Uno de estos nueve nombres sucederá a Trump en la presidencia de Estados Unidos de 2028: ¿quién puede ganar?

El próximo presidente de Estados Unidos puede estar hoy en la vicepresidencia, en un Gobierno estatal o en un escaño del Congreso. También puede ser alguien que ya intentó llegar a la Casa Blanca y fracasó. Las elecciones presidenciales de 2028 se celebrarán el 7 de noviembre, pero la disputa por decidir quién aparecerá en las papeletas empieza mucho antes

El senador demócrata por Georgia, Jon Ossoff  Robin Rayne / Zuma Press / Europa Press

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Media a 7 de noviembre de 2026 · 11 institutos

  • PP31,0 %
  • PSOE26,2 %
  • Vox19,5 %
  • Frente Amplio6,6 %
  • ERC2,4 %
  • SALF2,2 %
  • Podemos2,1 %
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Media del último estudio de cada instituto en 30 días y su evolución semanal desde el 23J. Partidos con al menos un 2 %.

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El próximo presidente de Estados Unidos podría estar entre estos nueve nombres. Las elecciones de 2028 obligarán a los republicanos a buscar un relevo para Donald Trump y enfrentarán a los demócratas a una decisión distinta: recuperar a una figura conocida o apostar por otro liderazgo. Vance, Ossoff, Harris y Rubio aparecen en una carrera que todavía no tiene candidaturas definitivas ni un favorito indiscutible

Hay una diferencia respecto a las últimas campañas: Donald Trump no puede volver a ser elegido bajo la Constitución vigente. La Vigesimosegunda Enmienda impide que una persona sea elegida presidente más de dos veces, aunque los mandatos no hayan sido consecutivos. Su nombre podrá seguir condicionando las primarias republicanas; una tercera elección presidencial está constitucionalmente vetada. 

La renovación del Congreso ha acelerado las conversaciones sobre el relevo. Reuters describe un campo demócrata abierto, con numerosos dirigentes valorando sus opciones, mientras los republicanos afrontan la dificultad de conservar a los seguidores de Trump y recuperar a los votantes que se han alejado del partido.

Los nueve perfiles siguientes son una selección de posibles aspirantes, no una lista cerrada de candidatos. Su interés está en que representan caminos diferentes hacia la presidencia. Unos pueden presentarse como herederos; otros, como una rectificación. Y lo que sirve para ganar unas primarias no siempre basta para vencer después al partido contrario.

JD Vance: el vicepresidente que necesita una voz propia

JD Vance ocupa la posición más visible entre los posibles sucesores republicanos. La vicepresidencia le proporciona exposición nacional y una vinculación directa con la Administración de Trump. También le atribuye parte de su balance.

Su candidatura tendría que responder a una pregunta difícil: qué continuaría y qué cambiaría. Defender sin matices al presidente puede facilitar la conexión con sus seguidores, pero limita la capacidad de ofrecer una nueva etapa a los electores descontentos.

Romper demasiado pronto plantea el problema contrario. Vance necesitaría construir una identidad propia sin convertir esa operación en una confrontación con el dirigente que conserva una enorme influencia sobre el partido. Esa tensión entre continuidad y autonomía marcaría su carrera, si finalmente decide presentarse.

Jon Ossoff: demostrar que Georgia puede ser una plataforma nacional

El senador Jon Ossoff ofrece a los demócratas un argumento territorial: su trayectoria electoral se ha construido en Georgia, un estado central en la disputa entre ambos partidos. Su posible candidatura permitiría defender que el camino hacia la Casa Blanca pasa por competir donde el resultado no está asegurado.

La cuestión es cuánto de ese atractivo puede trasladarse al resto del país. Ganar una elección al Senado y organizar una candidatura presidencial son pruebas diferentes. La segunda exige recaudar, reclutar equipos y persuadir a votantes con prioridades muy distintas en una sucesión de primarias.

Ossoff figura entre los nombres que identifica el Council on Foreign Relations para 2028. Su presencia en esas listas acredita interés político, no una decisión de competir. El salto pendiente es convertir una posición destacada en el Senado en una propuesta nacional reconocible.

