NTGs para el agro, Europa vuelve a mirar al futuro

José María Fontán, presidente de Biovegen, defiende que el nuevo reglamento europeo sobre técnicas genómicas abre una oportunidad histórica para la agricultura, la ciencia y la competitividad

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José María Fontán es presidente de Biovegen, Plataforma Tecnológica de Biotecnología Vegetal.

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17 de junio de 2026, el Parlamento Europeo da el sí definitivo de la UE al Reglamento de Nuevas Téc­ni­cas Genómicas (NTG’s). Quizá el término le haya puesto en guardia. Apelo al sentido de la ciencia más ancestral para combrobar que no hay motivo para la alarma. La agri­cultura, ahora y desde hace milenios, ha prosperado aplicando esas mismas técnicas genó­mi­cas que igual hoy le suenan a tecnología del siglo XXI.

Las variedades que el hombre cultivaba para alimentarse han ido mejorando gracias a que sus genes mutaban, cam­biaban para adaptarse mejor a su entorno. Y estas modifi­ca­ciones se materializaron siempre mediante diferentes técnicas genómicas. A esos métodos de mejora basados en el cruce y la selección de plantas que llevamos perfeccionando desde el Paleolítico -en el que ya se escogían las semillas que presentaban caracteres favorables para utilizarlas en la siguiente siembra- hoy lo llamamos técnicas genómicas convencionales. Las NTG’s que acaba de regular la UE son capaces de provocar en una variedad vegetal los mismos cambios que generarían las convencionales (o incluso de mayor complejidad), pero de manera mucho más precisa.   

Reitero que las técnicas genómicas convencionales tratan de cambiar los genes para tener una mejor des­cendencia. El procedimiento -tomando un ejemplo teórico- sería algo así: elegimos como parental masculino una variedad resistente a una enfermedad y a otra variedad, como parental femenino, que es sensible a tal enfermedad, pero que también goza de una muy alta productividad. Al cruzar ambos generamos miles de “hijos” entre los que trataremos de escoger uno que mejore respecto a sus ‘padres’ (en este caso, que sea resistente y a la vez altamente productivo). Esta técnica genómica es un sistema costoso, arduo y largo. Y sujeto al azar. Requiere de un alto volumen de ‘hijos’ para tener mayor proba­bi­lidad de encontrar un buen candidato que sea de interés para el agricultor.

Las NTG’s eliminan ese componente azaroso. Son métodos de mejora vegetal que modifican de forma específica los genes de una planta, sin necesidad de introducir ADN foráneo, actuando sobre una po­si­­ción previamente elegida y loca­li­za­da del genoma. Se activan o desactivan genes propios, se eli­mi­nan otros, se introducen secuencias con­cretas de plantas sexualmente compatibles o se modi­fi­can las que ya están, se ‘corta y pega’  para alterar el genoma  y lograr una característica deseada (un tomate con más antioxidantes, una re­sistencia o tolerancia a una bacteriosis, para mejorar rendi­mientos…).

CRISPR-Cas

Nada había parecido a lo que ahora se puede lograr con el llamado CRISPR-Cas, la NTG más usada. El resultado: un cambio en los genes deseados que la nueva regulación europea considerará que, efec­ti­va­mente, podría haberse ge­ne­rado en la propia naturaleza (si entra dentro de la categoría llamada NTG-1).

La aprobación de este reglamento no sólo supondrá en los próximos años un cambio de paradigma para la agricultura y la investigación agroalimentaria europea. Es también una apuesta estratégica por la ciencia. La Biotecnología -no solo la aplicada a los vegetales- empieza a ser considerada por la UE como un factor esencial de competitividad, clave incluso en términos geopolíticos.

Tenemos dos años de plazo (hasta 2028) para prepararnos, porque si bien parte de este reglamento ya ha entrado en vigor, las primeras patentes y obtenciones NTG requieren de nuevos desarrollos regula­torios, de una ‘letra pequeña’ que, además, conviene pulir para no perder más oportunidades.

