El periodista e historiador Miguel Ángel Villena recupera en su último trabajo la trayectoria de las primeras nueve diputadas que se sentaron en el Congreso durante la II República. En su libro “Republicanas: revolución, guerra y exilio de nueve diputadas” (Editorial Tusquets), el autor reconstruye sus biografías y se adentra también en la historia de aquellas mujeres, desde figuras muy conocidas hasta otras casi invisibles, que allanaron el camino hacia la democracia española y padecieron en carne propia el silencio, la represión y el exilio impuestos por la dictadura franquista.
Villena explica en declaraciones a Europa Press que su obra, una biografía “coral y entrelazada”, repasa las vidas de las diputadas Dolores Ibárruri, Clara Campoamor, Margarita Nelken, Victoria Kent, María Lejárraga, Matilde de la Torre, Julia Álvarez Resano, Venerada García-Blanco Manzano y Francisca Bohigas, así como la de otras “anónimas mujeres republicanas” que desempeñaron un papel clave en el feminismo de la época y en la profunda transformación política que vivió España entre 1931 y 1936.
Estas nueve parlamentarias —cinco socialistas, dos de izquierdas moderadas, una comunista y otra conservadora— encarnaron un movimiento sufragista y feminista que, según el investigador valenciano, fue “de arriba a abajo”. A diferencia de otros países, como el Reino Unido, donde el sufragismo surgió desde las calles, en España el impulso decisivo lo dieron “mujeres que habían nacido en la burguesía ilustrada”.
Entre las protagonistas, nombres como Ibárruri, apodada 'La Pasionaria' y convertida en “mito del comunismo internacional”; Campoamor, firme defensora del voto femenino; Kent, la segunda mujer española en colegiarse como abogada; o Lejárraga, destacada escritora, resultan familiares para el gran público. No obstante, Villena subraya que uno de los principales atractivos del libro es que “descubre a cinco diputadas e intelectuales” casi borradas de la memoria colectiva: Nelken, De la Torre, Resano, Manzano y Bohigas.
“LA DEMOCRACIA NO CAE DEL CIELO”
Al relatar sus trayectorias, el autor pretende reivindicar el valor de la memoria democrática y compartida. Las huellas de estas parlamentarias recuerdan que “la democracia no cae del cielo”, sino que “se conquista”, insiste Villena.
En esta línea, subraya que es “importante” conocer la historia reciente de España para “aprender de los errores y aciertos”, y aclara que evocar la II República o la dictadura “no trata de culpar a nadie”, sino de impedir que ese pasado se borre. También defiende la necesidad de recordar a los propios antepasados, “no solo las figuras famosas”. “Lo que hicieron nuestros abuelos o nuestras abuelas, lo que hicieron nuestros bisabuelos, en fin, a qué se dedicaron, en qué España vivieron”, añade.
LA DISCREPANCIA DEL SUFRAGIO
Villena relata además el intenso debate que mantuvieron las dos primeras diputadas, Victoria Kent y Clara Campoamor, en torno al sufragio femenino, una controversia que, según apunta, “la mayoría de gente no conoce”.
Kent defendía “que se aplazase (la votación por el sufragio femenino), porque consideraba que la mujer no estaba suficientemente preparada y que pesaría al final la opinión del marido o del cura”, mientras que Campoamor se mantuvo siempre “partidaria que las mujeres votasen” y lo sostuvo con firmeza en su discurso del 1 de octubre de 1931, fecha en la que se aprobó el voto femenino.
Más allá del sufragio, ambas participaron activamente en la redacción de la Constitución de 1931 y lograron “el reconocimiento del divorcio, de la igualdad jurídica y toda una serie de avances para las mujeres”.
Según detalla Villena, estos logros fueron posibles en parte gracias a la “libertad de voto” de la época: los diputados no estaban sometidos a una disciplina estricta de partido. De este modo, Campoamor y Kent no se vieron obligadas a convencer a un único grupo parlamentario, sino que pudieron apelar a la conciencia individual de representantes de distintas formaciones. En este contexto, el historiador recuerda que Bohigas —única diputada que tuvo la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA)— logró entrar en las listas porque “tenían bastante tirón en el electorado femenino”.
OCHO EXILIADAS Y BOHIGAS
Apenas siete años después de haber conquistado la presencia femenina en las urnas y en el Parlamento, ocho de las nueve diputadas se vieron obligadas a abandonar España para “rehacer y buscarse la vida”. Bohigas, en cambio, se alineó con la postura de su partido y respaldó el golpe militar del 18 de julio que encumbró al dictador Francisco Franco, y terminó redactando “guías para mujeres” en la Sección Femenina de la Falange Española y de las JONS.
El resto de las parlamentarias siguieron destinos diversos. Ibárruri marchó a la entonces Unión Soviética y solo regresó tras la muerte de Franco; Campoamor falleció en Suiza; Kent —que también sobrevivió al dictador— rehízo su vida en Nueva York, donde llegó a trabajar para la ONU; Lejárraga murió en Buenos Aires; De la Torre y Resano se establecieron en México; y Manzano, que igualmente residió en Ciudad de México, pudo regresar a Oviedo antes de su fallecimiento.
Casi todas cruzaron primero la frontera francesa, huyendo de un horizonte que, en su país, pasaba por el fusilamiento “en la pared de un cementerio” o por la cárcel “en el mejor de los casos”. Después tuvieron que “buscarse la vida y trabajo” en un exilio que, “en la mayoría de los casos fue bastante duro”.
“Todas murieron un poco con el dolor y con el drama de haber fallecido en el exilio y de no haber visto el regreso de la democracia en España”, concluye Villena, que recuerda que solo Kent, Ibárruri y Manzano “sobrevivieron a Franco”.