4 de julio: Por qué Jefferson sigue siendo necesario

Irene Correas, profesora adjunta de Derecho Constitucional en la Universidad San Pablo CEU, analiza en Demócrata el significado político del Día de la Independencia de Estados Unidos y la vigencia del legado de Thomas Jefferson en la construcción de la libertad constitucional

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Irene Correas Sosa es Doctora en Derecho y profesora adjunta de Derecho Constitucionalen la Universidad San Pablo CEU

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No somos legión, sobre todo fuera de los Estados Unidos los que admiramos a Jefferson, de quién muchos sólo llegarían a encuadrar como el tercer presidente de los Estados Unidos -en el mejor de los casos, visto lo que el revisionismo histórico intentó hace poco con su figura-.

Quedarnos sólo en su papel como presidente es obviar una de las mentes más talentosas del pensamiento político y, seguramente, de la historia estadounidense. Su figura, pensamiento y aportación a la democracia liberal es tan capital que, seguramente cegada por nuestra filia al pensador de Virginia- nos resulta sorprendente que no se resalte su papel ahora que celebramos el 250 aniversario del nacimiento de los Estados Unidos.

Hemos visto el espectáculo que la celebración merece, los fuegos artificiales, la retórica de la libertad y los grandes fastos organizados por un gobierno y, sobre todo, una Nación orgullosa de su origen que muchos observamos con profunda envidia.

Pero desde la admiración por aquellos que le dieron forma, y en particular por la figura de Thomas Jefferson, sorprende que no ocupen estos un mayor protagonismo y, sobre todo, no se aproveche la efeméride para mostrar al resto del mundo la grandeza de los hombres que reunidos en Filadelfia en el verano de 1776 dieron origen a los Estados Unidos. Y, con ello, la forma de articular la ruptura con los británicos -inevitable una vez desde Westminster confundían lealtad de vasallaje- con base en un texto y un lenguaje que consagró principios, y, al hacerlo, escribieron, a nuestro juicio, el texto fundacional del constitucionalismo liberal con una claridad y profundidad que aún hoy ningún otro ha superado, ni mejorado.

Los delegados de las colonias reunidos en el Pennsylvania State House – el Independence Hall actualmente-  no eran revolucionarios en el sentido tradicional, y de ahí que no se reunieron para destruir el orden, paradójicamente lo hicieron para defenderlo frente a una metrópoli que lo había subvertido. No fue una rebelión contra la autoridad sin más, fue contra la autoridad sin respeto al individuo, sin guía por el principio de representación, sin frenos, y sin respeto a los derechos que los colonos consideraban suyos por herencia.  La apelación a "no taxation without representation" como respuesta a la ley del timbre de 1765 y otras normas de los británicos que obligaban a pagar tributos sin tener representantes en el parlamento británico, no era demagogia, era ya doctrina constitucional y así se convirtió en motor ideológico de la revolución americana.

Jefferson fue uno de ellos. Tenia treinta y tres años cuando redactó la Declaración de independencia. De alta formación, jurídicamente era deudor del common law de Virginia, era conocedor de Locke y Montesquieu, y ya había defendido los derechos de los colonos dos años antes en su Visión sucinta de los derechos de la América Británica.

Uno de los aspectos más destacable es que el punto de partida de su pensamiento, y se ve en este texto, no es la comunidad, tampoco la nación, sino el individuo. Un individuo concreto, sujeto de derechos y de responsabilidades, cuya soberanía no reside en ninguna institución sino en sí mismo, y que la delega en sus gobernantes pudiendo retirarla cuando estos la traicionan. De ahí también la importancia que daba a la educación: sin individuos bien formados no hay sociedad bien organizada ni gobierno digno de ese nombre.

Esta convicción lo llevó a defender la limitación del poder, no sólo la división funcional entre ejecutivo, legislativo y judicial, sino también la territorial. Defendió siempre la autonomía de los estados frente al gobierno federal, convencido de que la administración más cercana al ciudadano es la que mejor puede servirle. La centralización, en cambio, es históricamente una amenaza a la libertad. Lo que, sirva de apunte, le enfrentó a Hamilton.

Es interesante destacar también su posición sobre la libertad económica, y, por tanto, sobre el gasto público. Para Jefferson, la libertad económica no era separable de la libertad política. Y la contención del gasto público era una condición material de la independencia del ciudadano. Un Estado que grava excesivamente el trabajo o acumula deuda convierte a sus ciudadanos en tributarios del poder, no en sujetos libres.

En el mundo occidental, y España muy en particular, donde llevamos años asistiendo a la erosión sistemática de los frenos institucionales – desde el ataque al poder judicial, o el cuestionamiento de la igualdad ante la ley en nombre de los géneros o las plurinacionalidades-, la lectura de Jefferson y la celebración de la Declaración de Independencia no es nostalgia, es necesidad.

La centralización del poder que él combatió, la confusión entre legalidad y legitimidad que denunció, la supeditación de los derechos individuales a mayorías circunstanciales es lo que los padres fundadores intentaron conjurar hace ya más de 200 años.

Jefferson hoy resulta incómodo: es individualista, desconfía del Estado, y está convencido de que la libertad no es una concesión del poder sino un límite frente a él. Sus ideas sobre los derechos individuales, la limitación del poder y el papel del Estado resultan tan contemporáneas que al releerlas oscilamos entre la admiración y el desconsuelo. La admiración por la claridad con que las formuló. El desconsuelo por comprobar que seguimos debatiendo exactamente lo mismo.

Quizás por eso el 4 de julio no es sólo una fiesta americana. Es el recordatorio de que la libertad no se hereda: se elige, se defiende y, si hace falta, se reconquista.

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