El 26 de abril de 1986, una enorme columna radiactiva se elevó sobre la ciudad soviética de Prípiat, en la actual Ucrania. Procedía del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, situada a escasos kilómetros, y acabaría extendiéndose por buena parte de Europa. Cuatro décadas después, aquel accidente sigue siendo la mayor catástrofe nuclear civil registrada hasta la fecha.
Hoy, la central permanece fuera de servicio como instalación energética, pero continúa activa en tareas de contención, vigilancia y descontaminación. Además, la guerra entre Rusia y Ucrania ha devuelto Chernóbil al centro del debate internacional sobre los riesgos nucleares en contextos bélicos. En febrero de 2025, un dron ruso impactó contra la estructura de protección del reactor accidentado, sin provocar fugas radiactivas, pero reabriendo las alarmas sobre la vulnerabilidad de estas infraestructuras.
La noche que cambió Europa
El accidente comenzó durante una prueba de seguridad en el reactor 4. Los operarios simulaban un corte eléctrico para comprobar si los sistemas auxiliares podían mantener la refrigeración hasta la entrada de los generadores de emergencia. Sin embargo, una combinación de errores humanos, deficiencias técnicas y fallos de diseño desembocó en un sobrecalentamiento descontrolado.
La explosión levantó la cubierta del reactor y liberó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera. La nube contenía partículas de yodo radiactivo, estroncio, plutonio y grafito, entre otros elementos altamente contaminantes.
Diversas estimaciones sostienen que la radiación liberada fue centenares de veces superior a la registrada en Hiroshima tras la bomba atómica de 1945.
Un diseño cuestionado
Los reactores de Chernóbil pertenecían al modelo RBMK, un sistema ampliamente utilizado en la antigua Unión Soviética. Numerosos expertos han señalado con el paso de los años que ese diseño presentaba graves carencias de seguridad y difícilmente habría sido autorizado en muchos países occidentales.
La tragedia también dejó al descubierto el secretismo soviético. Durante las primeras horas y días, las autoridades minimizaron el accidente, retrasaron evacuaciones y ocultaron información clave tanto a la población como a la comunidad internacional.
La evacuación y los “liquidadores”
Tras la explosión, la Unión Soviética evacuó a unas 130.000 personas, entre ellas los cerca de 50.000 habitantes de Prípiat, convertida desde entonces en ciudad fantasma. Al mismo tiempo, se estableció una zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta.
Para contener el desastre se movilizó a cientos de miles de personas, conocidas posteriormente como los liquidadores: militares, bomberos, mineros, ingenieros y trabajadores civiles encargados de apagar incendios, retirar escombros radiactivos y levantar las primeras estructuras de protección.
Se estima que alrededor de 600.000 personas participaron en aquellas labores.
El nuevo sarcófago y la amenaza de la guerra
En 2016 se instaló una gigantesca estructura metálica sobre el reactor destruido, conocida como el Nuevo Confinamiento Seguro, también llamado “El Arca”. Diseñado para aislar los restos radiactivos durante aproximadamente un siglo, fue considerado uno de los mayores proyectos de ingeniería nuclear del mundo.
Sin embargo, seis años después, el inicio de la invasión rusa a gran escala alteró de nuevo el futuro de la central. Las tropas rusas ocuparon Chernóbil en febrero de 2022, en una operación que situó la instalación en el centro del conflicto. Además de su valor simbólico, la planta se encuentra a apenas 90 kilómetros de Kiev, lo que le otorga importancia estratégica.
La ocupación fue breve y terminó a finales de marzo de ese año, cuando el control volvió a manos ucranianas. Pero durante esos días se produjeron cortes eléctricos que comprometieron sistemas esenciales para el combustible gastado y se dificultó la rotación del personal técnico. La comunidad internacional siguió con preocupación la situación ante el riesgo de un incidente añadido.
Radiación, drones y nuevas alertas
Los combates en la zona también provocaron un aumento temporal de los niveles de radiación. Expertos y organizaciones antinucleares explicaron que el paso de vehículos pesados y movimientos militares removieron polvo contaminado acumulado en el suelo desde 1986.
La alarma volvió a activarse en febrero de 2025, cuando un dron impactó contra la cubierta protectora del reactor. Aunque no se registraron fugas, el episodio reforzó la idea de que una instalación de este tipo sigue expuesta en un escenario bélico.
Varios especialistas recuerdan, no obstante, que destruir deliberadamente una central nuclear tendría consecuencias imprevisibles incluso para quien ataque, ya que la dispersión radiactiva depende de factores meteorológicos y puede extenderse sin fronteras.
Zaporiyia, el otro gran riesgo
Pese al simbolismo de Chernóbil, numerosos analistas consideran que la mayor amenaza nuclear del conflicto está en la central de Zaporiyia, ocupada por Rusia desde 2022. Se trata de la planta nuclear más grande de Europa, con seis reactores en funcionamiento antes de la guerra.
La Agencia Internacional de la Energía Atómica mantiene inspectores sobre el terreno para supervisar las condiciones de seguridad e intentar evitar una escalada con consecuencias mayores.
Una herida que no se cierra
Cuarenta años después, Chernóbil es al mismo tiempo memorial, laboratorio y advertencia. Simboliza los riesgos de la opacidad política, los límites de la tecnología sin controles suficientes y la persistencia de los efectos radiactivos mucho después del desastre inicial.
La central dejó de producir electricidad hace años, pero su historia sigue plenamente viva.