Mali vuelve a entrar en una fase crítica de inestabilidad. El ministro de Defensa, Sadio Camara, ha fallecido este sábado en un ataque contra su residencia dentro de la base militar de Kati, a las afueras de Bamako, según informó la radio francesa RFI. El asalto ha sido atribuido al JNIM (Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes), organización vinculada a Al Qaeda y una de las principales amenazas armadas del Sahel.
La muerte de Camara supone uno de los golpes más duros recibidos por la junta militar maliense desde su llegada al poder y confirma que el conflicto ha dejado de concentrarse únicamente en el norte del país para alcanzar directamente el corazón del régimen.
Un ataque coordinado contra el poder
La ofensiva no fue un hecho aislado. Según distintas fuentes, el asalto formó parte de una operación simultánea lanzada por el JNIM junto al Frente de Liberación del Azawad (FLA), nueva plataforma insurgente de inspiración separatista en el norte del país.
Ambos grupos habrían actuado de forma coordinada para atacar objetivos estratégicos: la residencia del presidente Assimi Goita, la del ministro de Defensa, el aeropuerto internacional de Bamako y otras posiciones militares en el centro del país.
Mientras los secesionistas centraban su acción en el norte, especialmente en la ciudad de Kidal, los yihadistas extendieron la ofensiva hasta la capital y otras zonas sensibles.
El regreso del fantasma de 2012
El ataque recuerda al escenario que desestabilizó Mali en 2012, cuando una alianza entre rebeldes tuareg e islamistas tomó gran parte del norte del país. Aquel año, el Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA) lanzó una ofensiva que permitió la caída de ciudades como Gao, Tombuctú y Kidal.
La incapacidad del Gobierno para responder provocó un golpe de Estado en Bamako, seguido por la proclamación unilateral de independencia del Azawad, una inmensa región desértica que representa cerca de dos tercios del territorio maliense.
Poco después, los grupos yihadistas desplazaron a los secesionistas y comenzaron a imponer la sharía, lo que llevó a la intervención militar francesa en 2013 con la Operación Serval.
Una junta militar cada vez más presionada
Entre 2020 y 2021, Mali sufrió dos golpes de Estado que consolidaron en el poder a la actual junta militar encabezada por Assimi Goita. Desde entonces, el país se ha distanciado de Francia y otros socios occidentales, estrechando vínculos con Rusia.
Moscú ha respaldado al régimen primero mediante el grupo Wagner y después con el Africa Corps, una estructura paramilitar ligada al Ministerio de Defensa ruso.
Sin embargo, lejos de estabilizar el país, los grupos armados han ampliado su influencia. Tanto JNIM como el Estado Islámico en el Gran Sáhara se han expandido por amplias zonas del territorio.
Toque de queda y crisis de seguridad
Tras la ofensiva, las autoridades malienses anunciaron haber neutralizado a “cientos de terroristas”, aunque no han ofrecido balances independientes. La junta ha decretado además tres días de toque de queda en Bamako, reflejo de la gravedad de la situación.
La muerte del ministro de Defensa y la capacidad de los insurgentes para golpear instalaciones clave dejan en evidencia las debilidades del aparato estatal y del sistema de seguridad desplegado en torno a la capital.
Mensaje contra Rusia
Tanto el FLA como el JNIM habrían aprovechado sus comunicados posteriores al ataque para reclamar la salida de la influencia rusa del país y pedir a Moscú que revise su apoyo al régimen militar.
Ese mensaje busca explotar una realidad creciente en el Sahel: la percepción de que la presencia extranjera, sea occidental o rusa, no ha logrado frenar la violencia.
El futuro de Mali, abierto
Analistas regionales consideran que la ofensiva marca una nueva fase del conflicto, más coordinada, ambiciosa y centrada en desestabilizar directamente al poder central. Ya no se trata solo de controlar zonas rurales o ciudades del norte, sino de desafiar al régimen en Bamako.
La muerte de Sadio Camara simboliza ese salto estratégico. Mali afronta ahora una pregunta decisiva: si la junta militar será capaz de contener la amenaza o si el país vuelve a entrar en una espiral semejante a la de 2012, esta vez con actores aún más fortalecidos.