Rusia intensifica la guerra de desgaste con el mayor ataque sobre Kiev en meses

El lanzamiento simultáneo de centenares de drones y decenas de misiles refleja la transformación del conflicto hacia una guerra industrial de largo alcance. La Alianza Atlántica condena la ofensiva, pero el Tratado sigue limitando cualquier intervención militar directa

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Consecuencias de un ataque ruso en Zaporiyia. Europa Press/Contacto/Dmytro Smolienko

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Durante la madrugada del 2 de julio, Rusia lanzó uno de los ataques más intensos contra Kiev desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022. Según las autoridades ucranianas, la ofensiva combinó 496 drones de ataque y 74 misiles, incluidos misiles balísticos, provocando al menos una veintena de fallecidos y decenas de heridos en la capital ucraniana.

La magnitud del ataque no solo destaca por el número de víctimas o por los daños materiales causados en edificios residenciales, centros educativos, instalaciones sanitarias y otras infraestructuras civiles. También confirma una tendencia cada vez más evidente: la invasión rusa en Ucrania está cambiando de naturaleza.

Lejos de parecerse a los conflictos convencionales del siglo XX, el enfrentamiento ha evolucionado hacia una combinación de guerra de desgaste industrial, ataques de precisión a larga distancia y empleo masivo de sistemas no tripulados.

Más de cuatro años de guerra y miles de víctimas

Calcular el número exacto de fallecidos desde el inicio de la invasión continúa siendo una tarea prácticamente imposible.

La cifra más fiable corresponde a los civiles cuya muerte ha podido ser verificada por la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR). En un informe publicado por la OHCHR en mayo de 2026, la organización confirmaba 16.126 civiles fallecidos y 46.590 heridos desde el inicio de la invasión rusa en Ucrania, aunque reconoce que el número real es significativamente superior debido a la imposibilidad de verificar muchas muertes ocurridas en territorios ocupados o zonas de combate activo.

Las cifras militares son todavía más inciertas.

Un estudio publicado recientemente por el Center for Strategic and International Studies (CSIS) estima en un informe publicado el 1 de julio que desde febrero de 2022 el conflicto habría provocado más de dos millones de bajas militares entre muertos y heridos. Según sus cálculos, Rusia habría sufrido entre 400.000 y 450.000 muertos, mientras que las bajas mortales ucranianas oscilarían entre 125.000 y 150.000 soldados.

Aunque estos datos son estimaciones y no cifras oficiales, el CSIS ilustra la enorme dimensión humana de una guerra que ya supera ampliamente los cuatro años de duración.

¿Cómo está cambiando el warfare (el modo de hacer la guerra)?

Uno de los aspectos más relevantes del ataque sobre Kiev es que confirma las conclusiones de numerosos centros de análisis estratégicos como el CSIS, el Royal United Services Institute (RUSI) o diversos estudios publicados por el Instituto Español de Estudios Estratégicos sobre la evolución tecnológica del combate moderno. Desde que inició la guerra, la manera de combatir en el frente esta cambiando: cada vez hay menos exposición humana y más combate a distancia. 

En esta línea, Rusia juega una estrategia de saturación y desgaste, combinando: 

  • Ataques masivos con drones de bajo coste.
  • Misiles de precisión de largo alcance.
  • Guerra electrónica.
  • Producción militar a escala industrial.

La cuestión está en que Rusia no puede mantener la guerra y por eso debe operar estratégicamente con los diferentes recursos de los que dispone. Así pues, su objetivo consiste en saturar las defensas aéreas ucranianas, obligando a Kiev a emplear interceptores mucho más caros que los drones que intenta derribar. La lógica es económica además de militar: desgastar las capacidades defensivas ucranianas y forzar a Occidente a sostener un esfuerzo financiero cada vez mayor.

Por otro lado, la estrategia ucraniana consiste en democratizar el ataque solicitando ayuda a otros actores internacionales, como la OTAN, la UE o Estados Unidos (aunque el apoyo estadounidense varía segun los designios de Trump). 