La UE, por motivaciones más vinculadas con la mala prensa que con la ciencia, dio la espalda durante más de dos décadas a los OGM (Organismos Genéticamente Modificados o transgénicos), incluso a los de última generación, los más perfeccionados. Quiso poner puertas al campo. Creyó que podía man­tenerse al margen tanto de la revolución biotecnológica como de la globalización de los mercados. Construyó un régimen restrictivo para su cultivo pero, simultáneamente, autorizó la importación de numerosas variedades transgénicas para alimentación humana y, sobre todo, para la animal. La contradicción fue/es evidente: Europa rechazó producir aquello que necesitaba, pero no dejó de con­su­mirlo. La ganadería europea pasó a depender de las valiosas materias proteicas transgénicas cultivadas en Brasil, Argentina y EEUU. En 2025, solo el 25 % de las proteínas procedentes de oleaginosas y cultivos proteicos utilizadas en la UE era europea. La dependencia exterior en soja alcanzaba el 94%. Y no lo hizo por seguridad, porque no hay una sola alerta alimentaria documentada.

Con las NTG’s no podía repetirse tan mayúsculo error. Su potencial radica en la posibilidad de obtener cultivos más resistentes a la sequía, al calor, a la salinidad, a plagas y enfermedades -al cambio cli­má­tico, incluso- así como variedades con mayor productividad, con rasgos de calidad determinados, mejores valores nutricionales o cultivos con menores requerimientos de agua, fertilizantes o productos fitosanitarios y por todo ello, más sostenibles.

Por tanto, la aprobación del reglamento de NTG’s solo puede ser una magnífica noticia para la agricul­tura europea. Se vislumbra una era ilusionante en la que la innovación será protagonista. Pero tampoco conviene perder de vista la realidad: en esta carrera partimos rezagados. EEUU y más aun China -que acumula ya el 75% de las patentes de semillas editadas- nos llevan la delantera. No sólo ellos, las principales potencias occidentales llevan años con regulaciones pro­clives, incluso algunos países africanos ya han dado pasos decisivos también en favor de las NTG’s. En 2019, Norteamérica llevó al mer­cado la primera de estas variedades, una soja de alto contenido oleico; desde 2021 Japón co­mer­cia­liza un tomate rico en GABA capaz de reducir la presión arterial; en 2023 otra vez en EEUU se lanzó una mostaza que minimiza su sabor amargo; Argentina acaba de registrar una patata que reduce un 74% el pardeamiento producido por cortes, golpes…; Inglaterra tiene avan­zada una cebada con alto contenido lipídico… Y es sólo el comienzo.

En Europa, aunque con retraso, tenemos los mimbres para recuperar el terreno perdido. Ahora con­ta­mos con una legislación razonable y, sobre todo, con un talento científico de primer nivel. Desde hace más de 20 años, Biovegen, una plataforma dedicada a la biotecnología vegetal conformada por casi 200 empresas y centros de investigación, dedicada a fomentar la colaboración público-privada para promover la generación de innovación, es testigo privilegiado de este talento. España cuenta con bri­llan­tes científicos, cada vez más dados a hacer aterrizar sus avances en el mercado. Se está gestando una nueva y floreciente generación de spin-offs y startups con un presente prometedor y un próspero futuro.

Democratización tecnológica

Porque esta tecnología tiene el valor añadido de la democratización de los procesos de mejora. Las NTG’s no tienen por qué ser cosa de grandes multinacionales y corporaciones. No requieren de grandes inversiones, ni de largos plazos de investigación y hoy, de hecho, están traba­jan­do ya con ellas multitud de pequeñas y medianas empresas, así como centros investigación.

Pero, sobre todo, estas técnicas deben suponer una ilusión renovada para nuestros agricultores y em­presarios: insisto en que son más precisas pero también más baratas -y lo serán aún más con la ma­durez de la tecnología-, son más accesibles y logran resultados antes. En definitiva, servirán para afrontar con mayores garantías los retos europeos que venían imponiéndose por la vía regulatoria sin antes dar las herramientas para poder alcanzarlos.

Porque la biotecnología -no sólo las NTG’s, también los nuevos productos bio y pronto los micro­or­ga­nismos, también en fase de flexibilización regulatoria- nos permitirán producir en Europa de manera sostenible sin ser penalizados, compitiendo sin complejos con las importaciones de terceros más baratas, con normativas más aperturistas, condiciones y requerimientos mucho más laxos.

SOBRE LA FIRMA: 

José María Fontán es presidente de Biovegen, Plataforma Tecnológica de Biotecnología Vegetal.

 

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