín, fue incapaz de imponer estabilidad. Ello desembocó en una guerra civil entre 1992 y 1996, hasta que el grupo, originado en áreas pastunes del sur, se hizo con Kabul y proclamó el Emirato Islámico de Afganistán.

Su llegada al poder, con un discurso de rigorismo islámico y de combate contra la corrupción y la violencia, supuso el derribo del Estado Islámico de Afganistán —nacido del Acuerdo de Peshawar tras la caída del gobierno prosoviético—, que pasó a operar como gobierno en el exilio bajo el paraguas de la Alianza del Norte. Esta coalición se convertiría después en el principal aliado sobre el terreno para la ofensiva estadounidense de octubre de 2001.

Ese ascenso talibán facilitó el traslado de Bin Laden y de la cúpula de Al Qaeda al país centroasiático, tras su expulsión de Sudán por la presión de Washington. Se fraguó así una alianza que permitió a los fundamentalistas afianzar su dominio y gobernar mediante una interpretación extremadamente estricta de la 'sharia', cercenando el espacio cívico y relegando a mujeres y niñas al ámbito doméstico.

El régimen talibán se desplomó tras la ofensiva militar liderada por Estados Unidos, en la que cobró protagonismo un hasta entonces poco conocido líder tribal pastún, Hamid Karzai, enfrentado a los fundamentalistas. La caída de Kandahar, su bastión espiritual y político, el 6 de octubre de 2001, simbolizó la derrota del movimiento y abrió la puerta a que Karzai, con respaldo de Washington, fuera encumbrado al poder en Afganistán.

Huida a Pakistán y auge de la insurgencia

Pese a la intervención, figuras clave como Bin Laden y el mulá Omar evitaron ser capturadas y se refugiaron en zonas fronterizas de Pakistán, desde donde reorganizaron sus redes. Desde estos santuarios impulsaron una guerra de guerrillas que permitió a los talibán minar a unas nuevas autoridades cuya legitimidad ya estaba en entredicho, y lanzar ataques cada vez más letales contra las fuerzas de seguridad afganas y las tropas internacionales a partir de 2005.

La escalada de violencia llevó al entonces presidente estadounidense, Barack Obama, a ordenar a partir de 2009 un incremento del contingente militar y el relevo del comandante David McKiernan, además de intensificar los bombardeos con drones contra objetivos en Pakistán, en muchos casos sin coordinación previa con Islamabad, ante las sospechas de connivencia con los líderes huidos.

En el plano interno, Afganistán quedó atrapado en la ausencia de reformas de calado y en la persistencia de la corrupción. Karzai se convirtió en el principal rostro de este desgaste, algo que los talibán explotaron en su campaña de propaganda para desacreditar a las instituciones respaldadas por la comunidad internacional, incapaces de dar respuesta a las necesidades de la población.

En este contexto, la muerte de Bin Laden en una operación especial estadounidense en Abbottabad (Pakistán) en mayo de 2011 y el inicio de contactos directos entre Washington y los talibán llevaron a Obama a fijar un calendario de retirada. Las fuerzas de la OTAN abandonaron formalmente el país a finales de 2014, coincidiendo con el relevo de Karzai por Ashraf Ghani tras unas elecciones celebradas meses antes.

La llegada de Ghani no trajo el impulso político esperado. El país quedó atrapado en una parálisis institucional y en las disputas con su principal rival, Abdulá Abulá, por los resultados electorales y la agenda de gobierno. El agravamiento de la crisis humanitaria y económica alimentó el descontento social y abrió nuevos espacios para que los talibán recuperaran influencia territorial y apoyo en zonas rurales.

El acuerdo de paz y el retorno talibán

En pleno repliegue internacional, los talibán intensificaron sus ofensivas y aprovecharon la impopularidad del Ejecutivo de Ghani para negociar desde una posición de fuerza. El entonces presidente estadounidense, Donald Trump, aceptó abrir un canal de diálogo que culminó en febrero de 2020 con la firma de un acuerdo de paz con el movimiento insurgente.

El pacto, rubricado en Qatar sin participación directa del gobierno afgano, contemplaba la retirada total de las tropas extranjeras a cambio de que los talibán se sentaran en una mesa de diálogo con Kabul y se comprometieran a impedir la actividad de Al Qaeda y Estado Islámico en Afganistán.

Estados Unidos avanzó en el repliegue pese a la falta de avances en las conversaciones intraafganas y a los continuos progresos militares de los talibán. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca solo retrasó la fecha final de salida, sin revertir la debilidad de unas instituciones afganas lastradas por divisiones internas y graves fallos de coordinación. El colapso del aparato estatal permitió una ofensiva relámpago insurgente que culminó con la caída de Kabul el 15 de agosto.

La entrada de los talibán en la capital se produjo tras la huida de Ghani, tras una década en el poder marcada por denuncias de corrupción y ausencia de reformas estructurales, y en medio de caóticas evacuaciones de militares y civiles que trataban de abandonar el país ante el regreso de los fundamentalistas. Las imágenes de aquel éxodo supusieron un duro golpe para la estrategia de Estados Unidos, que veía cómo Afganistán volvía a manos del movimiento, ahora liderado por Hebatulá Ajundzada y sin variaciones sustanciales en su línea ideológica.

En los cinco años transcurridos desde el restablecimiento del Emirato Islámico se ha producido un marcado retroceso respecto a los limitados avances logrados bajo los mandatos de Karzai y Ghani. Las mujeres y las niñas han vuelto a ser confinadas en el hogar, excluidas de la educación secundaria y universitaria y del mercado laboral, mientras se endurece el control del espacio público. Todo ello en un país sumido en una grave crisis económica y bajo un bloqueo diplomático de la comunidad internacional, que continúa sin reconocer a los talibán como gobierno legítimo.