Ante la superioridad rusa en aviación y artillería, Kiev ha desarrollado una estrategia basada en:

  • Drones de largo alcance.
  • Ataques contra infraestructuras energéticas rusas.
  • Operaciones de sabotaje.
  • Producción nacional descentralizada de sistemas no tripulados.

Durante 2025 y 2026, Ucrania ha incrementado significativamente los ataques contra depósitos de combustible, aeródromos militares y refinerías situadas a cientos de kilómetros del frente. La consecuencia es que ambos países han trasladado buena parte de la guerra a sus respectivas retaguardias.

Todo ello refleja una conclusión: La guerra del futuro no será exclusivamente tecnológica ni convencional, sino una combinación de ambos modelos de combate. Por un lado, están reapareciendo elementos propios de la I y II Guerras Mundiales, como las trincheras, artillería masiva, movilización de recursos y desgaste prolongado. Y por otro lado, se hace uso de tecnologías modernas capaces de transformar radicalmente el campo de batalla que alejan el riesgo de los militares operadores de drones autónomos, inteligencia artificial, vigilancia permanente y ataques de precisión a larga distancia.

La guerra en Ucrania no está sustituyendo las formas tradicionales de combatir. Está demostrando que las guerras del futuro probablemente combinarán lo más antiguo y lo más moderno de la historia militar.

¿Qué dice el Derecho Internacional sobre este tipo de ataques?

Las guerras están prohíbidas por el Derecho Internacional Humanitario, recogido por los Convenios de Ginebra de 1949 y el Protocolo Adicional I de 1977. Solo se puede recurrir a ellas en situaciones muy determinadas: 

  • En legítima defensa (artículo 51 de la Carta de la ONU). El artículo 51 reconoce el "derecho inherente de legítima defensa individual o colectiva" cuando un Estado es víctima de un ataque armado.
  • Cuando el Consejo de Seguridad de la ONU la autorice. El Capítulo VII de la Carta de la ONU permite que el Consejo de Seguridad autorice el uso de la fuerza cuando considere que existe una amenaza a la paz, un quebrantamiento de la paz o un acto de agresión.
  • Legítima defensa colectiva (artículo 51 de la Carta de la ONU). Este artículPermite que otros Estados ayuden militarmente a un país que ha sido atacado.

Además, el Derecho Internacional Público estipula los siguientes principios para cuando se dé una guerra:

  1. Principio de distinción. Según lo estipulado en el artículo 48 del Protocolo de 1977, se obliga a distinguir en todo momento entre objetivos militares y población civil. Los ataques deben dirigirse exclusivamente contra objetivos militares.
  2. Principio de prohibición de los ataques indiscriminados. En lo dispuesto en el artículo 51 del Protocolo, se prohíben aquellos ataques que no puedan dirigirse contra un objetivo militar concreto o cuyos efectos no puedan limitarse adecuadamente. Un ejemplo de tecnologías prohíbidas por este artículo son las bombas de racimo o el gas mostaza. 
  3. Principio de proporcionalidad. Recogido en el artículo 51.5.b del Protocolo, se establece que un ataque puede considerarse ilícito si los daños previsibles sobre civiles son excesivos en relación con la ventaja militar esperada.
  4. Principio de protección de bienes civiles. En lo estipulado por el artículo 52 del Protocolo, se protegen las infraestructuras civiles que no contribuyan directamente al esfuerzo militar.

Una guerra cada vez más tecnológica y menos limitada al frente

El ataque sobre Kiev esta madrugada confirma que la guerra ha entrado en una nueva fase. Las grandes ofensivas terrestres siguen existiendo, pero cada vez comparten protagonismo con campañas de drones, misiles y ataques contra infraestructuras estratégicas situadas a cientos de kilómetros de la línea de combate.

La capacidad para producir drones en masa, sostener defensas antiaéreas y mantener la industria militar funcionando se está convirtiendo en un factor tan decisivo como el control del territorio. Más de cuatro años después del inicio de la invasión, Rusia y Ucrania ya no solo luchan por conquistar posiciones en el frente. También compiten por resistir una guerra de desgaste industrial, tecnológica y económica cuyo final sigue sin vislumbrarse.

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