El gas natural representa en torno al 22% del consumo de energía primaria en España y es determinante para la competitividad de un tejido industrial que aporta cerca del 17% del PIB nacional, especialmente en los procesos de media y alta temperatura, donde no existe alternativa comparable en términos de eficiencia y coste. A ello se suman hasta 8 millones de hogares y un total de 20 millones de consumidores que lo utilizan para cubrir necesidades básicas como la calefacción o el agua caliente.
La infraestructura gasista española constituye uno de los principales activos estratégicos del país. Con una red mallada, diversificada y resiliente, con cerca de 100.000 kilómetros de transporte y distribución, plantas de regasificación, almacenamientos subterráneos e interconexiones internacionales que la sitúan entre las más robustas de Europa. Es un activo que ha demostrado su relevancia en situaciones de crisis y que, a futuro, actuará como columna vertebral para el despliegue de los gases renovables, donde España cuenta con uno de los mayores potenciales de producción de la Unión Europea.
La infraestructura gasista española constituye uno de los principales activos estratégicos del país
El sistema gasista cumple una función clave dentro de nuestra estrategia energética: garantizar la seguridad de suministro y aportar la flexibilidad cada vez más requerida por un mix energético con fuentes renovables crecientemente presentes. Su capacidad para gestionar picos de demanda, absorber variaciones estacionales y adaptar la operación en cuestión de horas —gracias a una infraestructura que integra almacenamientos subterráneos, reservas de GNL en tanques y una red mallada con elevada capacidad de modulación— resulta insustituible. En el sistema eléctrico, los ciclos combinados de gas proporcionan el respaldo necesario ante la intermitencia renovable y los servicios de control de tensión que garantizan la continuidad del suministro con una capacidad de respuesta que ninguna otra tecnología ofrece hoy a gran escala —una función aún más crítica en un contexto de operación reforzada tras el apagón eléctrico del pasado año—.
Además, las infraestructuras gasistas están llamadas a jugar un papel fundamental en la descarbonización de la economía, permitiendo integrar gases renovables como el biometano y el hidrógeno, que aportarán mayor autonomía energética a la vez que garantizarán una transición eficiente para el consumidor. Transición energética, competitividad y soberanía estratégica son tres principios que, en el contexto geopolítico actual, van de la mano en una estrategia europea en la que las infraestructuras gasistas son un pilar fundamental para que dicha estrategia sea alcanzable.
Un contexto macroeconómico que exige rentabilidad razonable
El segundo periodo regulatorio 2021-2026 ha coincidido con uno de los mayores endurecimientos financieros de la última década. La combinación de crisis energética y tensiones inflacionistas obligó al BCE a elevar los tipos en 314 puntos básicos desde niveles próximos al 0%, un giro que se trasladó de manera íntegra al coste de capital. Con un incremento acumulado del índice de precios industriales cercano al 40% en cinco años, los costes operativos de las compañías se han disparado mientras la retribución del conjunto de las actividades reguladas del sector gasista se redujo en 2.129 millones de euros en el periodo. En un contexto como el actual, resulta imprescindible que la regulación garantice una rentabilidad razonable alineada con el coste real del capital, principio que no se ha cumplido.
Un momento regulatorio clave para el futuro del sector
Actualmente nos encontramos en un momento decisivo en el que se están sentando las bases que determinarán la capacidad de inversión, la operación y la evolución del sistema gasista durante los próximos años. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), tras un periodo de consultas públicas, ha publicado los borradores de circular que establecerán la retribución de las actividades reguladas de gas —transporte, regasificación y distribución— para los próximos seis años. Del análisis preliminar se desprenden elementos positivos: la adecuación del marco retributivo al nuevo escenario de demanda, el reconocimiento del incremento de costes en algunos elementos y la incorporación de incentivos a la digitalización de redes y a la integración de gases renovables como grandes retos del sector. Sin embargo, el periodo de alegaciones debe servir para incorporar mejoras adicionales y, en especial, dotar al marco retributivo de suficiencia económica, de modo que los agentes puedan garantizar una rentabilidad razonable para afrontar un periodo lleno de retos, asegurando que nuestras infraestructuras están mantenidas y operadas con total garantía en un contexto complejo y volátil.
Un escenario geopolítico que refuerza el valor del sistema gasista
El papel del gas natural se revela especialmente determinante en momentos de tensión geopolítica como el actual. La inestabilidad en Oriente Medio y la exposición del estrecho de Ormuz —por el que transita aproximadamente un tercio del GNL mundial— ilustran cómo cualquier perturbación en las rutas de suministro se traslada de forma inmediata a los mercados en forma de volatilidad de precios y primas de riesgo al alza.
El papel del gas natural se revela especialmente determinante en momentos de tensión geopolítica como el actual
En un contexto tan volátil e incierto, la diversificación de fuentes de suministro y la resiliencia del sistema se erigen como atributos críticos. Ambos dependen, en última instancia, de la infraestructura disponible: la diversificación efectiva solo es posible cuando existe una red capaz de combinar GNL y gas por gasoducto, con múltiples orígenes, plantas de regasificación e interconexiones internacionales que permitan responder con agilidad ante cualquier perturbación. Precisamente, el sistema gasista español constituye un ejemplo de referencia mundial, al contar con una de las redes más diversificadas y robustas de Europa, capaz de integrar suministros globales de GNL con flujos por gasoducto, apoyada en una amplia capacidad de regasificación y una arquitectura mallada que refuerza su resiliencia y flexibilidad operativa.
El gas natural seguirá siendo, durante las próximas décadas, un componente esencial del sistema energético español. Su contribución a la competitividad industrial, su papel como respaldo del sistema eléctrico, la robustez de sus infraestructuras y su capacidad para integrar gases renovables lo convierten en un elemento imprescindible para una transición energética eficiente y equilibrada.
La coincidencia de un entorno financiero exigente, un proceso regulatorio decisivo y un contexto geopolítico incierto otorga a las decisiones actuales una relevancia que trasciende al propio sector. El diseño del nuevo marco retributivo determinará la capacidad del sistema para garantizar la seguridad de suministro, facilitar la integración de nuevas fuentes energéticas y sostener la competitividad de la economía.
En este sentido, resulta fundamental avanzar hacia un modelo que combine estabilidad regulatoria, rentabilidad razonable y una visión basada en la neutralidad tecnológica. Solo así será posible asegurar un sistema energético seguro, competitivo y preparado para afrontar los retos del futuro.