Hungría o cómo la democracia de imitación acaba fallando, aunque tarde

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, analiza en Demócrata sobre la situación de Hungría y el adiós de Orbán: "Hungría parecía sólida. Hasta que dejó de parecerlo. Y entonces apareció alguien que no encajaba"

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El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, durante la cumbre ‘Patriots’, en Hotel Marriott Auditorium, a 8 de febrero de 2025, en Madrid (Archivo) | Ricardo Rubio

El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, durante la cumbre ‘Patriots’, en Hotel Marriott Auditorium, a 8 de febrero de 2025, en Madrid (Archivo) | Ricardo Rubio

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Durante años, lo confieso, había algo casi fascinante en Viktor Orbán. No por lo que decía -que era bastante previsible- sino por lo que hacía. Había conseguido algo que muchos llevaban tiempo intentando sin éxito: vaciar la democracia sin necesidad de cargársela.

Era, en cierto modo, una obra de ingeniería política bastante refinada: nada de golpes de Estado, nada de tanques en la calle, nada de prohibiciones escandalosas. Solo una reconfiguración paciente del sistema: elecciones que se celebran, pero donde perder se vuelve cada vez más improbable; medios que existen, pero donde la disidencia se diluye; instituciones que siguen en pie, pero con el contenido cuidadosamente alterado. Una democracia de imitación. Un sucedáneo. Y lo más inquietante es que durante mucho tiempo funcionó.

Por eso su derrota no es simplemente una mala noche electoral. Es otra cosa: el momento en el que el truco deja de funcionar. Y cuando el truco deja de funcionar, el mago pierde algo más importante que el poder: pierde la credibilidad.

La gran idea y su éxito exportable

Orbán entendió antes que muchos que el problema de la democracia no era ganar elecciones, sino la posibilidad de perderlas. Y decidió corregir ese “fallo de diseño”.

El método fue tan simple como eficaz: no eliminar el sistema, sino inclinarlo. Cambiar reglas, ocupar instituciones, domesticar contrapesos, concentrar poder económico en aliados. Todo legal. Todo gradual. Todo defendible en público con una frase que se repite como un mantra: “la gente vota”.

Y sí, la gente votaba. Lo que no se decía es que votaba en un campo inclinado, con árbitros designados y con un resultado cada vez más previsible. Eso no es exactamente una dictadura. Es algo más incómodo: una democracia vaciada desde dentro. Y precisamente por eso era tan atractiva.

El modelo húngaro de autoritarismo competitivo, en el que se mantienen elecciones formales, pero profundamente desequilibradas, frente al autoritarismo consolidado, que elimina o vacía de contenido cualquier competencia real por el poder, no se quedó en Hungría. Se convirtió en referencia.

Para la derecha populista europea, era una hoja de ruta: cómo consolidar poder sin renunciar a la legitimidad electoral. Para el ecosistema político estadounidense más cercano al trumpismo, era la prueba de que el sistema podía estirarse mucho más de lo que parecía. Para algunos liderazgos latinoamericanos, era simplemente la confirmación de algo ya conocido: que las instituciones son más maleables de lo que dicen los manuales. Y luego estaba el envoltorio ideológico: la guerra cultural.

Orbán convirtió la política en un conflicto identitario permanente. Nación, inmigración, valores tradicionales, soberanía… todo ello frente a un enemigo tan difuso como útil: Bruselas, las élites, los medios… y, cómo no, el omnipresente “wokismo”. Un concepto suficientemente elástico como para servir para casi todo y, sobre todo, para evitar entrar en detalles incómodos. Funcionaba. Movilizaba. Simplificaba… hasta que dejó de bastar.

Cuando la realidad deja de encajar en el relato

Todos estos sistemas comparten una promesa implícita: menos democracia, pero más eficacia. Menos ruido, más resultados. El problema es que esa promesa tiene fecha de caducidad.

En Hungría, empezó a notarse cuando la economía dejó de acompañar: inflación, pérdida de poder adquisitivo, crecimiento más débil y un detalle nada menor como que los fondos europeos que durante años lubricaron el sistema empezaron a bloquearse.

Ahí es donde el relato empieza a tener problemas. Porque la realidad, aunque comunique peor, insiste más. Puede controlar el discurso, pero no el precio de la compra. Se puede dominar el ecosistema mediático, pero no el malestar cotidiano. Y cuando la experiencia diaria contradice lo que te dicen, el sistema entra en una fase peligrosa: la gente empieza a desconectar y un sistema basado en el control necesita, paradójicamente, que la gente no desconecte demasiado.

Ahí es donde empiezan los problemas de verdad. La corrupción no apareció de repente. Siempre estuvo ahí. Era parte del mecanismo, pero durante mucho tiempo fue percibida como algo difuso, casi estructural. Hasta que dejó de serlo.

Cuando los ciudadanos empiezan a ver que el poder político y la acumulación de riqueza van de la mano, y que esa relación no les incluye, la tolerancia se evapora. La red de lealtades deja de parecer estabilidad y empieza a parecer extracción. El sistema ya no protege, el sistema se aprovecha. Y en ese momento, ni el mejor control mediático basta. El sistema dejó de parecer protector. Empezó a parecer parasitario.

