Se abre el telón, el diputado trae escrita la réplica y ha medido la pausa antes de la frase final. El equipo de redes la corta, la subtitula y la sube antes de que termine el pleno. A la mañana siguiente, las tertulias comentan el golpe y casi nadie habla de lo que se votó ese día. Se cierra el telón.
Quienes trabajamos en comunicación política conocemos bien este mecanismo de comunicación, pero que cada vez se acerca más a la performance. Esto nos hace preguntarnos si la comunicación se ha comido a la decisión o a la gestión. Y si, en definitiva, hemos contribuido a convertir la política en otra cosa.
Hoy podríamos estar asistiendo a la obra de Jacinto Benavente, “Los intereses creados”, y cada actor y actriz en el Pleno representa el papel de la defensa de sus propios intereses y de su partido, y no seguramente la de los beneficiarios posibles de las medidas que los decretos proponen.
La hipótesis es que la comunicación habría secuestrado a la política. Según ello lo que importa es la escena y no la decisión. Cada intervención se diseña para la propia parroquia, la distancia entre bloques se amplía porque el choque tiene más audiencia que el acuerdo, y al final queda un teatro con papeles fijos: el que embiste, el que se indigna, el que ironiza, el que insulta. Una suerte de relato con el bueno, el malo, los adversarios y los aliados.
El trabajo más serio que conozco sobre este asunto en España es el de Xavier Coller, catedrático de la UNED. En La teatralización de la política en España. Broncas, trifulcas, algaradas (Catarata, 2024), define la teatralización como la ejecución en público, sea en el Congreso, el Senado, una rueda de prensa o un mitin, de comportamientos que hacen visible un conflicto entre rivales que contrasta con el mayor grado de acuerdo en la actividad parlamentaria más importante, la legislativa.
Percibimos la política como un conflicto permanente, pero los representantes parlamentarios la entienden mayoritariamente como un espacio de negociación y cooperación y, en sus parlamentos, aprueban leyes sin votos en contra con más frecuencia de lo que aparenta. El estudio se apoya en una encuesta a 557 parlamentarios de las 19 cámaras españolas y en 59 entrevistas semiestructuradas. Coller propone además un índice de inclusividad, que mide cuántas veces los grupos que sostienen al gobierno suman el voto o la abstención de sus rivales para aprobar una ley. Ocurre en más del 78% de los casos en el Congreso y en más del 72% en los parlamentos autonómicos.
Este dato obliga a matizar la hipótesis. Si la comunicación hubiera secuestrado la política por completo, esa cooperación habría desaparecido, y no es así. Lo que existe son dos políticas en paralelo. Una se ve y se representa. La otra funciona en ponencias y comisiones, lejos de las cámaras.
La teatralización aparece en momentos concretos, en los plenos, cuando hay presencia de medios, en los temas ligados a creencias nucleares como la cuestión territorial, cuando se acercan elecciones; en definitiva, en espacios en que se necesita marcar territorio dentro y fuera del propio bloque ideológico. Este último punto me parece el más revelador. Una parte importante del espectáculo no se dirige al adversario, sino al competidor que comparte espacio electoral.
Coller habla de estas conductas como rituales. Son actos previsibles y repetidos que ocurren en espacios concretos. También recuerda la Ley de May, según la cual militantes y afiliados tienen posiciones más extremas que dirigentes y votantes. Por eso la teatralización es, además de un choque con el rival, una actuación dirigida a los propios y una técnica para fidelizar. Georges Balandier ya lo planteó en El poder en escenas, en el que afirma que todo poder necesita representarse. Lo que ha cambiado es el ritmo. Antes la función era semanal, hoy dura todo el día, y cada escena se diseña pensando en el recorte de treinta segundos.
En mi opinión, el verdadero peligro del teatro es que los personajes se consolidan. El político que construye su notoriedad sobre la réplica agresiva ya no puede abandonar ese papel sin decepcionar a su público. El personaje acaba limitando lo que la persona puede hacer.
También se apunta a que la teatralización crece cuando hay medios presentes y que buena parte de la responsabilidad es suya. Es cierto, pero con una precisión. También es de los equipos de comunicación de los partidos, que producen lo que se sabe que se va a publicar; y de las plataformas, que premian el enfrentamiento y el conflicto.
Los datos de Coller indican que la cooperación persiste, pero va a menos. Según el autor, el nivel de acuerdo entre partidos baja a medida que nos alejamos de la Transición. En el Congreso, el punto más bajo corresponde a la legislatura 2011-2016 y el segundo más bajo a la de 2019-2023. En la legislatura actual, un análisis publicado en Agenda Pública en septiembre de 2025 contaba veintitrés leyes aprobadas, de las que ocho, el 35%, no recibieron ningún voto en contra. Esas leyes unánimes se referían a colectivos concretos, como personas con ELA, bomberos o donantes de órganos, o a la adaptación a la normativa europea. El consenso se mantiene, pero se concentra en lo menos visible, en lo que menos se publica.
Yo creo que la política no ha sido sustituida por la comunicación. Se ha desdoblado en un escenario y una trastienda. Pero el desdoblamiento tiene consecuencias. Si el ciudadano solo ve el escenario, juzga toda la política por él. El propio Coller lo advierte sin rodeos: "la teatralización en la política desgasta la confianza de los ciudadanos y deslegitima la democracia". Y el riesgo va más allá, porque cuanto más se polariza la escena, más cuesta a los mismos actores cerrar acuerdos en privado sin que su público lo interprete como una traición.