Marco Rubio: experiencia para ofrecer un relevo sin ruptura

Marco Rubio combina una trayectoria en el Senado, una campaña presidencial anterior y su actual responsabilidad como secretario de Estado. Es un perfil distinto al de Vance: puede invocar experiencia diplomática y un conocimiento prolongado del Partido Republicano.

Esa experiencia sería un activo, pero también lo vincula a las decisiones internacionales de la Administración. No podría presentarse ante los votantes como un observador ajeno a su política exterior.

Su espacio potencial estaría en quienes buscan continuidad republicana con otro estilo de liderazgo. El obstáculo consiste en convencerles de que ofrece una alternativa propia y, al mismo tiempo, reunir suficiente apoyo dentro de un partido cuya transformación ha estado dominada por Trump.

Kamala Harris: la ventaja de ser conocida y el peso de haber perdido

Kamala Harris parte con un grado de reconocimiento que otros aspirantes tendrían que construir durante meses. Fue vicepresidenta y candidata presidencial en 2024. Los votantes saben quién es; el desafío sería explicar por qué una nueva campaña tendría un resultado diferente.

Su posible regreso obligaría a los demócratas a evaluar dos cosas a la vez: los recursos y la experiencia que aporta, y la conveniencia de volver a presentar a quien perdió frente a Trump.

Harris no ha cerrado su futuro. Tras las elecciones legislativas, trasladó a Associated Press que quiere desempeñar un papel, independientemente de que decida competir de nuevo. Esa formulación deja abierta la candidatura sin darla por anunciada.

Para ella, la prueba no sería volver a presentarse ante el país. Sería lograr que el país la mirase de otra manera.

Gavin Newsom: salir de California sin dejar de responder por ella

Gavin Newsom dispone de experiencia ejecutiva y de una plataforma política que trasciende California. Su nombre aparece desde hace tiempo en las conversaciones sobre el futuro demócrata.

Una candidatura suya llevaría al debate nacional el balance de su gestión. Sus rivales tendrían a mano cuestiones como la vivienda, el coste de la vida o la situación de las personas sin hogar. Su campaña tendría que explicar qué parte de la experiencia californiana propone extender y qué problemas considera pendientes.

El reto es especialmente relevante para un gobernador: una trayectoria estatal puede demostrar capacidad de gestión, pero también ofrece un historial concreto que examinar. Newsom necesitaría que los votantes de otros territorios encontraran respuestas para sus propias circunstancias, más allá de su enfrentamiento político con Trump.

Alexandria Ocasio-Cortez: convertir influencia en una mayoría

Alexandria Ocasio-Cortez representa otra vía para los demócratas. Llegó al Congreso después de derrotar en las primarias de 2018 a Joe Crowley, un dirigente consolidado del partido, y asumió el escaño en enero de 2019. Su carrera comenzó demostrando que una estructura aparentemente fuerte podía ser derrotada desde dentro. 

Una candidatura presidencial sometería esa experiencia a una escala diferente. Tendría que transformar su influencia política y su identificación con el ala progresista en una coalición capaz de competir en estados con electorados muy distintos.

La pregunta para Ocasio-Cortez sería hasta dónde puede ampliar su apoyo manteniendo las posiciones que la han hecho reconocible. Para el partido, su eventual candidatura abriría una discusión sobre el programa con el que pretende recuperar la presidencia, además de sobre la persona que debe encabezarlo.

Josh Shapiro: el argumento de Pensilvania

Josh Shapiro tiene una baza fácil de explicar en unas primarias: gobierna Pensilvania, uno de los estados donde se decide una parte importante de la competición presidencial.

Eso permite plantear una candidatura desde la experiencia de disputar un territorio que ambos partidos necesitan. Es un argumento diferente al de la notoriedad nacional o la fuerza dentro de una corriente ideológica.

Pero una victoria estatal no se convierte automáticamente en una victoria presidencial. Shapiro tendría que trasladar su perfil de gobernador a debates nacionales y construir una organización que funcionase fuera de Pensilvania.