El fallo del sistema y la variable inesperada

Aquí Orbán comete el mismo error que tantos antes. Cuando controlas demasiado, acabas viendo demasiado poco. Reducir la crítica, filtrar la información, rodearse de leales… todo eso estabiliza a corto plazo, pero vuelve ciego al sistema. Y un sistema ciego puede funcionar durante mucho tiempo… hasta que deja de hacerlo de golpe. Hungría parecía sólida. Hasta que dejó de parecerlo. Y entonces apareció alguien que no encajaba.

La oposición llevaba años denunciando lo evidente: denunciar, alertar, advertir, sin resultados. Porque, en parte. jugaba dentro del marco que el propio Orbán había diseñado.

Péter Magyar rompe ese esquema por una razón incómoda: viene de dentro. No es fácil etiquetarlo, ni demonizarlo, ni integrarlo en el relato habitual y convertirlo en enemigo. Y eso le permitía hacer algo muy peligroso para el poder: hablarle a gente que antes no escuchaba. No prometía una revolución. No planteaba un choque ideológico frontal,  porque ideológicamente en nada diferían. Ofrecía algo mucho más desestabilizador: normalidad. Instituciones que funcionen, corrupción que se persiga, relaciones previsibles con Europa. Nada épico. Precisamente por eso, efectivo.

El problema de fondo: el modelo deja de parecer inevitable

Durante años, Hungría ha sido el ejemplo favorito de quienes sostenían que la democracia liberal estaba agotada. Allí estaba el ejemplo: un sistema más controlado, aparentemente más estable, un anticipo del futuro. Ahora ese argumento tiene una grieta. Si el modelo funciona tan bien, ¿por qué ha perdido? Y si puede perder, ¿hasta qué punto es realmente un modelo?

La respuesta no es que el iliberalismo sea imposible. Es algo más incómodo: no es infalible y en política, la diferencia entre lo inevitable y lo cuestionable lo cambia todo: cuando un sistema deja de parecer inevitable, empieza a ser cuestionado incluso por quienes lo apoyaban.

La derrota de Orbán no se queda en Budapest. En Europa, introduce una duda en quienes veían este camino como una opción segura. En Estados Unidos, cuestiona la idea de que se puede tensar y manipular una democracia indefinidamente sin consecuencias. En América Latina, reabre un debate antiguo: cuánto se puede vaciar un sistema político antes de que deje de responder. Y, de paso, desmonta una ilusión bastante extendida: que la guerra cultural basta para gobernar. Moviliza, sí. Pero no sustituye a la realidad.

Europa, el después y la conclusión incómoda

Para la Unión Europea, la salida de Orbán es un respiro evidente. Menos bloqueo, menos chantaje, más margen, pero también es un recordatorio incómodo: el problema no era solo Orbán. Era que el sistema permitió que Orbán existiera durante tanto tiempo. Celebrar la derrota está bien. Evitar la repetición sería mejor.

Y ahí empieza lo difícil. O que se lo digan a Polonia. Sin duda Magyar limpiará el sistema instaurado por Orbán: caerán cabezas, puede haber procedimientos legales para modificar lo ya echo y, al menos en un primer momento, será menos combativo en Bruselas y más propenso a hacer concesiones en interés de Hungría. Pero desmontar un sistema iliberal no es simplemente hacer lo contrario. Implica reconstruir instituciones erosionadas sin caer en las mismas lógicas de poder: mayorías amplias, tentación de intervenir rápido, presión por resultados inmediatos. Es una cirugía, no una alternancia.

El riesgo no es solo fracasar. Es hacerlo de forma que valide el argumento iliberal: que todos acaban jugando igual. Porque aquí está la clave: el iliberalismo no ha muerto. Ha perdido esta batalla y la ha perdido de forma significativa. Pero no ha desaparecido. Sus causas siguen ahí: desconfianza, desigualdad, fatiga democrática, simplificación del conflicto político. Lo que sí ha perdido es su aura de invulnerabilidad. Y eso importa, pero no basta.

Lo que sí toca hacer

Si algo deja claro Hungría es que estos sistemas no se derrotan solo con discursos ni con alarmas morales. Se derrotan cuando la realidad les pasa factura… y cuando hay alternativas creíbles.

Y aquí viene la parte menos épica, pero más necesaria. Frente al iliberalismo no basta con indignarse. Hay que hacer cosas bastante menos vistosas y mucho más difíciles: más transparencia en las decisiones políticas, para que el poder no pueda esconderse detrás del relato. Menos cainismo, porque pocas cosas le hacen más el trabajo al iliberalismo que democracias fragmentadas incapaces de cooperar. Más refuerzo institucional, aunque sea lento, poco rentable en términos electorales y no dé titulares ni votos inmediatos. Más liderazgo democrático, del que asume costes en lugar de esquivarlos. Y, sobre todo, más participación ciudadana. Porque estos sistemas prosperan cuando la gente se retira y empiezan a fallar cuando la gente vuelve.

Hungría ha demostrado que una democracia puede degradarse poco a poco y también que puede recuperarse. Pero entre una cosa y otra hay una diferencia fundamental: la segunda exige esfuerzo, liderazgo y concienciación, virtudes cada vez más escasas en la política actual.