Lula culmina una remontada histórica y encara su cuarto mandato limitado por un Congreso en contra

Lula revalida mandato con una remontada histórica y afronta un cuarto gobierno marcado por la polarización y un Congreso dominado por la derecha.

Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil. Paulo Lopes / Xinhua News / Europa Press

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El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha logrado este domingo renovar su mandato por cuarta vez tras imponerse al senador de ultraderecha Flávio Bolsonaro, en unos comicios ya catalogados como históricos al ser los primeros en los que el vencedor había quedado por detrás en la primera vuelta.

El dirigente brasileño ha superado ampliamente las previsiones de las encuestas más favorables, que apuntaban como máximo a un empate técnico. Finalmente, se ha alzado con el 51,79% de los sufragios, mejorando incluso el registro de las presidenciales de 2022, cuando el entonces mandatario Jair Bolsonaro, igual que ha hecho ahora su hijo, se negó a aceptar los resultados.

El regreso de la izquierda al Palacio de Planalto se produce en medio de una fuerte fractura política y social. En la noche electoral, Lula da Silva ha vuelto a apelar a la reconciliación y ha extendido la mano a quienes no le apoyaron. “Les quiero decir que una vez hemos ganado las elecciones, ya no tenemos adversarios. Tengo que gobernar para 215 millones”, ha afirmado el vencedor.

Esta polarización extrema anticipa grandes dificultades para la gobernabilidad, ya que, como en la legislatura anterior, el Ejecutivo tendrá que entenderse con un Congreso dominado por formaciones conservadoras, donde de nuevo el influyente bloque del “centrão” ejercerá como árbitro decisivo.

El nordeste brasileño, donde los programas sociales impulsados por Lula han tenido mayor impacto, ha vuelto a ser su gran bastión. En varios estados ha cosechado más del 60% de los votos, compensando buena parte de la ventaja inicial de Bolsonaro.

A este dominio en el nordeste se ha sumado la movilización en las periferias y áreas industriales de los grandes centros urbanos del sureste, como São Paulo y Río de Janeiro, además de la remontada en Minas Gerais, estado bisagra en el que, desde el retorno de la democracia, quien vence allí termina ganando las presidenciales.

La abstención, inferior al 20%, ha sido la más reducida en una segunda vuelta desde 2006. Este aumento de la participación ha resultado determinante para Lula, especialmente en zonas del nordeste como Bahía o su Pernambuco natal, donde en la primera vuelta muchos electores optaron por no acudir a las urnas.

La remontada se explica también por el rediseño de la estrategia electoral y una presencia más intensa en la calle, por el énfasis en la defensa de la democracia y de las instituciones para atraer al electorado menos ideologizado, y por medidas económicas recientes como la condonación de deudas a autónomos, el ajuste de los precios del combustible o la reducción de la jornada laboral, además de su sólido papel en los debates televisivos.

Grandes desafíos internos

En su anterior etapa, pese a no contar con mayorías propias, Lula ya demostró capacidad de negociación con estos grupos parlamentarios, sacando adelante iniciativas clave como una histórica reforma tributaria, el incremento del salario mínimo, un nuevo marco fiscal, más impuestos para las rentas altas, la reducción de la jornada laboral y la consolidación de programas sociales como la emblemática Bolsa Familia, con la que millones de brasileños han salido de la pobreza.

Sin embargo, el nuevo mandato arranca con retos de calado, empezando por la aprobación de unos presupuestos que equilibren el gasto social con la estricta disciplina fiscal exigida por los mercados. Brasil gasta actualmente más de lo que ingresa y está por ver cómo el Gobierno cubrirá ese desfase.

Lula ha sido reelegido prometiendo reforzar la red de protección social, con nuevas subidas salariales y más recursos para sanidad y educación. En este contexto, tendrá que volver a desplegar su habilidad negociadora para convencer a un Congreso que reclamará el cumplimiento del superávit fiscal, pero que previsiblemente bloqueará algunas vías de recaudación, como el aumento de impuestos a los más ricos.

Se anticipa también la resistencia de la bancada ruralista a los proyectos vinculados a la transición ecológica y a la protección de la Amazonía, así como a la regulación de las plataformas digitales, terreno en el que el bolsonarismo se mueve con soltura.

La seguridad pública se perfila igualmente como uno de los mayores exámenes del nuevo Ejecutivo. Consciente del rédito que la derecha obtiene del malestar por la delincuencia, Lula ha convertido este asunto en uno de los ejes de su campaña.

Su propuesta central pasa por una reforma constitucional que otorgue al gobierno federal más competencias y capacidad para articular una respuesta coordinada mediante un sistema único de seguridad pública, similar a un Ministerio del Interior, ya que en la actualidad la responsabilidad recae en gran medida en los estados.

El plan incluye además una ofensiva contra las finanzas ilícitas del crimen organizado, la modernización y el refuerzo de las fuerzas de seguridad y la construcción de nuevas prisiones.

El avance de la derecha en las legislativas celebradas en paralelo y el estrecho margen de la victoria de Lula reducen el espacio de maniobra del próximo gobierno, al tiempo que consolidan a los conservadores como un bloque cohesionado, con gran capacidad de movilización social y de control institucional.

Lula, referente de la izquierda latinoamericana

Estas elecciones confirman también la vigencia del liderazgo de Lula como principal referente de la izquierda en América Latina, en un momento en el que la mayoría de países de la región, salvo las pequeñas Uruguay y Guatemala, además de México, han girado hacia posiciones conservadoras, ultraderechistas o libertarias tras el triunfo de Abelardo de la Espriella, en Colombia, o Keiko Fujimori, en Perú, entre otros.

Con su reelección, se afianza como el único gran símbolo vivo de aquella “marea rosa” que impulsó a otros dirigentes progresistas hoy fallecidos o políticamente debilitados. A diferencia de liderazgos más confrontativos, Lula ha exhibido un pragmatismo que le ha permitido moverse entre las demandas de los movimientos sociales y los intereses de los grandes grupos económicos.

En este escenario, Lula se proyecta como contrapeso regional a la derecha que encarna el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien en materia de seguridad ya había dejado clara su intención de reactivar una política más intervencionista hacia los países situados al sur de la frontera, en línea con la vieja idea del “patio de atrás”.

No obstante, en la noche de su victoria, Lula ha insistido en que este es “una demostración de que este país no va a ser el patio de atrás de nadie”, reivindicando a Brasil como actor global capaz de combinar la defensa de su soberanía con unas relaciones fluidas con potencias como Estados Unidos y Europa, y reforzando el multilateralismo que viene defendiendo en los últimos años.