Su posible candidatura pondría a prueba una hipótesis recurrente entre los demócratas: que elegir a alguien competitivo en un estado disputado puede ayudar a reunir la coalición necesaria para ganar el país.

Pete Buttigieg: una segunda oportunidad con más experiencia

Pete Buttigieg ya conoce una campaña presidencial. Fue alcalde de South Bend, compitió por la nominación demócrata en 2020 y posteriormente dirigió el Departamento de Transportes durante la presidencia de Joe Biden.

Su trayectoria le permitiría volver con experiencia federal añadida a la municipal. El Instituto de Política de la Universidad de Chicago recoge también su servicio militar en Afganistán y su victoria en delegados en los caucus demócratas de Iowa de 2020. 

El reto de una nueva candidatura sería ampliar la coalición que logró entonces. Haber competido antes facilita conocer el proceso, pero también deja una referencia con la que comparar la siguiente campaña.

Buttigieg tendría que demostrar que esta vez puede sostener su apoyo más allá de los primeros estados y reunir los delegados necesarios para ganar la nominación.

Ron DeSantis: volver después de no haber podido con Trump

Ron DeSantis representa la posibilidad de un segundo intento republicano desde fuera de la Administración federal. Su perfil está ligado al Gobierno de Florida y a una trayectoria conservadora propia.

Para él, 2028 ofrecería una competición distinta a la de 2024: Trump no puede volver a ser elegido. Eso elimina al rival que dominó aquella carrera, pero no garantiza que desaparezcan las dificultades de su candidatura anterior.

DeSantis tendría que justificar por qué ahora puede reunir el apoyo que entonces no consiguió. También necesitaría encontrar espacio entre una candidatura de continuidad desde Washington y otras alternativas republicanas.

Su oportunidad dependería de que el partido buscase un relevo con experiencia ejecutiva estatal. Su problema sería convencerlo de que esa renovación debe encabezarla alguien que ya tuvo una ocasión.

Qué dicen las encuestas y por qué todavía no eligen al favorito

Los sondeos tempranos ofrecen una fotografía del reconocimiento y las preferencias actuales, pero los resultados cambian mucho entre estudios.

La recopilación de RealClearPolling muestra, por ejemplo, que Harvard-Harris situaba a Kamala Harris en el 34% de las preferencias demócratas en su encuesta del 24 al 26 de octubre. AtlasIntel, con trabajo de campo del 31 de octubre al 1 de noviembre, la colocaba en el 13%, por detrás de Ossoff y Ocasio-Cortez, ambos con el 18%.

La diferencia también aparece entre los republicanos. Harvard-Harris recogía un 40% para Vance y un 21% para Rubio; AtlasIntel situaba a Rubio en el 46% y a Vance en el 33%. 

No son porcentajes de posibilidades de convertirse en presidente. Miden preferencias declaradas dentro de los universos y listas de nombres de cada encuesta. Tampoco deben confundirse con las cotizaciones de los mercados de predicción.

Para evaluar quién avanza harán falta señales más concretas: anuncios de candidatura, equipos en los estados, recaudación, apoyos y encuestas realizadas después de esos movimientos.

Las dos elecciones que necesita ganar el sucesor de Trump

Antes de disputar la Casa Blanca, cada aspirante debe ganar o conseguir la nominación de su partido. Ese primer proceso puede premiar un perfil distinto al que después resulte más competitivo frente al adversario.

Para los republicanos, la discusión será cuánto conservar de Trump y qué modificar. Para los demócratas, cómo convertir la oposición al presidente en un programa y un liderazgo compartidos.

La lista tampoco termina en estos nueve nombres. Andy Beshear, Gretchen Whitmer, J. B. Pritzker, Cory Booker o Mark Kelly figuran entre los posibles aspirantes recogidos por el Council on Foreign Relations. James Talarico está atrayendo atención nacional, pero esa visibilidad no debe convertirse por sí sola en una candidatura presidencial atribuida. 

La fecha electoral sí está fijada: 7 de noviembre de 2028. Hasta entonces, las primarias y las convenciones deberán convertir un conjunto de nombres y expectativas en las candidaturas que competirán por la presidencia.